La sabia esposa y su insensato desenlace
Cuando Isabel la vio por primera vez, supo al instante que el destino le había tendido una mano. Alto, elegante, con unos ojos sorprendentemente serenos, cruzó la sala del comedor del Instituto de Investigaciones Científicas de Madrid, donde ella llevaba siete años trabajando como bibliotecaria. Su corazón le susurraba que él era el hombre de sus sueños.
¿A quién miras con tanto interés? le preguntó Luz, su compañera de trabajo, mientras almorzaban juntas. Ah, ¿es el recién llegado del laboratorio de física? Dicen que ha defendido ya su tesis doctoral, tiene mucho futuro.
Isabel se sonrojó, apartó la vista y se aferró al cuenco de sopa de verduras.
Solo doy una ojeada, nada más murmuró.
Claro, claro replicó Luz con una sonrisa ladeada. Se ve en tu cara que te ha intrigado. Por cierto, parece que no está casado. Lo he averiguado.
Es muy joven balbuceó Isabel, algo desconcertada.
¿Cuántos años tienes? ¿Treinta y dos? Él debe de estar rondando los veintisiete, ¿no? continuó Luz. ¿Qué importa la diferencia?
Isabel guardó silencio. La diferencia parecía mínima, pero a sus ojos era un abismo. Ya había aceptado, con cierta resignación, que viviría sola. Tras un romance frustrado en el propio instituto, se había sumergido de lleno en los libros, que se convirtieron en sus confidantes. Y entonces, de pronto, apareció él.
Al día siguiente, el joven científico entró en la biblioteca. Se llamaba Pablo Martínez. Solicitó un tratado raro sobre física cuántica. Isabel, nerviosa, se internó entre los estantes más lejanos y tardó en encontrar el volumen.
Perdón por hacerle buscar dijo Pablo al entregarle el grueso tomo. Yo podría haberlo traído yo mismo.
No, es mi trabajo respondió Isabel, intentando que su voz sonara serena y profesional.
Lo vi ayer en el comedor soltó él inesperadamente. ¿Le gustaría acompañarme a tomar un café después del trabajo?
Isabel quedó petrificada. No esperaba tal giro.
Lo acepto con gusto logró decir al fin.
Aquella fue la primera de muchas veladas compartidas. Pablo resultó no solo brillante, sino también un interlocutor fascinante. Explicaba sus investigaciones de modo tal que Isabel, ajena a la física, podía seguirle la pista y entusiasmarse. A su vez, ella le hablaba de los libros que había devorado; él escuchaba con atención, formulaba preguntas, discutía. Sus debates se prolongaban horas, sin que el tiempo se percibiera.
Isabel, eres extraordinaria le dijo Pablo una tarde, paseando por el parque. Tienes una sabiduría y una sensibilidad que rara vez se encuentran. Nunca había cruzado con una mujer como tú.
Son los libros sonrió tímida. Leo mucho.
No, también tienes la capacidad de analizar, de ver lo que los demás no perciben. En el laboratorio me consideran prometedor, pero a tu lado me siento como un aprendiz.
No digas tonterías protestó Isabel. Tú desentrañas los misterios del universo, y yo solo presto libros.
No te menosprecies. Comprendes las almas humanas, y eso es mucho más complejo que cualquier ley física.
Se casaron medio año después de conocerse. Los padres de Pablo se opusieron. Su madre, Doña Carmen, mujer dominante y ambiciosa, le lanzó al oído que cometía un error.
¡Es mayor que tú! ¡No tiene futuro! vociferó. ¡Una simple bibliotecaria! ¿Qué puede ofrecerte a ti y a tus futuros hijos?
Madre, la quiero contestó Pablo firme. No es una simple bibliotecaria, es una mujer inteligente y culta. Tendremos hijos, lo sé.
La boda fue austera; los amigos se reunieron en una pequeña taberna del centro. Los padres de Pablo no asistieron.
