Yo me quedé contigo

Alba, he perdido el norte, me desahogó la mujer, no sé cómo ha ocurrido todo. Perdóname, te lo ruego. Juro que nunca volví a hablar con ella. Cambiaré de trabajo si tú lo deseas. ¿Te vas conmigo? Por favor, no me abandones

***
Septiembre recibió a Alba con un sol fresco pero todavía amable. Las hojas amarillas giraban bajo sus pies y el aire olía a tierra húmeda y a la inminente llegada del otoño. Empacaba sus maletas con prisa. Ante ella se extendía el largo viaje a Lugo, donde la esperaba su madre, recién ingresada con una enfermedad grave.

Al principio pareció un simple resfriado, pero la inquietud que se instaló en el pecho de Alba crecía día a día. Un diagnóstico inesperado y aterrador, dictado por los médicos, le cayó como una ducha helada. Yo, Carlos, me quedé en Madrid; no pude acompañarla. Alba tuvo que tomar la única decisión sensata: llevar al hijo y volar de inmediato a la casa de su madre. Así empezó nuestra dura y agotadora lucha contra el tiempo

Los primeros tres meses transcurrieron entre interminables visitas al médico, análisis y búsquedas desesperadas de un buen doctor. Cada hueco libre le permitía a Alba regresar a casa, pero la sensación de que algo había cambiado la seguía. Todo parecía en su sitio: la casa limpia y acogedora, un marido atento, pero sus pensamientos parecían atrapados en Galicia. El hogar no estaba abandonado yo me esforzaba por mantener la rutina, el calor y el cuidado pero la atención de Alba estaba desplazada.

En cuanto su madre se estabilizó un poco, Alba tuvo que volver a empacar. Su hijo, cansado de los vuelos y del ambiente hospitalario, pero obediente, la acompañó de nuevo. Aviones, médicos y una esperanza que se encendía y se apagaba. En marzo hubo un pequeño alivio: la madre mejoró ligeramente y Alba se permitió una breve pausa, regresando a casa por un par de semanas.

Fue precisamente en ese corto período de calma que la verdad, como una mala hierba, salió a la luz. Pablo se quejó de que su móvil se había caído en la bañera. Alba decidió probar un truco que había leído en una revista femenina: colocar el dispositivo en un recipiente con arroz.

***

Alba sacó el móvil, lo encendió. La pantalla se iluminó y apareció un mensaje. En ese instante yo dormía plácidamente en el sofá.

Pablo, mira, tu teléfono funciona dijo Alba, tendiéndome el aparato.
Yo lo tomé con desgana, revisé las notificaciones y de pronto me quedé paralizado.

¿Qué es esto? Alba se acercó, notando mi postura tensa «Me estoy enamorando más y más de ti». ¿Qué significa?
Me incorporé de un salto, tosiendo para aparentar serenidad, aunque mis manos temblaban ligeramente.

Alba, lo has entendido todo al revés comencé con prisa es una broma, una colega del trabajo se pasa con esas cosas. A veces nos gastamos bromas
¿Una broma? Alba cruzó los brazos, sintiendo un frío interno pese al calor del apartamento ¿se gastan bromas?
Te lo digo en serio, son tonterías. Solo trabajamos juntos, nada más.
¿Estás seguro? Porque esos mensajes no los escribe «solo una colega» replicó Alba, escudriñando mi rostro en busca de cualquier señal de engaño.
Seguro al ciento por ciento. Te estás picando por la enfermedad de tu madre. Dejemos esto y salgamos a pasear. El sol brilla, necesitamos aire fresco.
Insistí tanto en que saliéramos que Alba, agotada tras tres meses de estrés ininterrumpido, decidió ceder. Le creí, atribuyéndolo al cansancio y al nerviosismo. Salimos a caminar, pero aquella aparente tranquilidad duró poco.

Al volver, otro mensaje de la misma colega apareció, más explícito. Alba sintió una punzada de celos, pero prefirió hablar primero conmigo antes de montar una escena.

Pablo, mira lo que ha enviado ahora. Ya no parece una broma.
Yo tomé el móvil y mi rostro se tornó pálido.

Es es un error. Le escribiré ahora para que pare.
¿Escribirás? ¿O debería yo escribirle? la voz de Alba tembló.
Alba, te lo he dicho, solo te amo a ti. No vale la pena armar pleitos por tonterías.
Después volvió el avión. De nuevo la madre, los médicos, los análisis y las habitaciones de hospital. De nuevo Pablo, cuya presencia era la única constante en aquel caos. La madre mejoró un poco y Alba, al fin, pudo respirar con una breve tregua.

***

Llegó marzo. La madre se sentía mejor y Alba se permitió otro viaje a casa para intentar recuperar el equilibrio. Pero el equilibrio no volvía. Un SMS que había revisado de pasada aquel día no le dejaba en paz. No podía simplemente olvidar esas palabras.

Alba decidió no esperar más y preguntar directamente.

Pablo, quiero saber la verdad. No puedo vivir con tus explicaciones ambiguas.
¡Alba, ya te lo conté! Es solo una mala broma. No entiendo por qué vuelves a tocar el tema.
Porque me siento incómoda respondió Alba con firmeza.

Yo me tensé.

Alba, ¿por qué lo estás empeorando? Ya es complicado
Hablé con tu colega dijo Alba, y su voz se volvió helada ella misma se puso en contacto.
Yo me quedé helado.

