Una Noche para Mí

Aquella noche de hace ya algún tiempo recuerdo cómo regresaba a casa por la calle empedrada de la vieja Valladolid, donde los charcos medio ocultos bajo la hojarasca brillaban bajo la escasa luz de los faroles de gas. Era finales de otoño en la meseta castellana, nada propicio para paseos: el viento frío se colaba hasta los huesos y las casas parecían más lejanas e indiferentes que nunca. Aceleraba el paso, como huyendo de una sombra que me había acompañado desde la madrugada. Mañana sería mi cumpleaños, fecha que solía intentar pasar por alto.

Dentro de mí se acumulaba una tensión familiar: no era una expectación alegre, sino algo denso y pesado, como si un nudo se hubiera asentado en el pecho. Cada año la misma rutina: mensajes formales, breves llamadas de los compañeros, sonrisas de turno. Todo parecía una representación ajena en la que tenía que interpretar al anfitrión, aunque hacía años que ya no me sentía tal.

En mi infancia todo era distinto. Me despertaba temprano y, con el corazón palpitante, aguardaba ese día con la ilusión de sentir el aroma del bizcocho casero con crema, el crujido del papel de regalo, la voz cálida de mi madre y el bullicio de los invitados alrededor de la mesa. Entonces los saludos eran sinceros, llenos de carcajadas y prisas por servir. Hoy esos recuerdos aparecen escasamente y siempre dejan tras de sí una leve melancolía.

Abrí la puerta del portal; el aire húmedo me golpeó con más fuerza. En el vestíbulo me recibió el desorden habitual: un paraguas empapado apoyado contra la pared, chaquetas colgadas de un modo desordenado. Me quité los zapatos y me detuve ante el espejo; mi rostro reflejaba el cansancio de las últimas semanas y, además, una tristeza difusa por la pérdida del verdadero sentido de la fiesta.

¿Ya llegaste? preguntó mi esposa, Sofía, asomándose desde la cocina sin esperar respuesta.

Sí murmuré.

Habíamos aprendido a limitarnos a esos breves diálogos nocturnos; cada uno seguía su quehacer, y sólo nos cruzábamos en la cena o durante una taza de té antes de dormir. La familia vivía de la rutina, segura y un tanto aburrida.

Me cambié a la ropa de casa y me dirigí a la cocina, donde el perfume del pan recién horneado llenaba el ambiente; Sofía cortaba verduras para la ensalada.

¿Mañana habrá muchos invitados? pregunté casi sin entonación.

Como siempre, no te gustan las reuniones ruidosas ¿Qué tal si quedamos los tres? Invita a tu amigo Diego.

Asentí en silencio y serví el té. Mis pensamientos se enredaban: comprendía la lógica de Sofía, ¿para qué montar una fiesta solo por cumplir? Pero algo dentro mío protestaba contra esa economía de sentimientos.

La tarde se alargó lento; revisaba las noticias en el móvil, intentando distraerme de los insistentes pensamientos sobre el día siguiente. Sin embargo, volvía a la misma cuestión: ¿por qué la celebración se había convertido en una formalidad? ¿Dónde quedó la alegría?

A la mañana siguiente, el móvil despertó con una larga serie de notificaciones de los chats laborales; los colegas enviaban los habituales saludos con stickers y GIF de «¡Feliz cumpleaños!». Un puñado de ellos mandó mensajes un poco más cálidos, pero todas las palabras terminaban sonando idénticas hasta la transparencia.

Yo respondía mecánicamente con un «¡Gracias!» o con un emoticon. La sensación de vacío se hacía más intensa: me pillaba deseando apagar el móvil y olvidar mi fecha hasta el año venidero.

Sofía puso la tetera a hervir un poco más fuerte, para ahogar el silencio que reinaba sobre la mesa.

Te felicito Mira, ¿qué te parece si pedimos pizza o sushi esta noche? No quiero estar todo el día al fuego.

Como quieras

En mi voz se asomó una ligera irritación que pronto me arrepentí, pero no dije nada. Dentro, el descontento burbujeaba, incapaz de encontrar salida.

Al mediodía, Diego llamó:

¡Qué tal! ¡Felicidades! ¿Nos vemos hoy?

Sí Pasa al final de la jornada.

Genial, llevo algo para acompañar el té.

La conversación terminó tan rápido como empezó; sentí un cansancio extraño por esos contactos breves, como si sucedieran por obligación y no por deseo.

Todo el día transcurrió en una especie de medio sueño; el aroma del café se mezclaba con la humedad de los abrigos mojados en el recibidor, mientras afuera seguía lloviznando. Trabajaba desde casa, pero mis pensamientos volvían una y otra vez a la infancia: entonces cualquier celebración era el acontecimiento del año; ahora se había fundido con la rutina, como una simple marca en el calendario.

Al atardecer el ánimo se volvió más pesado; comprendí al fin que ya no quería soportar esa vacuidad por mantener la tranquilidad ajena. No quería fingir ante Sofía ni ante Diego, aunque resultara incómodo o hasta cómico expresar mis sentimientos en voz alta.

Cuando nos sentamos bajo la tenue luz de la lámpara de la mesa, la lluvia golpeaba el alféizar con fuerza, como subrayando el encierro de nuestro pequeño mundo en una tarde de noviembre.

Guardé silencio; el té se enfriaba en mi taza y las palabras no lograban formarse. Miré primero a Sofía, que me lanzó una sonrisa cansada a través del mantel; luego a Diego, absorto en su móvil, asintiendo escasamente al ritmo de la música que salía de la habitación contigua.

Y, de repente, todo quedó claro:

Escuchad Tengo algo que decir.

Sofía dejó la cuchara; Diego levantó la vista del móvil.

