En la nueva urbanización de Alcorcón, al noroeste de Madrid, la vida empezaba a tomar ritmo. En los vestíbulos aún se percibía el olor a yeso recién aplicado y en los ascensores colgaban carteles pidiendo no arrojar escombros después de las ocho de la tarde. En el patio de recreo, entre los edificios y una fina capa de polvo húmedo, los niños vestían chaquetas impermeables mientras los padres, envueltos en bufandas, se observaban con la cautela propia de vecinos recién conocidos.
Elena corría a casa con su hija Cruz: el corto trayecto desde la guardería, atravesando el patio, se había alargado por las colas en la entrada y por las interminables conversaciones sobre lo difícil que resultaba colocar a los niños cerca de casa. Elena trabajaba desde su apartamento como contable en una pequeña empresa, lo que le permitía estar al lado de su hija gran parte del día. Pero, a pesar de esa flexibilidad, cada mañana seguía el mismo ritual: abría la Sede Electrónica del Ayuntamiento y consultaba el número de Cruz en la lista de espera para la guardería más cercana.
Otra vez nada ha cambiado exhaló una mañana, mirando la pantalla del móvil. En el chat del bloque ya se debatía el tema: la fila avanzaba lentamente y los cupos solo alcanzaban a los beneficiarios de ayudas o a quienes se habían inscrito justo al mudarse.
Al atardecer los adultos se reunían en los pasillos o frente a la tienda de la esquina. Las conversaciones siempre volvian a lo mismo: unos esperaban respuesta del ayuntamiento, otros intentaban conseguir plaza por conocidos, y algunos simplemente se limitaban a cruzar los dedos y contar sólo con su propio esfuerzo.
Con cada día que pasaba, la sensación de estancamiento crecía. Los niños se quedaban en casa o jugaban bajo la vigilancia de los abuelos; los padres se quejaban entre murmullos, al principio tímidos, después más francos. En los chats surgían mensajes extensos sobre la saturación de los grupos, se hablaba de guarderías privadas o de contratar a una niñera para varias familias a la vez.
Una tarde, Antonio, padre del pequeño Gonzalo del edificio contiguo, propuso crear un grupo exclusivo para tratar el tema de la guardería. Su mensaje fue breve:
Vecinos, ¿nos unimos? Si somos muchos, nos escucharán.
Aquella frase marcó el inicio del cambio. Decenas de padres se sumaron al chat: unos ofrecían recolectar firmas para dirigirse a la directora, otros compartían contactos de abogados o relataban experiencias similares en otros barrios de la capital.
Poco después, bajo la ventana del primer bloque, se formó un pequeño grupo con listas de firmas y termos de té caliente. Llegaban nuevos vecinos: algunos se mostraban tímidos y preguntaban por los detalles, otros querían añadir su nombre a la lista de solicitantes de inmediato.
Las charlas se prolongaban hasta bien entrada la noche, al aire libre del patio; los padres formaban medio círculo bajo el alero del vestíbulo, resguardándose del viento y de la lluvia ligera. Algunos sujetaban a sus hijos de la mano, otros cubrían los cochecitos con mantas. De vez en cuando miraban el reloj o respondían mensajes de trabajo mientras se hablaba de la guardería.
Hay que ir por la vía oficial aseguraba Antonio con confianza. Recogemos firmas de todos los que quieren entrar aquí y preparamos una petición conjunta al ayuntamiento.
De nada servirá, suspiró una mujer de mediana edad. Mientras los papeles van y vienen ¡Que llegue el verano!
¿Y si intentamos hablar directamente con la directora? Quizá se ponga en nuestro sitio.
Los desacuerdos fueron abundantes: unos consideraban inútil perder tiempo en cartas formales, otros temían mostrarse demasiado activos frente a la administración del edificio o la compañía gestora.
Sin embargo, al cabo de unos días la mayoría aceptó comenzar con la recogida de firmas y concertar una reunión con la directora de la guardería número veintinueve, situada al otro lado de la calle del nuevo barrio, que llevaba tiempo sin poder atender la avalancha de solicitudes de los vecinos más cercanos.
La mañana de la reunión amaneció gris y húmeda, con la tenue luz primaveral sin sol. Los padres llegaron quince minutos antes de la apertura del centro; las mujeres ajustaban capuchas a los niños, los hombres intercambiaban breves comentarios sobre el trabajo y los atascos de la M30.
En la recepción del centro hacía calor y se sentía el olor a ropa mojada; las huellas de los zapatos mojados marcaban el linóleo hasta la puerta del despacho de la directora, María del Carmen. Ella recibió al grupo sin aparente entusiasmo:
Entiendo vuestra situación afirmó. Pero no quedan plazas. La lista se gestiona exclusivamente por el ayuntamiento a través del registro electrónico
Antonio expuso la posición de los padres con serenidad:
Conocemos el procedimiento empezó pero muchas familias deben llevar a sus hijos varios kilómetros cada día. Eso resulta pesado tanto para los niños como para los adultos Estamos dispuestos a colaborar en una solución temporal junto a ustedes.
María del Carmen escuchó atentamente al principio, pero pronto interrumpió:
Aunque quisiera No tengo autoridad para abrir grupos adicionales sin la autorización del ayuntamiento. Todos los trámites van allí
Los padres no se dieron por vencidos:
Entonces necesitamos una reunión de tres, propuso Elena. ¿Podemos ir con un representante del ayuntamiento? Así lo explicamos cara a cara.
María del Carmen se encogió de hombros:
Si lo queréis intentar
Se acordó volver a contactar por la tarde de la semana siguiente, cuando fuera posible invitar a un funcionario del Departamento de Educación del municipio.
