La mujer y el espectro en el huerto

Oye, amiga, tengo que contarte lo que me pasó en el jardín de la nueva casa, porque todavía no lo creo yo misma.

Almudena estaba parada con sus pequeñas rastrillos de mano, con los dedos temblando de sorpresa. El trozo de madera cayó con un golpecito seco sobre la tierra reseca y agrietada. Apenas había abierto la boca para soltar un suspiro, escuchó una voz detrás de ella, tan fría como el crujido de una rama vieja, pero tan firme que le heló la sangre.

No crecerá nada en tu huerto, niña, porque tienes a un muerto como vecino. ¿No lo ves? Mira bien, presta atención dijo una anciana desconocida, con una mirada que parecía haber visto mil inviernos, pero con una pizca de compasión.

Almudena giró lentamente, casi como si fuera un robot, y por primera vez realmente vio el terreno que estaba frente a su recién adquirido y muy deseado hogar. Le dio una punzada de melancolía inexplicable. Cada día había visto ese parqué de tierra, pero ahora entendía el horror que acechaba allí. Justo al lado de la verja de madera tallada, de la que estaba tan orgullosa, había un trozo de tierra totalmente muerto, quemado, sin una brizna de hierba, sin una gota de vida.

A su alrededor, en los parterres que había trabajado con tanto empeño, las rosas florecían a raudales, los crisantemos se alzaban al sol y los arbustos de grosella verdes relucían. El contraste era tan extraño que casi parecía una pesadilla. Almudena intentó revivir aquel pedazo: le puso fertilizante, lo remoció, lo regó con lágrimas casi desesperadas, pero nada funcionaba.

Mientras estaba sumida en su sufrimiento jardineril, no se dio cuenta de que la anciana, encorvada por los años pero no por el ánimo, se había acercado a la puerta de la verja abierta.

Te has puesto un traje de baile para hurgar en esa tierra negra se burló la mujer con una sonrisa tenue. Mira ese top rosa que te queda perfecto y esos pantaloncitos de tejido técnico.

Almudena, ligeramente avergonzada, se tocó la espalda donde le sobresalía una mecha rojiza.

Es… es el uniforme de jardinería, abuela. Es técnico, transpirable… balbuceó, la voz temblorosa. Y los vecinos… aquí en la urbanización nueva todos cuidan sus jardines impecables… nadie ha vivido aquí antes, todo es a estrenar…

Pero la anciana ya no escuchaba. Se apoyó en su bastón rudimentario, dio un paso atrás y desapareció entre el polvo del camino. Almudena quedó sola, con el silencio retumbando en sus oídos, roto solo por el latido acelerado de su corazón.

¿Cómo puede ser? pensó, mientras se quitaba los guantes de jardinería y revisaba su manicura impecable. ¿Qué hace un muerto en mi brillante casa? ¿Quién es? ¿Qué quiere?

Por suerte, antes de mudarse había terminado un curso de manicura. Ahora mis manos siempre estarán perfectas se dijo con ironía, ojalá el jardín fuera igual de fácil de cuidar. No le contó nada de la extraña visita a su marido, Luis, que siempre está ocupado con sus proyectos, temiendo su sonrisa escéptica. Pero la imagen del fantasma no dejaba de rondar su cabeza. Ni los fertilizantes más caros, ni los consejos de los vecinos más experimentados lograban que la tierra reviviera. Aquella zona seguía tan seca como una lápida.

Almudena amaba el jardín. Había tomado varios cursos online, compró revistas de horticultura y se apasionaba con cada nuevo brote, pero ese pedazo de tierra seguía reacio, como si una pared invisible lo separara de la vida.

Quizá tendría que contratar a un paisajista de renombre se lamentó, mirando la zona negra desde la ventana. Pero si de verdad hay un visitante etéreo, dudo que ni el mejor profesional lo pueda expulsar.

Pasaron varios días. Almudena, tras ver otro vídeo de un experto en jardinería, dejó el móvil a un lado. La noche estaba silenciosa y sin estrellas. Luis ya dormía roncando al ritmo de sus pensamientos empresariales, y ella también debería estar en la cama, pero el sueño se le escapaba.

