Recordaba que, desde muy joven, Antonia quedó sola. Su padre había fallecido años atrás y, mientras cursaba el quinto año de la universidad en la Universidad Complutense, perdió también a su madre. Aquellos tiempos fueron duros: a punto de defender la tesis y, al mismo tiempo, cargar con una tragedia tan grande. Sólo le quedó el apoyo de los padres de su futuro esposo, Javier, quienes se convirtieron en su única familia cercana.
Antonia y Javier se conocieron en la carrera y, desde el tercer curso, comenzaron a salir. Los padres de él, María de la Luz y Pedro, trataban a la joven con mucha calidez y siempre respetaron a su madre. Todos aguardaban el fin de los estudios para que la pareja se casara.
La boda fue sencilla. Begoña, como llamaban cariñosamente a Antonia, sentía una profunda tristeza al pensar que su madre apenas no había llegado a verla casarse. Además, le venían a la cabeza las palabras de su madre: Antes de casarte, hija, hazte un chequeo completo.
Aquella advertencia no era en balde. Cuando niña, Begoña había sufrido una grave lesión al deslizarse por un tobogán helado durante unas vacaciones en Sierra Nevada. Los médicos, durante años, temieron que aquella herida pudiera comprometer su futuro salud femenina. Le hicieron seguimiento, pero nunca pudieron dar una respuesta definitiva.
Así, antes de la boda, repitió el examen que su madre le había recomendado. Aunque la recuperación general era buena, la posibilidad de tener hijos seguía siendo incierta.
Primero habló con su futura suegra, que reflexionó y respondió: «Si existe la más mínima posibilidad, no te desesperes antes de tiempo; yo hablaré con Javier». Tras el último día de juerga, Javier llegó a su casa algo ebrio y abatido. «Quiero hijos, Begoña», le dijo, «¿y si no lo conseguimos? ¿Seguirá siendo una familia?». La joven, entre sollozos, le contestó que la decisión le correspondía a él, pero que podían intentarlo. Los médicos le dieron una pequeña esperanza, y él era el único hombre que había tenido en su vida.
El primer año de matrimonio no trajo resultados positivos. María de la Luz, que adoraba a su nuera, compartía su preocupación. Con su marido, dedicaron mucho esfuerzo para mantener el vínculo y enviaron a Begoña al centro de rehabilitación de San Juan de la Cruz bajo el programa «Mujer Guardián». Ese tratamiento mostraba buenos avances, pero al cabo de dos años quedó claro que la esperanza se desvanecía. Begoña cayó en la desesperación; Javier la apoyaba en la medida de lo posible, pero la atmósfera familiar se tornó tensa. Javier no culpaba a su esposa, aunque aceptar una vida sin hijos tampoco le era fácil.
Begoña propuso la adopción: «Tomemos a un niño y criémoslo como propio». Javier se negó rotundamente: «Ese niño nunca será mío; no podré brindarle el amor de padre que él merece». Curiosamente, los padres de Javier la respaldaron, convencidos de que su hijo anhelaba un hijo propio y que sería injusto destinar a un inocente a una vida de desamores.
Aunque amaba a su marido, Antonia empezó a hablar de divorcio: «Separemosnos, Javier. Eres joven, encontrarás otra esposa y podréis tener hijos». Javier tardó en aceptar, pero al conocer a Olga, una nueva colega que acababa de incorporarse a la oficina, sintió que su destino estaba al otro lado. La conversación con Antonia resultó dolorosa para él; pensó que la traicionaba, pero ella respondió: «Cada cual tiene su suerte. Mereces lo mejor y yo no te culpo». Esa misma noche Javier abandonó la casa, llevándose sus pertenencias, mientras los suegros se acercaban a Begoña.
«Perdónanos, Casta, por no haber influido en Javier», le dijeron. «¿Recuerdas que él se quedaba a dormir en nuestra casa cuando estaba triste y ebrio? Temíamos que se empujara demasiado». Compartieron té, le ofrecieron consuelo y le aseguraron que nunca la abandonarían, considerándola una hija. Sin embargo, todo aquel discurso resultó vacío; Begoña aceptó, agradeció y lloró toda la noche.
El divorcio se consumó rápidamente, sin repartir los bienes. Begoña quedó sola en el piso que compartía con Javier, mientras él se volvió a casar pronto.
Ella tampoco permaneció mucho tiempo sola. Con su encanto y buen carácter, atrajo la atención de un hombre llamado Pablo. Él se afanó por brindarle cuidados, pero Begoña nunca llegó a amarlo. Cada noche soñaba con su exmarido; en sus sueños él no parecía feliz: ojos tristes, manos que intentaban alcanzarla sin lograrlo. Luchaba contra esos recuerdos, deseando cambiar su vida.