Los primeros meses vivieron en un modesto piso de alquiler. El dinero escaseaba, pero la felicidad reinaba. Isabel convirtió su hogar en un refugio acogedor al que Pablo volvía feliz después del laboratorio. Seguían conversando, debatiendo libros, películas y descubrimientos.
Entonces llegó el milagro que tanto esperaban: Isabel quedó embarazada. Los médicos habían advertido que, por una particularidad de su organismo, era improbable que tuviera hijos.
Pablo, estoy embarazada le confesó una noche, cuando él regresaba cansado.
Él se quedó paralizado, luego la abrazó con fuerza y la giró en círculos.
¡Irma! ¡Qué alegría! ¡Vamos a ser padres!
Durante el gestación, Pablo se entregó por completo: preparaba caldos cuando el náuseas la acosaban, corría a comprar pepinillos a medianoche, leía en voz alta manuales de puericultura y se sumergía en psicología infantil para estar a la altura.
Al nacer la niña, la llamaron Almudena.
Almudena, nuestra esperanza susurró Pablo al contemplar al pequeño ser envuelto en una sábana blanca.
Doña Carmen, sorprendida, apareció en el hospital con un ramo de rosas y una cesta de frutas.
Déjame ver a mi nieta exigió, y al verla, exclamó:
¡Qué carita tiene! ¡Ese hoyito en la barbilla, ese narizón, es como el de su padre!
Desde entonces la relación con la madre de Pablo cambió. Visitaba con frecuencia, traía regalos, ofrecía consejos y a veces criticaba la forma en que Isabel criaba a Almudena. Al principio Isabel toleró, pues era su madre, pero la intromisión se volvió cada vez más invasiva.
Isabel, no lo haces bien, déjame enseñarte repetía Doña Carmen. Los pediatras dicen que deberías amamantar más, darle más vitaminas
Pablo permanecía en silencio, pero un día propuso:
Mamá sugiere que nos mudemos a su casa. Hay una habitación libre para nosotros y una para Almudena. Así tú podrías volver al trabajo y él te ayudaría con la niña.
¿Qué opinas? preguntó Isabel, dudosa.
Es una oferta razonable, nos aliviaría la carga económica y mis padres estarían contentos con la nieta cerca respondió Pablo.
Isabel aceptó, aunque su intuición le advertía que era un error. Sin embargo, confió en su marido.
La mudanza se realizó cuando Almudena cumplió medio año. Al principio todo fue cómodo; Doña Carmen ayudaba con la niña y Isabel retomaba su empleo. Pero poco a poco el ambiente se cargó de tensiones.
¿Por qué la dejas llorar? preguntaba la suegra cuando Almudena estaba irritable. ¡Sácala en brazos y calmarla!
El llanto es normal, la niña aprenderá a manejar sus emociones replicaba Isabel.
¡Debe ser una infancia feliz, sin lágrimas! replicaba Doña Carmen.
Pablo, cada vez más alineado con su madre, dejaba a un lado la voz de Isabel.
Los roces giraban en torno a la alimentación, el sueño, los paseos y los juguetes. Isabel sentía que perdía el control; la autoridad pasaba a manos de Doña Carmen, que se había convertido en la figura principal en la vida de Almudena.
Un día, la peor temida enfermedad llegó. Almudena presentó fiebre alta y tos. Doña Carmen abogó por remedios caseros:
Le pondremos cataplasmas de mostaza, le daremos infusión de frambuesa, y todo pasará.
No, llamo al médico respondió Isabel con firmeza.
¡No hace falta médico! Yo crié a tres hijos sin ellos replicó la suegra.
Pablo, ayúdame imploró Isabel.
Pablo, atrapado entre las dos mujeres más importantes de su vida, dudó.
¿Probamos primero los remedios caseros? sugirió vacilante.
¡No! replicó Isabel. Soy madre y decido lo que es mejor para mi hija.
Llamó al médico, que diagnosticó una neumonía incipiente. Sin el tratamiento oportuno, el cuadro podría haber sido fatal.
