Compré un coche de segunda mano y, al decidir limpiar el interior, encontré debajo del asiento el diario de la antigua propietaria

Compré un coche de segunda mano y, al decidir limpiar el habitáculo, descubrí bajo el asiento un cuaderno de la anterior propietaria.

¿Te estás burlando, Alejandro? ¿En serio? Todo el departamento ha trabajado tres meses en este proyecto y tú te juras que «la idea cambió».

Alejandro estaba plantado en medio del despacho del director, los puños apretados hasta blanquear los nudillos. Óscar Iñigo, un hombre corpulento de cara permanentemente hosca, no levantó la vista de sus papeles.

Alejandro, bájale el tono. Cambió. El cliente tiene derecho a cambiar de opinión y nosotros debemos adaptarnos. Esto es negocio, no un club de aficiones.

¿Adaptarnos? No es adaptarse, es rehacer todo desde cero. ¿Tiramos a la basura los cálculos, la documentación? ¡La gente se quedó sin dormir!

Les pagamos el nocturno. Si a alguien no le convence, recursos humanos está abierto de nueve a seis. Puedes irte. No te retengo.

Sin decir palabra, Alejandro dio la vuelta y salió, golpeando la puerta con fuerza hasta que el cristal tintineó en el marco. Pasó entre los compañeros que le lanzaron miradas de lástima, se arropó con su chaqueta y se lanzó a la húmeda brisa de octubre. «Basta ya», retumbaba en sus sienes. «Basta». Caminaba sin fijarse en la ruta, enfadado con el jefe, con el cliente, con el mundo entero. Estaba harto de depender de caprichos ajenos, de los horarios del agobiante autobús, de todo. Necesitaba algo propio. Algo pequeño, pero suyo, un rincón donde nadie metiera la nariz con su «nueva idea».

Ese pensamiento lo llevó al enorme patio del mercado de autos en las afueras de Madrid. Deambuló entre filas de vehículos usados sin saber bien qué buscaba, sólo mirando. Laterales relucientes de marcas importadas, veteranos maltrechos de la industria española. De pronto sus ojos se posaron en una pequeña Kia cherryred, impecable por fuera. No era nueva, llevaba siete u ocho años, pero parecía haber sido amada.

¿Le interesa? se acercó un vendedor, un chaval de unos treinta años con sonrisa de vendedor ambulante Es una opción excelente. Una sola dueña, cuidada con mimo, usos del trabajo a casa. Kilometraje veraz, interior sin humo.

Alejandro rodeó el coche, asomó la cabeza al habitáculo. Estaba limpio, pero no esterilizado. Se sentía habitado, como si allí se viviera y no sólo se trasladara de A a B. Se sentó al volante, apoyó las manos en el frío del plástico y, por primera vez en todo el día, sintió que la tensión se deshacía.

Me lo llevo dijo, sorprendiéndose a sí mismo.

Los trámites ocuparon un par de horas. Ya estaba conduciendo por la ciudad al atardecer, su propio coche, su propio nombre resonando cálido en el pecho. Puso la radio, abrió la ventanilla y dejó que el aire fresco le inundara el rostro. La vida, de pronto, dejó de parecer tan sombría.

Al llegar a su viejo bloque de ladrillo, aparcó en el patio y se quedó allí, mirando el volante, como quemándose con la nueva sensación. Decidió que había de limpiar a fondo, eliminar cualquier rastro de la anterior dueña. Fue a la tienda de conveniencia 24 horas, compró productos de limpieza, trapos y una aspiradora, y volvió al coche.

Frotó cada rincón hasta que brilló: tablero, paneles de puerta, cristales. Cuando llegó al espacio bajo los asientos, su mano topó con algo duro. Lo sacó y encontró un cuaderno de tapa azul oscuro, cerrado con una cinta. Un diario.

Alejandro lo sostuvo, sintiendo la extraña carga de una vida ajena. Quiso tirarlo al asiento trasero y olvidarlo, pero algo lo detuvo. La primera página mostraba una caligrafía pequeña y ordenada: «Begoña». Sólo el nombre. Abrió la hoja de inicio.

12 de marzo.
Hoy Víctor ha vuelto a gritar. Por una nimiedad, parece que se me ha olvidado comprar su yogur favorito. A veces siento que vivo encima de una pólvora. Un paso en falso, una palabra equivocada y todo estalla. Después se acerca, me abraza, me dice que me ama, que ha sido un día duro. Y yo creo, o pretendo creer. Esta Kia cherryred es mi único alivio. Enciendo la música y me lanzo a donde los ojos me lleven. Sólo yo y la carretera. Nadie grita.

Alejandro dejó el cuaderno sobre el asiento. Un escalofrío le recorrió la espalda; casi veía a Begoña al volante, ojos tristes, escapando de la tormenta doméstica. Continuó leyendo.