¡Qué bochorno! susurró, arrojando la manta de seda al suelo y abriéndose paso hacia la puerta de cristal que lleva al balcón.

Al abrirla con cuidado, salió al frescor de la noche. El aire olía a hierba y a jazmín. Desde el segundo piso, la parcela maldita apenas se veía, oculta bajo la voladiza del tejado y la sombra de un gran plátano. Movida por una extraña curiosidad, se arrastró por la barandilla helada y miró la zona oscura.

Allí, bajo la luz tenue de la luna creciente que se asomaba entre nubes rasgadas, vio una figura desconocida caminando sobre la tierra marchita. Era un hombre, de espaldas, con pasos lentos y pesados, como si luchara contra una resistencia invisible. Se agachaba, se ponía en cuclillas, rasgaba la tierra con la punta de un viejo zapato, y sus dedos pálidos rozaban el suelo buscando algo.

El corazón de Almudena se detuvo y luego retumbó con fuerza, temblándola. Lo observó y se dio cuenta de que algo no estaba bien: era translúcido, con un brillo tenue que dejaba entrever la luna a través de su cuerpo, vestido con un saco anticuado. No era un hombre vivo.

Un sudor frío le recorrió la espalda y, a punto de caer del balcón, el hombre se giró.

Su rostro era como de mármol, sin expresión, con un bigote abundante de otra época y el cabello peinado en raya. Los ojos, vacíos y oscuros, la miraron fijamente. De pronto, levantó los brazos hacia ella, como queriendo atraparla, sus dedos helados se acercaban, y Almudena sintió cómo su visión se nublaba. Un grito ahogado salió de su garganta y, con un empujón, logró retroceder hasta caer al suelo de su habitación, temblando.

Buscar a la anciana resultó más fácil de lo que esperaba. Almudena estaba convencida de que una mujer así no podía vivir en su moderno urbanismo, así que decidió buscarla en el pueblo vecino, más allá del puente, en la aldea que todavía dormía. Preguntó a las viejas sentadas frente al pozo y todas señalaron la misma casa desvencijada, con la puerta crujiente y una verja oxidada.

Almudena aparcó su coche compacto frente a la casa de fachadas descoloridas y llamó tímidamente:

¡Abuela! gritó, asomándose entre los tablones. ¿Soy yo, Violeta? Me hablaste la semana pasada del visitante del huerto

La puerta se abrió con un chirrido y apareció la anciana. Al echar un vistazo a su vestimenta, Almudena notó el contraste: su vestido de chifón y sus tacones de aguja.

¡Jesús! exclamó Violeta en voz baja. De nuevo tan bien vestida como para un desfile. Pasa, pero cuida esos tacones en el suelo de madera. ¿Qué necesitas?

Almudena, con la garganta seca, le explicó que el espectro realmente aparecía en su parcela. Violeta la escuchó con una mirada que mezclaba curiosidad y resignación.

¿Quieres que lo echemos fuera? preguntó la anciana.

Almudena asintió, aunque su mano temblaba mientras sacaba de su bolso varios billetes de 20 euros.

No sé cuánto cuesta no soy tacaña dijo, ofreciendo el dinero. Si necesitas más, iré al cajero.

Violeta estudió los billetes, luego miró a Almudena a los ojos y, con una suavidad inesperada, respondió:

Ya basta, niña. Te ayudaré sin cobrar. Ven, siéntate. No tengo té, se me acabó ayer y el mercadillo está a tres leguas

Almudena se sentó en una taburete pintado y observó la humilde casa: una cortina vieja pero limpia, una mesa sin mantel, una puerta rota que dejaba ver el vacío del interior. Todo era pobre, pero había un encanto melancólico.

Saca una botella del frigorífico, por favor pidió Violeta. Tengo una infusión de hierbas hecha en casa. Un poco amarga, pero revitaliza.

Almudena abrió el refrigerador y encontró una botella de líquido turbio, tres huevos, una caja de col fermentada y una botella casi vacía de aceite.