Ese episodio rompió definitivamente los lazos familiares. Doña Carmen se ofendió y, siempre que podía, recordaba que casi pierden a su nieta por no seguir sus sabios consejos.
Pablo se refugiaba en el trabajo, evitaba los conflictos domésticos y, cuando llegaba a casa, estaba irritado y agotado.
Isabel, ¿puedo hablar contigo? dijo una noche, cuando Almudena ya dormía y los suegros habían salido a visitar a los vecinos.
Claro respondió ella, percibiendo una sombra de ansiedad.
Me han ofrecido una beca de investigación en Madrid, en el centro de investigación del CSIC, durante seis meses. Es una oportunidad única.
¡Qué buena! exclamó Isabel. ¿Cuándo nos mudamos?
Pablo apartó la mirada.
En realidad pienso ir solo.
¿Solo? ¿Y Almudena?
Te quedarás con tus padres. Ellos cuidarán de ella y yo podré concentrarme por completo en el proyecto.
Isabel no podía creer lo que oía.
¿Quieres abandonarnos?
No te estoy abandonando, solo son seis meses. Después volveré, o ustedes vendrán a verme si todo marcha bien.
Pablo, no lo entiendes. Si te vas, tu madre ocupará definitivamente el puesto de guía de Almudena. Ya se cree que sabe más que yo sobre lo que necesita mi hija.
Exageras replicó él, apretando los puños. Mi madre solo quiere lo mejor.
¿Lo mejor para quién? ¿Para ella? ¿Para Almudena? No para mí.
¿Qué quieres decir?
Pablo, mírate a tu alrededor. ¿Cuándo fue la última vez que hablamos de corazón? ¿Cuando discutimos libros, películas? Ahora te escondes en el trabajo para huir de los problemas y quieres marcharte de una vez.
No es una fuga, es un paso adelante en mi carrera se defendió él. La gente sueña con esa oportunidad.
No hablo de la beca, hablo de que huyes de los problemas en vez de enfrentarlos.
No es huida, es progreso.
¿Y el progreso de nuestra familia? ¿De nuestro matrimonio? ¿Lo has pensado?
Se fundieron en una fuerte discusión, la más intensa que habían vivido. A la mañana siguiente, Pablo anunció su decisión: se marcharía solo. Si Isabel lo amaba, debía comprender y apoyar.
Durante los días siguientes, Isabel reflexionó mucho sobre su vida, su esposo, su hija y el futuro que les esperaba. Se dio cuenta de que tenía una encrucijada: resignarse a seguir viviendo bajo el yugo de los padres de Pablo, perdiéndose a sí misma y al marido, o tomar una decisión que cambiara todo.
El día de la partida, Isabel empaquetó la maleta de Pablo, vistió a Almudena y llamó a un taxi.
¿A dónde vas? preguntó Pablo, sorprendido.
Vamos a acompañarte a la estación.
Muy bien.
En la estación, faltaban solo minutos para la salida del tren. Isabel besó a Pablo y le dijo:
Te amo, Pablo, y siempre te amaré. Pero ya no puedo seguir viviendo bajo el techo de tus padres. Almudena y yo volvemos a nuestro viejo piso.
¿Qué? se quedó boquiabierto. ¿Y mis padres?
Son gente buena, pero yo quiero criar a mi hija yo misma, y salvar nuestro matrimonio, si aún es posible.
¡No puedes hacerlo!
Puedo, y lo haré. Ve a tu beca, estudia, progresa. Nosotros te esperaremos aquí, en nuestro hogar.
Se volvió y salió del andén, agarrando la mano de Almudena con fuerza. Su corazón latía como un tambor. No sabía si era la decisión correcta; tal vez fuera el acto más necio de su vida, pero una voz interior le aseguraba que era la actitud de una esposa sabia.
Mamá, ¿papá se ha ido a trabajar? preguntó Almudena al subirse al taxi. Sí, cariño. Papá ha ido a trabajar, pero volverá.