Siempre me ha parecido inútil celebrar por cumplir Pero hoy he comprendido algo distinto.

El silencio se hizo tan denso que incluso el ruido de la lluvia parecía más fuerte.

Echo de menos una fiesta de verdad Esa sensación de la niñez, cuando esperas todo el año por este día y todo parece posible.

Me quedé sin aliento; la garganta se tensó de la emoción.

Sofía me observó con atención:

¿Quieres intentar recuperarla?

Asentí, apenas moviendo la cabeza.

Diego sonrió con calidez:

Ahora entiendo por qué has cargado con eso todo este tiempo.

En mi pecho surgió una ligera ligereza.

Pues bien dijo Diego frotándose las manos, vamos a rememorar cómo era. Tú hablaste alguna vez del bizcocho con crema

Sofía, sin preguntar, se dirigió al frigorífico. No había ni bizcocho ni crema, pero sacó una bolsa de galletas sencillas y un tarro de mermelada. Sonreí sin querer: el gesto, aunque torpe, era enteramente humano. En la mesa apareció pronto un plato con galletas, una taza de mermelada y un cuenco pequeño de leche condensada. Diego, con aire bromista, juntó las manos bajo la barbilla:

¡Pastel exprés! ¿Y velitas?

Sofía rebuscó en una cajita de baratijas y sacó el último trozo de una vela de parafina. La cortó a la mitad; quedó torpe, pero auténtica. La clavaron sobre una «montaña» de galletas. Observé aquel modesto altar y sentí una chispa de la alegría que alguna vez esperé.

¿Música? preguntó Diego.

Nada de radio; pon lo que escuchábamos nuestros padres solicité.

Diego se jugueteó con el móvil; Sofía activó una lista de reproducción vieja en el portátil: surgieron voces del siglo pasado, canciones que recordábamos de niños, entrelazándose con el golpeteo de la lluvia. Resultó cómico ver a adultos montar una pequeña obra casera para uno de ellos, pero en esa escena desapareció toda falsedad de los saludos habituales. Cada uno hacía lo que sabía: Sofía vertía el té con delicadeza en tazas gruesas; Diego aplaudía torpemente al compás; yo sonreía sin fingir cortesía.

El calor se apoderó del apartamento. Las ventanas empañadas reflejaban la luz de la lámpara y la calle con sus escasos coches; fuera la lluvia continuaba. Ahora la lluvia la veía como algo lejano, mientras aquí se gestaba nuestro propio clima.

¿Te acuerdas del juego del «cocodrilo»? preguntó Sofía de improviso.

¡Claro! Siempre perdía

¡No porque fueras malo! Simplemente nos reíamos demasiado.

Intentamos jugar en la mesa. Al principio resultó extraño: un adulto imitando un canguro frente a dos adultos más. Pero en un minuto la risa se volvió genuina; Diego gesticulaba con tal ímpetu que casi derriba la taza, Sofía reía en voz baja pero luminosa, y yo, por primera vez, dejé de controlar la expresión.

Luego rememoramos anécdotas de fiestas infantiles: quién escondía un trozo de pastel bajo la servilleta para un segundo bocado, o aquella vez que se rompió el juego de la madre y nadie se enfadó. Cada recuerdo disipaba la pesada nube de la formalidad y la convertía en una atmósfera cálida y acogedora. El tiempo dejó de ser enemigo.

Sentí de nuevo la emoción de la niñez, cuando todo parece posible aunque sea solo por una noche. Miré a Sofía con gratitud por su sencilla atención sin palabras; capté la mirada de Diego a través del mantel, y allí había comprensión sin reproches.

La música cesó de golpe. Fuera, faros escasos deslizaban su luz sobre el asfalto mojado. El apartamento se sentía como una isla de luz en medio de un otoño gris.

Sofía volvió con más té:

Al final salió un poco distinto Pero lo esencial no es el guion, ¿verdad?

Asentí en silencio.

Recordé el temor que me había acompañado esa mañana, como si la fiesta tuviera que decepcionarme o pasar desapercibida. Ahora parecía una confusión lejana. Nadie esperaba de mí reacciones perfectas ni agradecimientos exagerados; nadie me empujaba a la diversión por cumplir una casilla del calendario familiar.

Diego sacó un viejo juego de mesa del armario:

¡Ahora sí volvemos al pasado!

Jugamos hasta bien entrada la noche, discutimos reglas y nos reímos de los movimientos torpes. Afuera la lluvia golpeaba ya como una canción de cuna.

Más tarde, los tres permanecimos en silencio bajo la suave luz de la lámpara. Sobre la mesa quedaban migas de galleta y la taza vacía de mermelada, testigos de nuestro festín improvisado.

Comprendí entonces que ya no tenía que demostrar nada, ni a mí mismo ni a los demás. La fiesta volvió a mí no porque alguien hubiese ideado el escenario perfecto o comprado el pastel ideal, sino porque a mi alrededor había gente dispuesta a escucharme de verdad.

Miré a Sofía:

Gracias

Ella me devolvió una sonrisa solo con los ojos.

Dentro había calma, sin euforia ni alegría fingida. Solo la certeza de haber pasado una velada adecuada en el lugar correcto, con la gente adecuada. Fuera, la ciudad mojada continuaba su vida; dentro, el calor y la luz se quedaban.

Me levanté, me acerqué a la ventana. Los charcos reflejaban los faroles; la lluvia caía lenta, como cansada de discutir con noviembre. Pensé en el milagro infantil: siempre sencillo, hecho con las manos de los que más queremos.

Aquella noche dormí plácidamente, sin la urgencia de olvidar mi propio cumpleaños.

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Una Noche para Mí
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