2 de abril.
Otra pelea. Esta vez por mi trabajo. No le gusta que me quede tarde. «Las mujeres de verdad se quedan en casa y hacen pasteles», me dijo. Yo no quiero hacer pasteles. Amo mi empleo, los números, los informes. Quiero sentirme útil fuera de la cocina. No lo entiende. Amenazó con ir a mi jefe. Humillante. Por la tarde fui al Café «El Parque Antiguo». Me senté sola, bebí un café y miré la lluvia. Allí todo era paz. Y los pasteles, deliciosos.

Alejandro reconoció el café. Era un local cercano a su apartamento, pequeño, acogedor, con grandes ventanales. Imaginó a Begoña allí, sola, observando las gotas deslizarse por el cristal.

Los días siguientes transcurrieron como una niebla. De día, trabajo; eternas discusiones con Óscar Iñigo; de noche, el diario. Conocía a Begoña cada vez mejor: le encantaba el otoño, el jazz y los libros de Remarque. Soñaba con aprender a pintar, aunque Víctor la tachaba de «pinturita infantil». Tenía una amiga cercana, Sofía, con quien podía hablar horas al teléfono.

18 de mayo.
Hoy fue un buen día. Víctor está de viaje. Qué silencio, qué alivio. Llamó Sofía, vino, compramos vino, fruta y nos quedamos en la cocina hasta la madrugada riendo como adolescentes. Me dice que debo dejarlo. «Begoña, te va a devorar, te estás apagando». Yo sé que tiene razón, pero ¿a dónde? No tengo familia, el piso es suyo. Me aterra empezar de cero. Tengo ya treinta y cinco. Sofía dice que no es edad, es un comienzo. Fácil para ella, su marido es millonario.

Alejandro suspiró. Esa misma inseguridad le resultaba familiar. Tenía cuarenta y dos, y la idea de un cambio radical le helaba la sangre. Vivía en la misma rutina: trabajocasa, escasas salidas con su amigo Sergio. Y ahora, aquel coche y aquel diario.

Un sábado, no aguantó más y fue al «Parque Antiguo». Se sentó junto a la ventana, pidió un café y un pastel, el mismo que, de algún modo, imaginaba que Begoña adoraba. Pensó en ella. La visualizaba a veces rubia, a veces morena, pero siempre con los ojos tristes.

Continuó leyendo. Las anotaciones se volvieron más angustiosas.

9 de julio.
Me levantó la mano. Por primera vez. Porque hablaba con Sofía en vez de con él cuando me llamó. Fue como un bofetón, pero no en la cara, sino en el alma. Pasé la noche en el coche, en el patio, sin poder volver al piso. Miraba las luces del edificio. Él buscaba, o no. No lo sé. Tenía miedo y soledad. Si no fuera por mi Kia cherryred, me habría vuelto loca.

El cuaderno volvió a su pecho, una sensación de injusticia lo aplastó. Quiso encontrar a ese Víctor y No sabía qué hacer. Sólo protegerla. A una mujer que nunca había visto.

Al atardecer llamó Sergio.

¡Ale, tío! ¿Dónde te has metido? ¿A pescar el fin de semana?

Hola, Sergio. No sé, tengo mil cosas.

¿Qué cosas? No has tomado vacaciones. ¿Qué pasa? ¿Te has metido en una colmena de problemas?

Alejandro se rió.

Casi. Mira, es algo raro

Y le contó del coche, del diario, de Begoña. Sergio escuchó en silencio.

Vaya, colega, te has metido en la vida de otra gente hasta los codos. ¿De verdad lo necesitas?

No lo sé. Sólo me da pena.

Piedad por él. Begoña ya habrá casado mil veces con millonarios y se habrá olvidado de Víctor. Tú estás aquí, sufriendo por ella. Suéltalo.

No puedo confesó Alejandro.

Pues piénsalo. No vayas al manicomio por eso. Llámame si necesitas algo.

La charla no lo despejó, al contrario, lo empujó a seguir leyendo hasta el final, a descubrir cómo terminaba todo.

Las anotaciones se hicieron más breves, cortantes. Se sentía que Begoña estaba al límite.

1 de septiembre.
El verano se acabó y también mi paciencia. Hoy rompió el jarrón que me regaló mi madre, la última cosa que quedó de ella. Lo llamó «sin gracia» y dijo que arruinaba su «interior de diseñador». Recogí los pedazos y comprendí que era el final. No puedo más. Tengo que irme.

