EL VESTIDO DE NOVIA

El vestido quedó, pero el matrimonio no. Lo que quedó fue una historia en la que todo fue auténtico. Cuando en la nueva casa el armario, repleto de ropa, empezó a crujir por el peso, Almudena juró a su marido que lo ordenaría: tirar lo viejo, regalar o vender lo que no sirviera (véase el relato «El sacrificio de la moda»).

Así, una hora más o menos pasó de pie dentro, pasando la ropa de un perchero a otro y justificando cada pieza: esto servirá, esto será para pasear al perro Roco, y esto por si surge un baile benéfico. En la pila de para tirar había sorprendentemente poca cosa. Todo parecía importante, necesario, casi familiar.

De pronto, del fondo del armario surgió una funda de tela.

¿Qué es esto? frunció el ceño Almudena. ¡Vaya! ¡Es mi vestido de boda!

No era el elegante traje azul al estilo Chanel con el que se había casado por segunda vez en el ayuntamiento, sino el vestido de su primera boda, la pieza que había cruzado océanos y años como una reliquia de otra vida.

La primera vez Almudena se casó a los veintiún años, casi una adolescente según los criterios de hoy, pero entonces ya una doncella casi mayor. Empezó a recibir miradas de desconcierto de conocidos, compasivas de amigas casadas y de preocupación de su madre y su abuela.

Y entonces apareció el pretendiente: un buen chico de familia respetable, casi independiente, un año mayor y a punto de terminar la universidad.

Ella aceptó. Él era simpático, enamorado, le gustaba, sus padres lo aprobaban. ¿Qué más necesitaba para ser feliz? ¿Pasiones desenfrenadas?

Su padre le dijo que las pasiones eran invenciones de los escritores, que la familia se construye para la vida, no para novelas. Decidieron una boda discreta, en una cafetería del centro, sin pomposidad, sin limusinas (y, de paso, ¿dónde las conseguirían?).

Cuando llegó el momento de los atuendos, comenzaron las peripecias. Al novio le salió un traje con cupón del Salón del Novio, a ella le fueron bien los zapatos, pero con el vestido fue un desastre total. En aquellos tiempos las novias recordaban a merengues: en tafetán, con volantes y lazos del tamaño de una hélice de avión. Todo era tiernamente cómico, sincero y bonito, pero ella no quería verse así. Ni velo hasta el suelo, ni tren que arrastrara la calle de Madrid.

Almudena soñaba con un vestido especial, excluyente y a la vez práctico, no solo para una ocasión, sino para la fiesta y para la vida cotidiana.

La costurera de su madre propuso una pieza de batista blanco con pequeños motivos azules y un corsé. Almudena se quedó helada: a esas alturas ya estaba ligeramente embarazada, tras haber presentado la solicitud en el Registro Civil. El nuevo estado se ocultaba a los padres, pero el corsé apretado y el estreñimiento matutino no eran compatibles. Murmuró algo sobre los motivos y se retiró.

Los abuelos, que llegaban de Marruecos, recibieron la noticia de que su querida nieta se casaba y decidieron que el vestido sería su regalo.

Almudena esperó el paquete con una mezcla de nervios, alegría y temor. Cuando finalmente lo abrió, no pudo creer lo que veía: un vestido sencillo pero refinado, al estilo de los años veinte, tela suave, corte suelto, pliegues horizontales en la cintura, falda algo bajo la rodilla. Nada de encajes ni lentejuelas, solo un velo ligero y unos guantes finísimos que le daban al conjunto una discreta elegancia.

El novio insistió en el velo, quería que todo fuera real. Después, él lo quitó y, cargándola en brazos, la llevó al sexto piso. A continuación, sin más romanticismo, se tiraron en la cama exhaustos y se quedaron dormidos. A las siete y media debían correr al aeropuerto para coger el avión a las Islas Canarias, su luna de miel.

Tres años después la joven familia emigró a Estados Unidos; el vestido, por supuesto, los acompañó. Nunca volvió a ponerse, aunque a sus amigas les prestó el vestido en un par de ocasiones, siempre a las más diminutas y afortunadas; el resto solo suspiraba envidiosa.

Cuando el matrimonio se quebró y Almudena se trasladó a Francia, volvió a meter el vestido en la maleta por si acaso.

Décadas después, parada en el armario, pensó: Tengo que venderlo. Lo fotografió, escribió una breve descripción y lo publicó en Wallapop, la versión española del mercadillo online, por 98 euros, precio que mostrara que no era una ganga.

Para su sorpresa, el vestido se vendió ese mismo día. La compradora era una local; acordaron encontrarse en una cafetería del centro, sin envíos.

Almudena ya estaba sentada con un cappuccino y un croissant cuando una mujer de unos veintisiete años, rubia y de ojos azules, se acercó como un torbellino.

¡Vaya, parece que soy yo cuando era joven! pensó Almudena.

La joven examinó el vestido, lo admiró, lo giró en sus manos y no paró de hablar: Soy de Polonia, termino la carrera de farmacéutica, mi prometido es español, también estudia y trabaja. No nos queda nadie que nos ayude, pero lo lograremos por nosotras mismas. La boda será al estilo Gatsby, para los amigos, divertida. ¡Su vestido es una maravilla, encaja perfecto!

Almudena sonrió:

Qué bien. Me alegra haber ayudado. No quiero dinero, llévatelo.

Secó una lágrima y pensó: quizá ese vestido traiga verdadera felicidad a esa chica. Y a mí, si lo pienso bien, no estuvo nada mal: amor, dos hijos maravillosos, viajes, risas. Solo que todo llegó poco a poco y no como en el cine.

La mujer se marchó mientras afuera caía una llovizna fina, como un velo. Almudena miró la calle y reflexionó que la felicidad tiene muchas caras. A veces es como un vestido: no nuevo, pero sí propio. Lo importante es que, al menos una vez en la vida, te quede a medida.

Revistió su cappuccino enfriado, sonrió y se dijo: Aún hay que revisar bien el armario, todavía quedan muchas cosas.

Al final, comprendió que la verdadera riqueza no se mide en objetos, sino en los recuerdos que esos objetos guardan y en la capacidad de compartirlos.

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EL VESTIDO DE NOVIA
To Leave and Never Return: A Journey Beyond the Familiar