Lágrimas de felicidad

22 de octubre de 2025

Hoy el pasillo del Hospital Universitario La Paz se inundó con la luz cegadora del sol de la tarde. Cerré los ojos un instante; al abrirlos sentí que el corazón se quedó inmóvil y luego volvió a latir a más de prisa. Allí estaba él, mi propio reflejo, caminando hacia mí. No podía ser, llevaba tres años sin que mi esposa, Carmen, pusiera pie en este mundo.

¡Vamos, que se me están apareciendo fantasmas!, pensé, mientras apretaba el asa de mi maletín con fuerza tratando de volver a la realidad.

El hombre que se acercaba era idéntico a mi marido del pasado: la estatura, el paso, los rasgos Sólo su mirada era más firme, más contenida. Me observó fijamente, como si él también hubiese visto un espectro.

Un rubor inesperado subió a mis mejillas. Baje la vista avergonzado y pasé al lado de la habitación donde estaba mi tía, Carmen, quien, tras la intervención quirúrgica, necesitaba cuidados especiales. No tenía a nadie más que a ella.

El siguiente encuentro con ese fantasma ocurrió en la zona de curas. Deslizaba una camilla vacía cuando lo vi: llevaba una bata blanca y murmuraba algo a la enfermera. Al oír el crujido de las ruedas, levantó la cabeza y se quedó paralizado, con la misma mirada inquisitiva de ayer.

Doctora Serrano intervino la enfermera, rompiendo el silencio incómodo. ¿Eso es todo?

Sí, gracias asentí, aunque mis ojos seguían clavados en la joven.

Me alejé, rojo como una manzana, sintiendo que volvía a ser un adolescente torpe.

Los días en el hospital transcurrían lentos. Continuábamos cruzándonos en los pasillos, y cada vez que la veía, una alegría infantil me invadía. De vez en cuando entraba a la habitación de mi tía, siempre cortés y profesional, pero su mirada se posaba en mí un segundo más de lo necesario.

Una noche, cuando mi hijo Luis, que debía acudir a su guardia nocturna, salió a buscar agua, lo encontré en el vestíbulo junto a la ventana, mirando la ciudad que se oscurecía.

¿Tu hijo? me preguntó sin levantar la vista. El joven que visita a la tía Carmen?

Sí respondí, sorprendido de que conociera su nombre. Luis, un poco travieso, pero de oro, muy cuidadoso.

Una sonrisa se dibujó en su rostro, una sonrisa que me resultó dolorosamente familiar.

Te quiere mucho, lo puedes ver en sus ojos dijo.

Sentí un estremecimiento que hacía tiempo había olvidado. El cuerpo envejece, pero las sensaciones siguen tan frescas y punzantes como en la juventud.

No se lo digas, se vanagloria dije, sonrojado.

Él soltó una carcajada cálida.

Yo soy Alejandro Serrano.

María respondí, aunque mi nombre real es Alejandro, en aquel instante me hacía falta esa identidad ajena.

En ese momento, Luis irrumpió portando una bolsa de empanadillas.

¡Mamá, doctor! Traje un detalle, aunque con coles todavía…

Aceptó una empanadilla con gratitud y sentí la mirada de mi hijo, rápida y evaluadora, posarse en mí.

Al día siguiente supe, de la charla de las enfermeras, que el Dr. Serrano había enfermado y estaba de baja. Un peso cayó en mi pecho. No es el destino, pensé con amarga resignación. Todo ocurre como debe ser. Sin embargo, comprendí que el duelo no es eterno; el futuro tendría que ser mejor.

Mi tía salió del hospital tres días después. Al recoger sus cosas, intenté no pensar en el vacío que quedaría tras esas paredes. No solo me despedía del sitio, sino también del fantasma de una posibilidad que nunca se materializó.

Luis, cargando su equipaje al coche, soltó inesperado:

¿Sabes? El doctor Serrano es viudo. Su mujer falleció en un accidente hace tres años.

Me quedé petrificado. Tres años. ¿Coincidencia? ¿Destino?

¿Cómo lo sabes? pregunté en voz baja.

Nos pusimos a charlar mientras comíamos empanadillas encogió los hombros Luis. Preguntó por su padre, muy educado. Se notaba solo. Y la forma en que te miraba no como a una paciente, sino como a otra cosa.

Silencioso, me subí al coche; la esperanza volvió a latir en mi corazón.

En casa la tranquilidad me recibió. Preparé una taza de té y me senté junto a la ventana, observando el patio familiar. En la mesa descubrí un sobre que no recordaba haber puesto allí. Dentro, una tarjeta con la imagen de un antiguo hospital, semejante al que acabábamos de abandonar.

Con manos temblorosas la abrí:

«María,

Sé que esto suena a locura. Lamento mucho haberme enfermado y no poder despedirme. Hace tres años perdí a mi gran amor y al verte en el pasillo sentí que el sol volvía a salir dos veces en un día.

No soy tu esposo. Soy otro hombre, con su propio dolor y su historia. Pero quizá nuestras historias puedan seguir juntas.

Si no te parece una idea absurdamente imposible, estaré mañana a las cinco en el café El Rincón, frente al parque.

Con esperanza, Alejandro».

Las lágrimas brotaron de mis ojos, pero eran lágrimas de felicidad. No estaba solo en ese sentimiento; él también lo sentía y había tenido el valor de dar el paso que yo temía siquiera imaginar.

Al día siguiente, a las cuatro y media, me miré en el espejo, ajustando el vestido con nerviosismo.

¡Mamá, te ves preciosa! gritó Luis desde la cocina. No te obsesiones con el pasado, ¿vale? El futuro es lo que cuenta.

Sonreí.

El café El Rincón olía a bollería recién horneada. Alejandro ya estaba allí, sentado junto a la ventana, repasando el menú con expresión tensa. Al verme entrar, se levantó y su rostro se iluminó con esa sonrisa conocida y, a la vez, nueva.

Temía que no vinieras dijo, tirándome una silla.

Temía que te arrepientas de tu carta confesé mientras me sentaba.

Ni un segundo negó, con seriedad en los ojos. Cuando te vi por primera vez fue como un milagro, un recordatorio de que la vida no termina.

Yo sentí lo mismo susurré. Como si un viento cálido del pasado soplara, pero no era pasado, era algo nuevo.

Extendió su mano sobre la mesa y la tomé; su palma estaba tibia.

Probemos, María dijo. Sin prisa. Solo intentemos ser felices.

Miré sus ojos, los de un hombre que había atravesado el mismo dolor que yo, pero que no había dejado de esperar. Asentí. Por primera vez en tres años, no sentí nostalgia por lo que se había ido, sino una alegre y temblorosa anticipación de lo que vendría. Ese fue mi final feliz, aunque realmente marcó el inicio de una nueva historia.

Lección personal: el tiempo no borra el dolor, pero sí abre puertas que solo se pueden cruzar con valentía y con la disposición de aceptar que el futuro puede ofrecer más luz que el pasado jamás pudo.

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Lágrimas de felicidad
Heartbreak Overwhelmed the Young Woman’s Heart