Un niño abandonado a las puertas de un hospital al amanecer, y el primero en encontrarlo fue el conserje, el tío Jorge.

¡Anda, que tienes que escuchar lo que pasó en aquel pueblito de la provincia, justo al sur de la meseta! Era una mañana temprano, y al llegar a la puerta del Hospital de San Juan de la Vega, el conserje del edificio, Don José, se topó con una caja de cartón abandonada en el umbral. Al instante le entró la sospecha de que dentro había algo y no tardó en abrirla. Allí, envuelto en una manta, había un bebé recién nacido. Don José, que antes había sido contable y, ya retirado, no aguantaba estar sin hacer nada, se puso en marcha de inmediato, golpeó la puerta del hospital y, con el corazón en la mano, rezó para que el chiquillo estuviera bien, porque el silencio del bebé le resultaba algo sospechoso.

Resultó que el pequeño estaba perfectamente sano. La ciudad era tan chiquita todos se conocen en la plaza, el bar y la parroquia y por eso la sospecha recayó de una sola: Maruja Fernández. Esa mujer, que casi cada año tenía un bebé y los entregaba al estado sin ningún papeleo, llevaba años evadiendo los controles médicos. Sin embargo, después de indagar a fondo, se descubrió que Maruja no tenía nada que ver con aquel caso.

Así que el bebé fue llevado a la Casa de los Peques, que está a un tiro de piedra del hospital. Cuando los enfermeros lo vieron, uno de ellos soltó una carcajada y exclamó: «¡Mira qué melón!». De ahí quedó el apodo cariñoso de Melón, porque el crío era tan gordito y vivaracho. No tardaron en ponerle de nombre oficial Gonzalo, una sugerencia de Don José, pero Melón se quedó pegado como una mancha de tinta en la mente de todo el mundo, incluso dentro de la Casa.

En la Casa de los Peques trabajaba Doña Alba Martínez, la directora, y ella encontró rápidamente una familia de acogida para Gonzalo. Allí el niño se sintió querido, pero la felicidad duró poco: tres años después la familia tuvo su propio hijo y, como ya no les hacía falta, lo devolvieron. Cuando volvió, ya no era ese Meloncito que se había llevado en el umbral; ahora era un chavalillo delgado, de ojos vivaces, con una madurez que sorprendía a los que lo conocían. Se veía que le habían cuidado, pero nadie entendía cómo le habían soltado así de pronto.

Gonzalo lloraba mucho, llamaba a su mamá, a su papá, a la abuela, y pasaba horas mirando por la ventana sin que nadie llegara. En verano, los niños jugaban en la calle y él se encerraba en su mundo, sin confiar en los adultos. Pero todo cambió cuando apareció un gato callejero, un peludo de color gris llamado Mochuelo. El gato había llegado a la Casa hacía un año, a pesar de que allí está prohibido tener mascotas. Doña Alba intentó deshacerse de él, entregándolo a la cocinera, la tía Yoli, pero el animal siempre volvía, con una terquedad que hacía reír a todos. La tía Yoli lo llamaba Mochuelo porque siempre se metía la nariz donde no debía, como quien dice hace de las suyas.

Mochuelo, astuto y escurridizo, empezó a seguir a Gonzalo a todas partes, y poco a poco el niño se fue abriendo. Doña Alba lo llevó al veterinario para asegurarse de que el gato estaba sano, y después de la visita el felino se quedó con una ligera rencilla contra Alba, porque él nunca se acercó a los niños, prefiriendo observar desde la azotea.

Pasó el tiempo y una pareja, Tatiana y Sergio, que ya tenían una hija, se interesó por Gonzalo. No buscaban un hijo porque no pudieran tenerlo, sino porque querían ofrecer un hogar a un pequeño que había pasado por tantas vicisitudes. Les encantó la historia del Melón y, al descubrir que Gonzalo había sido encontrado en la puerta de la Casa de los Peques, se lo llevaron sin pensarlo dos veces.

Cuando Don José vio a Gonzalo en los brazos de Tatiana, soltó una risa: «¡Vaya tela! Mira a quién tengo en mis manos. Yo mismo le di el nombre, y ahora resulta que eres el mismo melón que encontré años atrás. Los caminos del Señor son un misterio, pero aquí estás, mi nietecito, aunque un poquito perdido. No te preocupes, que el tiempo te lo arreglará». Gonzalo, aunque no entendía muy bien el discurso del viejo con su sonrisa de oreja a oreja, asintió y sonrió.

Todos estaban alucidados con el giro del destino, pero felices. Justo cuando los adultos se despidieron del personal del hospital y se dirigían al coche, Gonzalo se echó a llorar de repente. Tatiana trató de calmarlo, sin saber qué le pasaba, pero al final Doña Alba explicó que el gato Mochuelo, al ver que el niño se iba, se había quedado triste y lo miraba con esos ojos melancólicos. Esa pequeña escena hizo que todos comprendieran cuánto había llegado a significar la unión entre el niño y el gato.

Así que la familia de Tatiana y Sergio se fue con Gonzalo y con Mochuelo, que se convirtió en el nuevo compañero de juegos y, de vez en cuando, en el portador de pequeños regalitos como ratoncitos muertos. La tía Yoli, al verlo, le dio un rastrillo en la cabeza, y ahora el gato tiene un enemigo menos. En poco tiempo, el niño, que antes parecía un trozo de melón abandonado, se transformó en el protagonista de una historia que nadie del pueblo olvidará jamás.

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Un niño abandonado a las puertas de un hospital al amanecer, y el primero en encontrarlo fue el conserje, el tío Jorge.
It’s All Just Your Mate, Said the Ex-Husband