Ella escribió continuó Alba, mirándome fijamente «Sí, lo amo. Sí, todo fue entre nosotros». ¿Qué respondes a eso, Pablo?
Guardé silencio; mi rostro se volvió ceniciento.

Vete dijo Alba, con la voz temblorosa por la rabia contenida recoge tus cosas y sal.
No susurré estás cometiendo un gran error. No pasó nada con ella. Ella se lo imaginó y tú creíste en una loca.
¡No te creo! Alba sacó el móvil y me mostró una captura de pantalla de la conversación, donde la otra confesaba todo ¡Mira! ¡Tu broma!
Yo bajé la cabeza. El silencio se alargó eternamente. Cuando al fin alzó la mirada, en sus ojos se reflejaba culpa y desesperación.

Está bien. Me equivoqué. Siempre te he amado, Alba, te lo juro.
¿Equivocado? Alba rió amargamente ¡tres años de mentiras! ¿Cómo se puede no respetar a alguien así?
No es mentira, de verdad te quiero. Simplemente no estabas a mi lado y yo
¿No estar a mi lado? ¡Eso solo hacen los cobardes! gritó Alba, retrocediendo un paso ¡Eres un cobarde!
Pero no te he abandonado, Alba, nunca te he dejado intenté tomar su mano seguimos juntos
Alba retiró su mano. Ya no me importaba si me marchaba o no; lo que sentía era mucho más profundo que el dolor que me había causado. No tenía espacio para él.

¿No me has abandonado? preguntó con amargura Has estado entre dos, pero nunca te fuiste
No podía, te amo.
¿Amas? Alba negó con la cabeza No, no lo haces por amor, sino por comodidad. Ya no quiero seguir discutiendo tus motivos. Tengo que irme. La madre está peor.
De nuevo el avión. De nuevo Galicia, los médicos, los hospitales. De nuevo la lucha, ahora con el peso del engaño sobre mis hombros

***

En agosto la madre falleció. Hasta Año Nuevo, Alba vivía como en un sueño, cumpliendo mecánicamente con sus obligaciones. La casa, que antes era su fortaleza, ahora le resultaba extraña. Pablo era su ancla, la única razón para no disolverse en aquella grisácea monotonía.

Cuando los primeros meses de desolación pasaron, Alba despertó un poco, pero nunca logró recomponerse del todo. Cada mirada lanzada a Carlos quemaba. No podía verlo, oír su voz, su rostro. Sin embargo, se aferraba a la necesidad de cuidar a su hijo, que parecía percibir su estado.

Yo, al comprender la magnitud de mi error, intenté reparar la relación. Me acerqué, traté de ser útil, pedí perdón, rogué para que me olvidara y volviera a vivir como antes.

Alba, por favor, intentemos de nuevo. Cometí un error terrible. Lo sé. Pero no me fui cuando te fuiste a la casa de tu madre. ¿No es eso prueba de mi amor?
Su mente repasaba una y otra vez los mensajes que había visto por casualidad mientras limpiaba la memoria del móvil. Palabras que no había notado en medio del desespero ahora surgían con horripilante claridad.

«Eres todo para mí», escribí a la amante.
Y su respuesta, que aún recordaba:

¿Le dije bien a tu esposa? Alguien la empujó. Cualquiera se iría, pero tú ¡trapo!
Alba observaba a Pablo jugar con sus bloques en la esquina de la habitación. Era tan parecido a ella de niña: concentrado, inteligente. No merecía vivir en una casa donde su madre sufría por las mentiras de su padre.

Yo entré con dos tazas de té.

Aquí tienes, una infusión de hierbas. Bébela.
Alba tomó la taza, pero no dio un sorbo.

No puedo, Pablo
Alba, acordamos que el tiempo cura. Dame tiempo. Haré lo que sea para que me perdones.
¿Tiempo? sonrió amargamente El tiempo solo mostró que sabes mentir a mano. Te quedaste porque ya no te convenía irte, no porque yo sea tu amor. Sus palabras lo prueban. Me dijo que todo lo había dicho bien.
¡Fue una tontería de su parte! ¡Le prohibí continuar, le dije que terminara!
No lo prohibiste, Pablo. Solo elegiste lo que te resultaba más cómodo decirme en ese momento, para que no me derrumbara.
Alba respiró hondo.

No puedo perdonarte. No ahora. Tal vez nunca. Pero debo vivir. Y Pablo debe vivir. Viviremos separados. Llevaré a Pablo con mi hermana unos semanas y yo me quedaré con una amiga. Necesito aclarar qué quiero después.
Yo palidecí. Comprendí que no era una mera pausa, sino una auténtica oportunidad de perderlo todo.

Alba, no lo hagas. Por favor. Iré al psicólogo, a cualquier especialista. Dejaré el trabajo si hace falta. No te vayas.
No me voy de ti, Pablo. Me voy de la mentira susurró Alba ahora no puedo amarte, y vivir en mentiras ya no lo soporto. Hablaremos cuando vuelva, si es que vuelvo
***
Alba no volvió. Dos meses vivimos separados y, al final, ella decidió que la familia no se mantendría, ni siquiera por el hijo. Pablo cambió de empleo y cortó todo vínculo con la amante. Pero Alba sabe que esa joven quedará siempre en su memoria y la de él, y ella no está dispuesta a aceptar eso. Nunca.

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