¿Y nosotros, a dónde vamos? inquirió la niña.
A casa, hija. Vamos a casa.
Los primeros días en el viejo piso fueron duros. Almudena se quejaba, llamaba a la abuela; el teléfono no dejaba de sonar con mensajes de Doña Carmen exigiendo la vuelta de su nieta. Isabel tomó permiso en el trabajo para organizar la rutina de la pequeña.
Pablo estuvo mudado una semana. Luego llegó un breve mensaje: «¿Cómo están?».
«Todo bien, nos estamos adaptando», respondió Isabel.
Con el tiempo, la vida tomó otro rumbo. Isabel se entregó al matrimonio y a la maternidad. Salían al parque, al zoo, al teatro de marionetas; por la noche leían cuentos, dibujaban y modelaban con plastilina. Descubrió que su hija era más tranquila y feliz en casa que bajo el cuidado de la abuela.
Pablo llamaba esporádicamente, contaba brevemente sus descubrimientos y las novedades del instituto, sin preguntar cómo estaban. Isabel, sin presionar, le enviaba fotos de Almudena y narraba sus pequeños logros.
Pasaron tres meses. Una noche, tras acostar a Almudena, Isabel leía tranquilamente en su silla cuando se oyó el timbre. En la puerta estaba Pablo, con un enorme ramo de flores silvestres, sus favoritas.
¿Puedo entrar? preguntó, un poco tímido.
Isabel, sin decir palabra, se apartó y permitió su paso.
¿Almudena dormida? indagó mientras se quitaba los zapatos.
Sí, acaba de quedarse.
¿Cómo está? siguió.
Bien. Extraña mucho a su papá.
Pablo se sentó en el sofá, dejó el ramo a un lado.
¿Y tú? preguntó, mirando al vacío. ¿Me extrañas?
Isabel se sentó a su lado, sin tocarlo.
Mucho contestó con sinceridad.
Lo entiendo ahora, Irma exclamó de golpe. He estado huyendo de los problemas, tomando decisiones fáciles.
¿Y ahora? preguntó ella.
Ahora quiero tomar la decisión correcta. Difícil, pero correcta. Quiero volver a vosotros, si me lo permites.
¿Y la beca?
La terminé antes de tiempo. Cumplí todo y más. Me ofrecieron un puesto fijo en Madrid, con buen sueldo y perspectivas.
¿Y lo rechazas? adivinó Isabel.
Sí. Porque sin vosotros no me sirve nada. Ni la carrera, ni el dinero. Quiero estar con vosotros. Aquí o donde sea, lo mismo; lo esencial es estar juntos.
¿Y tus padres?
Hablé con ellos, de verdad, quizá por primera vez en mi vida. Les expliqué que decidiríamos nosotros cómo vivir y criar a Almudena. Pueden ayudar, pero no mandar. Se quedaron impactados, pero creo que con el tiempo lo aceptarán.
Isabel observó a Pablo y vio en sus ojos lo que hacía mucho no veía: determinación y amor profundo.
Sabes lo que he comprendido también continuó él. Eres, sin duda, la más sabia. Veías lo que yo no veía y actuaste donde yo no tuve valor, sacándonos de ese círculo sin salida.
La verdad, no estaba segura de haber actuado bien confesó Isabel. Fue un riesgo.
Ese riesgo no fue una elección tonta, sino la más sabia.
Pablo extendió su mano y rozó suavemente su rostro.
¿Me perdonas?
Sin responder, Isabel se lanzó a sus brazos y lo besó. En ese instante, una vocecita salió del cuarto:
¿Mamá, ha llegado papá?
Ambos rieron, se levantaron y fueron juntos al lado de su hija. Entonces Isabel comprendió que, a veces, las decisiones que parecen más necias resultan ser las más sabias, y que basta con un salto de fe para salvar aquello que realmente importa.






