En plena formación

En cada curso, sea cual sea el paso del tiempo, permanece el esqueleto esencial: gente que se llama, se encuentra y mantiene el círculo. Cuando llega el aniversario, los mismos rostros se hacen cargo de la organización: el sitio, el menú, el programa, todo como siempre, fácil y con buen humor.

Al llegar la lista de invitados, la conversación se puso un poco más tensa. Los profesores, claro, había que llamarlos. ¿Y todos los antiguos compañeros?

Todos estarán afirmó con seguridad Sergio. Sólo a Salvi Gutiérrez no lo han invitado. Ya está cansado de sus borracheras.

¿Cómo que no invitará a Salvi? exclamó Luna, con sus gafas de montura gruesa. ¡Claro que sí! Yo ya le hablé.

Luna intervino en voz baja Violeta, exjefa de clase, él podría emborracharse y resultar incómodo. Hace poco lo vi tambaleándose, sin reconocerme.

Luna soltó un suspiro.

No pasa nada. Sé que se está preparando.

Puede ser añadió, pero para él esa reunión vale más que para todos nosotros juntos.

***

Salvi, en el instituto, era otro. Tranquilo, reservado, de trato afable. Nunca alzaba la voz, no hería a nadie. Sabía escuchar, ayudar y estar al lado cuando alguien lo necesitaba. Cuadernos ordenados, letras parecidas, dictados sin errores. Física y matemáticas le venían de forma natural; los problemas y las fórmulas le susurraban la solución al oído. En casi todas las olimpiadas volvía con un diploma: tal vez no en primer puesto, pero siempre con un buen resultado. En los actos de fin de curso lo colocaban entre los sobresalientes; poner la mano sobre el corazón no era orgullo, sino timidez, así percibía cualquier elogio.

Soñaba con entrar en la Academia Militar después de noveno de ESO. Recuerdo la visita con la directora a la jornada de puertas abiertas: volvió inspirado, hablando del uniforme, del orden, de la disciplina y de lo útil que sería. Todos confiaban en que lo lograría.

En casa, sin embargo, la realidad era otra. Su padre había fallecido hacía tiempo y su madre bebía.

Una noche, tras un serio borracho, ella apareció al último acto, tambaleándose, con la mirada nublada y el cabello revuelto. Cuando entregaban el diploma a Salvi, la madre gritó:

¡Bravo, Salvi! ¡Mi hijo!

Él se quedó con la cara roja, los puños apretados, como queriendo hundirse en la tierra. El elogio de su madre fue como una explosión inesperada; no era lo que necesitaba.

Los planes para la academia se esfumaron. Temía que, si se marchaba, le quitaran a su hermana el hogar y la enviaran al orfanato. Así que siguió estudiando, trabajó por las noches, empezó a faltar a clase, se juntó con mala compañía y todo empezó a ir al revés.

***

Se preparó para el reencuentro a su manera. Encontró un traje gris, dos tallas más grande, pero limpio. Pasó mucho tiempo eligiendo la camisa, planchándola y revisando los botones. Se afeitó con cuidado, acomodó el pelo, intentando lucir presentable. No bebió durante dos días, con la intención de ser él mismo la noche en que todos se juntaran.

Al llegar al restaurante, dudó un momento antes de entrar. Se quedó a un lado, fuera de la vista, observando. Veía a los antiguos compañeros abrazarse, compartir pantallas de móvil, reírse a carcajadas, como si la vida les fuera fácil ahora.

Se sentía avergonzado e inseguro, temiendo que un paso en falso destruyera el delicado cuadro de la velada. Tras una hora, tomó valor y cruzó la puerta.

***

En el umbral, el pelo limpio pero sin recortar, el traje grande, los hombros caídos y la mirada tímida, Luna lo llamó al instante:

¡Salvi, ven aquí! ¡Este es tu sitio!

Se acercó; los demás se animaron: brindis, risas, música. Salvi casi no bebió, casi no comió; simplemente se sentó, escuchó, observó. A veces sonreía apenas perceptible.

Cuando la noche llegaba a su fin, se puso de pie. Su voz tembló, cada palabra resultó pesada, como si años de silencios se compactaran en un nudo que ahora trataba de soltar:

Gracias gracias por invitarme es, quizá, lo mejor que me ha ocurrido en los últimos quince años

Los ojos le brillaban, un nudo subía a la garganta, los hombros se tensaban, las manos temblaban. Se sentía indefenso, abierto, como un niño que por primera vez cree que lo aceptarán tal como es.

Yo estoy muy agradecido Perdón si alguna vez si a alguien le hice daño

En coro respondieron:

¡Claro, Salvi! ¡Nos alegra mucho que estés! ¡Ni siquiera pensamos en no invitarte!

Su sinceridad se suavizó bajo aquel eco repetido: sonrisas, palmadas en la espalda, aseguramientos ruidosos. No eran gestos de compasión, sino una cortesía social cómoda, donde nadie quería indagar más. Hipocresía pura: palabras cálidas, miradas esquivas, cuidado de aparente. Luna observaba todo eso y en su cabeza resonaba: «¿No queríais invitarlo?».

¡Pero lo esencial! Salvi se lo creyó todo, porque no tenía razón para dudar. Agradeció, se inclinó tímidamente y salió entre los primeros. Se alejó en silencio, sin despedidas, sin esperar, sin mirar atrás.

Los que quedaban siguieron riendo, recordando anécdotas, hablando de trabajos, de vidas, de encuentros Y volvió la risa, la música, el tintinear de copas.

***

Horas más tarde, Luna, al volver a casa, vio a Salvi sentado en una banca bajo la tenue luz del farol del portal. Estaba encorvado, ya bebido, la mirada nublada, las manos sobre las rodillas. No la reconoció.

Se acercó, el corazón le latía con fuerza:

¿Por qué has bebido, Salvi? Hoy te mantuviste firme, fuiste tú mismo ¿Por qué ahora?

Luna miró el patio oscuro, las ventanas vacías, el farol, y pensó:

Cuántas vidas se rompen en silencio porque no hubo una mano, un hombro, una palabra sincera. Si alguien hubiese estado allí, ¿habría Salvi terminado en esa banca, con ese traje, borracho?

La pregunta quedó suspendida en la quietud de la noche, sin respuesta.

Al final, quedó claro que la amistad auténtica no se mide por los gestos superficiales, sino por la capacidad de estar presente cuando el otro más lo necesita.

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