El pasillo del Hospital Universitario LaPaz se baña con el sol cegador de la tarde. María cierra los ojos un instante. Cuando los abre, siente que el corazón se detiene y luego late a mil por hora.
Al otro lado del corredor avanza él. Su esposo. Ese mismo que recordaba con cada arruga de su sonrisa. Pero eso no puede ser, porque hace tres años que falleció.
«Menudo fantasma», le pasa por la cabeza, y aprieta con fuerza el asa de su bolso, intentando volver a la realidad.
El hombre se acerca y, sin duda, se parece mucho a su marido: altura, paso, rasgos Solo que su mirada es más severa y contenida. Sin embargo, fija sus ojos en María, sin apartarse, como sorprendido al ver también un espectro.
María se sonroja de inmediato. Con la mirada baja se escabulle hacia la habitación de su tía, que está bajo cuidados especiales tras una operación.
El siguiente encuentro ocurre en la sala de curas. María empuja una camilla vacía cuando lo ve: lleva una bata blanca y murmura algo a una enfermera. Al oír el chirrido de las ruedas, levanta la cabeza y se queda inmóvil, con la misma mirada directa de ayer.
Doctor Sánchez interrumpe la enfermera, rompiendo el incómodo silencio. ¿Eso es todo?
Sí, gracias responde él con un gesto de cabeza, pero sus ojos siguen clavados en María.
Avergonzada, María arranca la camilla y sigue adelante, sintiéndose como una adolescente torpe.
Los días en el hospital transcurren con lentitud. Se cruzan miradas en los pasillos; cada vez que lo ve, una alegría infantil le brota en el pecho. El doctor a veces entra a la habitación de su tía, siempre cortés y profesional, pero siempre la mira un segundo más de lo necesario.
Una tarde, cuando su hijo Vico está a punto de iniciar su guardia nocturna, María baja al vestíbulo a tomar agua. Allí, junto a la ventana, está el doctor Sánchez, mirando la ciudad que se oscurece.
¿Su hijo? le pregunta en voz baja, girándose. El joven que visita a la tía Ana?
Sí responde María, sorprendida de que conozca el nombre. Vico es un chapado, pero de oro. Muy cariñoso.
El médico esboza una sonrisa que le resulta dolorosamente familiar.
Él la adora, se nota.
Algo vibra en el pecho de María, un temblor que había olvidado. El cuerpo envejece, pero las sensaciones siguen frescas y punzantes como en la juventud.
Es verdad murmura, avergonzada. No se lo cuente, que se pavonea.
Él ríe, y su risa suena cálida y viva.
Me llamo Alejandro. Alejandro Sánchez.
María contesta ella.
En ese instante, Vico irrumpe en el vestíbulo con una bolsa de empanadillas.
¡Mamá, hola! ¡Doctor! Traje un regalo, como prometí. Perdón por la coliflor que quedó.
Alejandro acepta una empanadilla con gratitud, y María percibe la mirada de su hijo: rápida, evaluadora, comprensiva.
Al día siguiente, las enfermeras charlatanas le informan que el doctor Sánchez está enfermo y ha tomado baja. Algo se desploma en el interior de María. «No era el destino», piensa con amarga resignación. «Tal vez sea lo mejor: no hubo incomodidad al despedirse, solo recuerdos agradables». Lo entiende: el duelo no es eterno, y el futuro será mejor.
Su tía da el alta tres días después. Al hacer la maleta, María intenta no pensar en el vacío que la espera fuera del hospital. Se despide no solo del lugar, sino del fantasma de una posibilidad que nunca se concretó.
Vico, cargando las maletas al coche, suelta de repente:
¿Sabes? El doctor Sánchez es viudo. Su mujer murió en un accidente hace tres años.
María se queda paralizada. Tres años. ¿Coincidencia? ¿Destino?
¿Cómo lo sabes? pregunta en voz baja.
Pues, charlamos mientras comíamos empanadillas encoge los hombros Vico. Preguntó por mi padre, muy educado. Se notaba solo. Y te miraba no como a una paciente, sino a otra cosa.
María se sienta en silencio en el coche. Una chispa de esperanza vuelve a latir en su corazón.
En casa la espera el silencio. Prepara un té y se sienta junto a la ventana, mirando el patio conocido. Entonces sus ojos se posan en un sobre sobre la mesa. No recuerda haberlo dejado allí. Debe ser de Vico.
Dentro hay una postal con la imagen de un viejo hospital, idéntico al que acaban de abandonar. Con dedos temblorosos, María la abre.
«María,
Entiendo que parezca una locura. Lamento mucho haberme enfermado y no haber podido despedirme. No puedo permitir que desaparezca sin más. Hace tres años perdí a mi amada y, al verte en el pasillo, sentí que el sol volvía a salir en el mismo día.
No soy tu marido. Soy otro hombre, con su propio dolor y su propia historia. Pero quizá nuestras historias puedan continuar juntas.
Si no te parece absolutamente absurdo, estaré mañana a las cinco de la tarde en la cafetería «El Borde», frente al parque.
Con esperanza, Alejandro».
Las lágrimas brotan de los ojos de María, pero son lágrimas de felicidad. No está sola en ese extraño sentimiento; él lo comparte y ha tenido el valor de dar el paso que a ella le daba miedo siquiera imaginar.
Al día siguiente, a las cuatro y media, se arregla frente al espejo, ajustando nerviosa el vestido.
¡Mamá, te ves preciosa! grita Vico desde la cocina. No te pases de preguntas sobre el pasado, ¿vale? El futuro es lo importante.
María sonríe.
La cafetería «El Borde» huele a bollería recién horneada. Alejandro ya está allí, sentado junto a la ventana, revisando el menú con gesto concentrado. Al verla entrar, se levanta y su rostro se ilumina con esa sonrisa, familiar y a la vez nueva.
Temía que no vinieras le dice, empujándole la silla.
Temía que te arrepientas de la carta confiesa María, sentándose.
Ni por un momento niega Alejandro, con la mirada seria. Sabes, la primera vez que te vi fue como un milagro, un recordatorio de que la vida no termina.
Yo sentí lo mismo susurra María. Como si un viento cálido del pasado soplara, pero no era pasado, era algo nuevo.
Extiende la mano sobre la mesa y ella la toma. Su palma está tibia.
Probemos, María dice él. Sin prisas. Simplemente intentemos ser felices.
Y ella, mirando esos ojos los ojos de alguien que ha atravesado el mismo dolor pero que no ha perdido la esperanza asiente. Por fin, tras tres largos años, no siente más melancolía por lo que se fue, sino una vibrante y temblorosa expectativa de lo que está por venir. Ese es su final feliz, que en realidad es un comienzo: el inicio de una nueva historia.