15 de septiembre.
Planifico la fuga como en una película de espías. Sofía me ayudará, me prestará su piso por un tiempo. Voy trasladando libros, suéteres, maquillaje, lo más valioso. Víctor no se da cuenta, está demasiado ocupado consigo mismo. Encontré cursos de acuarela, el sueño que siempre quise. Empiezan en octubre. ¿Será una señal?

28 de septiembre.
Mañana me voy. Víctor se va a una conferencia dos días. Tendré tiempo para recuperar mis cosas y marcharme. Ya he entregado la dimisión. Empezaré una vida nueva. Comprar un caballete, pinturas. Pintaré el otoño: hojas amarillas, cielo gris y mi Kia bajo la lluvia. Es mi símbolo de libertad. Da miedo hasta los codos. ¿Y si no consigo? ¿Y si él me encuentra? Pero quedarse es peor.

Esa fue la última anotación. Alejandro pasó la página. Vacía. La siguiente también estaba en blanco, y así hasta el final. El diario se truncó.

Se quedó en silencio en la pequeña cocina. ¿Qué habrá sido de ella? ¿Logró escapar? ¿Encontró su apartamento Sofía? ¿Empezó a pintar? Decenas de preguntas le revoloteaban la cabeza. Sentía como si hubiera visto la última escena de una serie y le hubieran cortado el final.

Volvía a leer las últimas páginas una y otra vez, hasta que notó algo que antes le había pasado desapercibido. Entre las últimas hojas había un ticket doblado en cuatro. Un ticket de la tienda «El Artista», en la calle de la Paz. Fecha: 29 de septiembre. En él figuraban: juego de acuarelas, pinceles, papel de acuarela, pequeño caballete de mesa.

Así que ella sí los había comprado. Se estaba preparando.

Alejandro miró la fecha. El diario era del año anterior. Exactlyo un año había pasado.

¿Qué hacer ahora? Podría intentar encontrarla, pero ¿cómo? Sólo tiene el nombre Begoña, sin apellidos, y su amiga Sofía. Poca información. ¿Para qué? ¿Para romper la nueva vida que quizá haya construido? ¿Para recordarle el pasado? Lo dejó a un lado. Pasó una semana. Continuó con su trabajo, discutiendo con Óscar Iñigo, volviendo a casa. Pero todo había cambiado. El mundo parecía más amplio. Empezó a notar detalles: cómo el sol se reflejaba en los charcos, cómo las hojas de los álamos se tornaban amarillas, cómo sonreía la barista del café. Era como ver el mundo a través de los ojos de Begoña, quien anhelaba esa vida sencilla y cotidiana.

Una noche, navegando sin rumbo, se topó con un anuncio: «Vernissage de otoño. Exposición de artistas emergentes de Madrid». En la lista de participantes apareció el nombre: Begoña Fernández. Un nombre corriente, pero su corazón se aceleró. Pulsó el enlace. Se abrió una galería de obras. Entre paisajes, bodegones y retratos, vio una pintura: su pequeña Kia cherryred estacionada bajo la lluvia otoñal en una calle silenciosa. Acuarela viva, melancólica, pero llena de esperanza.

Miró esa obra y sonrió. Ella había logrado. Se había ido. Pintaba. Vivía.

Buscó el perfil de Begoña Fernández en la red social. En la foto de perfil aparecía una mujer de treinta y cinco años, pelo corto, ojos claros y una sonrisa genuina. Posaba frente a sus cuadros, sin rastro del Víctor ni de la angustia del diario. En su feed había fotos de exposiciones, su gato persa, bocetos de la ciudad. Nada de violencia, nada de dolor. Sólo una vida tranquila, creativa, plena.

Alejandro sintió una enorme ligereza, como si él también hubiera soltado una pesada carga. No le escribió, no le mandó petición de amistad. No hacía falta. Su historia había encontrado su final feliz. Simplemente cerró la página.

Tomó el diario del asiento. Lo volvió a pasar entre las manos. Ya no era sólo un cúmulo de secretos ajenos, sino un relato de valentía, de que nunca es tarde para reinventarse.

Al día siguiente, después del trabajo, volvió a la tienda «El Artista». Recorría los pasillos, tomó un lienzo pequeño y tubos de óleo. Nunca había pintado en su vida, pero una urgencia desesperada le empujó a probar.

De regreso a casa, colocó el lienzo sobre la mesa de la cocina, exprimió colores vivos en la paleta y tomó el pincel. No sabía qué saldría; quizá arruinara el lienzo, quizá iniciara su propia nueva historia, inspirada por la voz desconocida de Begoña, hallada bajo el asiento de una coche rojo cereza.

Miró por la ventana. Empezaba a llover. Cada quien tiene su camino y su otoño. Y a veces, para hallar el propio, basta con tropezar con la vida de otro.

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Time to Give Birth as Soon as Possible,» croaked Old Maureen, swinging her legs off the bed.