El chat del edificio no dejó de zumbar esa noche. Tras las negociaciones con la directora y el representante del ayuntamiento, quedó claro que se abrirían grupos temporales y que se permitiría instalar un espacio infantil en la zona común del patio. Cada vecino aportó lo que podía: algunos prometieron traer herramientas del garaje, otros conocían dónde comprar una malla de seguridad, y un residente tenía buenas relaciones con el encargado de mantenimiento del bloque superior.
Quedó pactado encontrarse el sábado por la mañana en el patio para inspeccionar el terreno destinado al juego. Elena, al salir con Cruz, notó que había más gente que en las reuniones anteriores; muchas familias asistían con niños que correteaban sobre la tierra todavía húmeda, adultos con guantes, bolsas de basura y palas. En la hierba había restos de hojas del año anterior, y el suelo, blando por la lluvia reciente, ya no formaba charcos.
Antonio desplegó sobre un banco el plano del área que había dibujado con su hijo. Los adultos debatían si colocar los bancos más cerca de la entrada o de la senda, y si habría suficiente espacio para la zona de arena. Algunas diferencias se hicieron más intensas, pero la ironía y el respeto empezaron a mezclarse en la discusión: todos comprendían que sin concesiones mutuas no habría progreso.
Mientras los hombres instalaban una barrera provisional, las mujeres y los niños recogían la basura y despejaban ramas. Cruz, junto a otras niñas, construía un laberinto con piedras; los adultos observaban con una sonrisa, pues los niños jugaban en un espacio dedicado, no en el asfalto del aparcamiento.
Al mediodía se organizó un pequeño picnic en el patio: alguien trajo té en termos, otro horneó bizcocho casero. Las charlas pasaron de los problemas de la guardería a intercambios de recetas y consejos de bricolaje. Elena percibió que la desconfianza inicial había desaparecido. Incluso los vecinos que antes se mantenían al margen se involucraban en los asuntos comunes.
Esa misma tarde surgió en el grupo una agenda de turnos para cuidar el espacio y una lista de tareas para preparar los grupos temporales. Se decidió acondicionar una sala del primer vestíbulo como sala de juego mientras la guardería principal no admitía a todos los niños. Isabel se ofreció a comprar los materiales, Antonio se encargó de la coordinación con la empresa gestora.
En los días siguientes, tras el sabadazo, aparecieron nuevos bancos y una pequeña zona de arena. La empresa gestora ayudó a instalar una valla baja para que los niños no se acercaran a la calzada. Los padres se turnaban: por la mañana uno acompañaba a los niños al grupo, por la tarde otro guardaba los juguetes y cerraba la puerta con llave.
Los grupos temporales se activaron sin alboroto; los niños entraban en los locales ya conocidos bajo la supervisión de cuidadoras recomendadas por los propios padres. Elena temía cómo reaccionaría Cruz al nuevo entorno, pero a mitad de la primera semana la niña volvía a casa cansada y contenta.
Los pequeños problemas cotidianos se resolvían sobre la marcha: faltaban sillas, había que comprar productos de limpieza, y los costes se repartían entre las familias; las cantidades eran modestísimas, pero la participación reforzaba los lazos más que cualquier reunión formal.
Al principio los microconflictos surgían casi a diario: discusiones sobre el turno de los paseos, quejas por la limpieza de la sala de juegos, o algún enfado por una observación. Con el tiempo, los participantes aprendieron a escucharse, a ceder y a explicar sus decisiones con calma. Los mensajes irritados disminuyeron; a veces, en lugar de una queja, aparecía un agradecimiento o una broma sobre nuestro equipo de padres.
La primavera avanzaba con fuerza: los charcos del patio se evaporaban, el césped se cubría de un verde brote. Los niños dejaban los gorros al jugar y corrían hasta el atardecer bajo la mirada atenta de los vecinos, ahora una preocupación compartida.
Elena se sorprendía al pensar que, hacía apenas un mes, apenas saludaba a la mayoría de sus vecinos; hoy pedía ayuda con facilidad y ofrecía su apoyo a otras madres del edificio. Conocía los nombres de los hijos de todos, incluso las costumbres de los abuelos.
Los primeros días de los grupos temporales carecían de ceremonias; los padres simplemente llevaban a los niños a la puerta de la sala de juegos o al nuevo grupo de la guardería del otro lado de la calle. Se cruzaban miradas y breves sonrisas: ¡lo logramos! No era perfecto, pero mucho mejor que la soledad ante los sistemas de listas electrónicas.
Los fines de semana organizaban limpiezas conjuntas después de los juegos; adultos y niños recogían juguetes esparcidos y moldes de arena, y planificaban la programación de la siguiente semana junto a los bancos. En el chat surgían propuestas: montar una fiesta de inauguración de la zona infantil en verano, crear un aparcamiento para bicicletas cerca del colegio de primaria para los futuros primogénitos.
Las relaciones entre vecinos se habían calentado notablemente; incluso aquellas familias que antes se mantenían distantes o escépticas ahora participaban, aunque sea de forma puntual, en la vida del edificio. La confianza mutua había crecido.
Elena acompañaba a Cruz cada mañana hasta la puerta del nuevo grupo, conversando a media voz con otras madres sobre el tiempo o la rotación de turnos en el patio. A veces le parecía sorprendente sentir que formaba parte de aquel cambio, cuando hasta hacía poco todo parecía una pared infranqueable.
Ahora, nuevos retos y preocupaciones se perfilaban, pero lo esencial había cambiado en el interior de muchos padres de esa nueva urbanización: habían descubierto que, unidos, podían transformar su entorno. Esa certeza les recordaba que la fuerza de una comunidad no reside en la autoridad de nadie, sino en la voluntad de todos de colaborar.