¡Qué vida! pensó, sintiendo culpa por su propia comodidad.

Violeta, al escucharla, gritó:

¿La encontraste?

Almudena asintió y Violeta le entregó un pequeño paquete envuelto en papel de periódico.

Entiérralo en tu parcela, a la profundidad de la hoja de la pala. En tres días el visitante se irá. Son solo hierbas, ramitas secas y bayas del bosque, todo bendecido.

Almudena probó la infusión y, tras un sorbo, comentó:

¡Delicioso! sonrió, agradecida. ¿Puedo dejarte algo a cambio? Tengo un bolso lleno de cosas del supermercado

Sin esperar respuesta, salió corriendo, volvió con una bolsa enorme y empezó a desgranarla sobre la mesa:

Aceite de girasol ¿por qué compré dos? Para el pescado de Luis té negro, aunque siempre bebemos verde galletas, pastillas, carne el congelador está repleto arroz integral, quinoa después de que Luis tuvo problemas estomacales me inscribí en cursos de nutrición, ahora solo compro cosas saludables

Mientras hablaba, las lágrimas empezaron a asomar en los ojos de Violeta, que las secó con un pañuelo.

Gracias, hija susurró. Que Allah te bendiga.

Almudena, con la voz temblorosa pero decidida, dijo que volvería a visitar a Violeta y que, si necesitaba algo, la ayudaría.

Alentada, enterró el paquete donde le indicó Violeta. Esa misma semana, como había prometido, aparecieron los primeros brotes tímidos en la zona antes muerta: diente de león, una hierba salvaje. Almudena lloró de alegría, porque el suelo había vuelto a latir.

Unos días después, Violeta, apoyada en su bastón, llegó al cementerio del pueblo. Caminó por el viejo sendero, saludó a los fantasmas que conocía, y se detuvo ante una tumba sin nombre. Sobre la piedra, una foto en blanco y negro mostraba a un hombre serio con bigote.

Gracias, Pedro murmuró Violeta, arrodillándose y recogiendo la hierba seca alrededor. Ayudaste a Almudena, y yo te ayudo a mí

Al volver, Almudena volvió a su casa y, una mañana, tocó la puerta de Violeta con la bolsa cargada de objetos que había comprado antes de mudarse.

¡Abuela Violeta! exclamó. He venido como prometí. Traigo ropa, mantas, platos con violetas todo para que tu casa quede más acogedora.

Violeta la recibió con una sonrisa renovada y la dejó entrar. Almudena, nerviosa, empezó a describir cada cosa que había traído, temiendo que la anciana pensara que se trataba de una caridad.

Ponte cómoda, niña dijo Violeta. Eres una buena muchacha, Almudena. Pero debes saber algo

Almudena se quedó paralizada, con el mantón en las manos.

¿Qué pasa? balbuceó.

Yo fui quien trajo al fantasma a tu huerto confesó Violeta, la voz temblorosa. Lo invité porque necesitaba una moneda, porque el hambre me aprieta. Pedí ayuda al pobre Pedro del cementerio, y él aceptó caminar por tu parcela, para que la tierra no diera frutos. Yo sólo te di unas hierbas para que te sintieras mejor, pero el resto fue mi culpa.

El peso de la confesión cayó sobre Almudena. No hubo ira, solo una enorme compasión. Se acercó, se arrodilló y, con delicadeza, tomó la mano arrugada de Violeta.

Lo entiendo, abuela. No te culpo. Todos hacemos lo que creemos necesario para sobrevivir. Yo seguiré viniendo, te ayudaré y, sobre todo, cuidaré ese huerto para que no vuelva a haber sombras.

Con una sonrisa triste, Violeta la abrazó. La tierra volvió a revivir, las primeras flores brotaron y el fantasma desapareció. Desde entonces, Almudena pasa cada semana a visitar a Violeta, colgando cortinas, poniendo manteles y contando chistes. Y cada vez que mira el jardín, recuerda que, a veces, los problemas más tenebrosos se resuelven con un poco de compasión y una taza de infusión casera.

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