Un niño fue dejado en la puerta del Hospital del Mar al amanecer, y el primero en descubrirlo fue el conserje, el tío José.
Ese hombre se levantaba antes de que cantara el gallo y, como buen profesional, se ponía manos a la obra en sus dominios.
Hay que decir que el tío José era muy responsable y tomaba su trabajo con la seriedad que le había quedado de su anterior vida.
En sus años mozos, José había sido contable; al jubilarse no aguantó estar en casa sin ocupar la cabeza y acabó trabajando como conserje. No lo hacía por dinero, sino porque no podía quedarse de brazos cruzados.
Al ver una caja en el umbral, el tío José supo al instante que había un bebé dentro, aunque no se escuchaba ningún ruido. Curioso, abrió la caja, confirmó su sospecha y, sin perder tiempo, tocó la puerta del hospital.
Lo único que rezó fue que al niño le fuera bien, porque el pequeño estaba demasiado callado, pero, para alivio tanto de José como del personal médico, el bebé estaba vivo y bastante sano.
Todo sucedió en el pueblecito de Villanueva del Río, de esos donde todos se conocen, por lo que no tardaron en adivinar quién podía ser la madre. Las sospechas recayeron de inmediato sobre Carmen Lores.
Carmen había tenido hijos casi cada año y los donaba al Estado con la misma regularidad. Nunca figuró en los registros oficiales y jamás acudió al hospital durante sus embarazos.
Sin embargo, tras una minuciosa investigación se descubrió que Carmen, al menos esta vez, no tenía nada que ver con el asunto. La madre del bebé nunca se halló, y después de los exámenes necesarios el niño fue enviado a la Casa de los Peques, situada a un paso de allí.
En el hospital, cuando le entregaron al recién nacido, una enfermera exclamó:
¡Mira qué melón! ¿Cómo llegó este chiquitín a la puerta…?
Nadie supo responder, pero mientras estuvo allí lo apodaron cariñosamente Meloncito, porque era un bebé muy fuerte y vivaracho.
Claro, al final le pusieron un nombre de verdad. El tío José sugirió Gonzalo, y aunque el apodo Meloncito se quedó pegado, en la Casa de los Peques lo llamaban así.
No tardó mucho en encontrar familia de acogida, y Gonzalo se marchó con ellos. Todos estaban encantados, sobre todo la directora de la Casa, Alba Matilde.
Pasaron casi tres años cuando, como por arte de magia, devolvieron a Gonzalo. Resultó que la familia de acogida había tenido su propio hijo y el pequeño ya no era necesario. Cuando lo trajeron de vuelta, ya no parecía el diminuto Meloncito que habían dejado; ahora era un chaval delgadito, simpático y sorprendentemente adelantado para su edad.
Se veía que le habían cuidado, pero nadie entendía cómo podían deshacerse de él tan fácilmente. Ver a Gonzalo romperle el corazón a todos. Lloraba, llamaba a su mamá, a su papá, a la abuela, y se quedaba mirando la ventana durante horas, sin que nadie respondiera.
Llegó el verano y los niños pasaban mucho tiempo al aire libre. Gonzalo cambió; ya no esperaba a nadie y tampoco confiaba en los adultos. Con los demás niños tampoco lograba entablar amistad y, a menudo, jugaba solo en rincones discretos.
Hasta que apareció su nuevo compañero: un gato llamado Mochuelo. Ese felino se había colado en la Casa de los Peques hacía un año. Como los gatos no están permitidos allí, Alba Matilde intentó deshacerse de él, pero el gato era más terco que una mula.
Primero lo entregó a la cocinera del hogar, la tía Elena, pero ella huyó y volvió al recinto. Lo intentaron cinco veces, y cada vez Mochuelo regresaba con una dignidad rebelde. La tía Elena, al ver que el gato le seguía a todas partes, le puso el apodo de Mochuelo, porque siempre estaba mocoso y hacía travesuras.
Al fin Alba Matilde, cansada, lo llevó al veterinario en una transportadora para asegurarse de que estaba sano. Solo entonces quedó tranquila. Gonzalo, por suerte, ni se dio cuenta de la ausencia del gato; sin embargo, Mochuelo guardó rencor a Alba y jamás la dejó acercarse.
Una familia interesada en adoptar a Gonzalo lo visitó, pero el niño no les cayó bien y se marcharon, prometiendo volver a hablarlo en familia. Alba sabía que nada cambiaría. Así que Gonzalo siguió donde estaba, pero ahora él y Mochuelo eran inseparables; el gato le llevaba regalos como ratoncitos muertos, y la tía Elena le dio una escoba como castigo, sumando un enemigo más al felino.
Poco después volvieron a buscar al niño, esta vez una pareja con una hija ya mayor, los Martínez, que querían dar un hogar a un huérfano aunque pudieran tener hijos propios. Les pareció un gesto noble y les encantó la amabilidad de Alba.
Al conocer a Gonzalo, descubrieron que había sido abandonado dos veces, y sin dudarlo decidieron adoptarlo. Curiosamente, el hijo de los Martínez, Sergio, reconoció al pequeño: era el mismo Meloncito que había encontrado años atrás en la puerta de la Casa.
Con una carcajada, el tío José, que todavía estaba allí, le dijo al niño:
¡Vaya tela! Resulta que ya nos conozcamos de antes. Te puse nombre, te dio apodo y ahora te llevamos a casa. Los designios del Señor son misteriosos, pero aquí tienes a tu tío abuelo de adopción, aunque un poco perdido. ¡Que te lo pague el tiempo!
Gonzalo no entendía mucho de la charla, pero sonreía y asentía. Todos estaban atónitos por la coincidencia, pero felices.
Cuando los adultos se despidieron del personal del hospital y se dirigieron al coche, Gonzalo se detuvo de golpe y empezó a llorar. Tatiana, la madre, intentó calmarlo sin saber qué le había alterado. Alba, que observaba la partida, explicó que la causa eran las lágrimas de Mochuelo, que había quedado a un lado, mirando con ojos tristes a su pequeño dueño.
Así, aquel día la familia de los Martínez se amplió en dos: un hijo maravilloso y un gato no menos especial.