Una cruda noche de invierno, mientras cenaba con Pablo, se sintió enferma; la fiebre se disparó y él llamó a la ambulancia, dejándola en su casa. A la mañana siguiente, Pablo se mostraba pensativo y silencioso. Cuando Begoña se recuperó, él confesó: «Esa noche estuve a tu lado; cuando te llamabas a Javier, me agarrabas de la mano y me decías «Javito», suplicándome que no te fuera». Preguntó si todavía amaba a Javier. Begoña, sin disfrazar la verdad, respondió: «Sí, lo amo. Soy una mujer de un solo amor; me cuesta construir una relación sin eso». Así, se marchó de su vida, y él, aunque dolido, no la obligó a quedarse.
Al poco tiempo, Antonia supo que Javier había tenido un tan esperado hijo. Esa noticia fue otro golpe al corazón; el dolor se sentía como una herida imposible de curar. Tres años transcurrieron como en una niebla; de vez en cuando los padres de Javier la visitaban, tal como habían prometido, brindándole apoyo moral. No guardaba rencor ni a ellos ni a su exmarido.
Un día la vio en el parque, paseando con su pequeño, pero no se atrevió a acercarse; él no la notó. Las lágrimas volvieron a brotar, la ira contra el destino permanecía viva. Con el tiempo, sin embargo, empezó a recomponerse. Lo esencial era que Javier era feliz; sus padres hablaban de su buena esposa, aunque él les mostrara cierta frialdad. El sobrino, Eduardo, era muy querido, y le rogaban que no guardara rencor.
«Yo no los guardo», respondió Begoña. «Él nunca me mintió; lo amó a su modo, y yo fui quien impulsó el divorcio». En su cumpleaños, Javier la llamó sin más, como un viejo amigo, la felicitó y le deseó felicidad. Ese gesto la sacudió de nuevo, y decidió no volver a hablar con él.
Un año después, la tragedia volvió a tocar la vida de Javier: su segunda esposa, Olga, enfermó gravemente. María de la Luz la llamó y, entre lágrimas, le dijo que ya no había esperanza. Begoña, sin poder ayudar, sintió también una profunda angustia por ellos. Al funeral, se quedó al fondo del cementerio, sin saber por qué había ido; simplemente no podía quedarse al margen. Entonces, su antigua suegra se acercó, la abrazó y susurró: «Gracias, hija. No llevas en ti ni rencor ni satisfacción malsana». Javier nunca la vio allí. Meses después, él volvió a llamar, pidiendo visitarla. Begoña aceptó, pues él seguramente pasaba por un momento difícil.
El hombre había cambiado; su voz se había vuelto más grave, su rostro mostraba la marca de los años. Se sentaron a la mesa, y él le preguntó: «¿Por qué no vuelves a casarte?». Ella respondió simplemente: «Te amo y no necesito a nadie más». Javier, con lágrimas en los ojos, se emocionó como nunca antes.
«Vayamos a casa de los padres, allí está Eduardo, tengo que recogerlo. Después, si te parece, damos una vuelta», le propuso. El niño era pequeño, tímido, y perder a su madre a tan temprana edad era una prueba dura. Antonia se mantuvo neutral, sin abusar del niño, aunque él la miraba con curiosidad.
Sus encuentros se volvieron habituales; casi cada fin de semana se veían, sin compromisos ni promesas, sólo para aliviar su soledad. Un día, María de la Luz le llamó y le informó que Javier estaba considerando pedirle a Begoña que volviera con él, aunque todavía no lo había decidido. Él llevaba un año sumido en la melancolía, y el pequeño sufría también.
Sin dudar, Antonia volvió a llamar a su exmarido y aceptó. No había nadie más que quisiera más que él. Volvieron a vivir juntos, aunque la convivencia resultó difícil: Javier seguía distante y callado, y ella tenía que aprender a amar al hijo ajeno.
Al cumplir otro año de vida, el pequeño Eduardo le regaló un dibujo donde los tres estaban bajo el sol, y encima, con la mano de un niño, la palabra «mamá». Begoña lloró. Abrazó al niño y le dijo: «Tu mamá te mira desde arriba y está feliz de que seas tan bueno. Yo también te quiero; ahora eres mi hijo».
Así, vivieron en armonía. Javier se derritió, aceptó su amor y volvió a ser el hombre cariñoso y atento de antes. Antonia, al fin, encontró la felicidad que había buscado durante tantos años de soledad. No era una creyente, pero a veces entraba a la iglesia y encendía una vela por el alma de la mujer que, a su modo, le regaló un hijo y un esposo.







