Una Noche en la Lavandería

Querido diario,

Esta noche la lavandería autoservicio de la calle San Bernardo, en el barrio de Lavapiés, estaba sumida en una luz tenue que se filtraba a través de los pantallas foscosas de los bombillos. Desde la gran ventana se veían los faroles de la calle iluminando el empedrado, mientras las ramas desnudas de los álamos temblaban con la brisa fría. El local estaba apartado del bullicio del centro, pero la puerta se abría y cerraba a cada momento; la gente del barrio suele pasar por aquí a lavar la ropa al volver del trabajo.

Yo, Sergio García, de treinta y dos años, llegué después de la jornada en la fábrica. Primero entró Begoña López, de veintiocho, con un corte de pelo corto y castaño, apretando el móvil que mostraba dos notificaciones de número desconocido. Esperaba la llamada del futuro empleador, que aún no había llegado. En su cesta había blusas discretas y un abrigo gris manchado de polvo de la calle. Necesitaba ordenar su mente, así que eligió el programa de cuarenta minutos con diez minutos de silencio para que sus pensamientos no se dispersaran.

A continuación, yo mismo entré con la overol de trabajo bajo el cual llevaba un juego de llaves inglesas en el bolsillo. Esa mañana había discutido con mi mujer porque había dejado el turno para recoger a nuestro hijo de la escuela y había llegado tarde, lo que provocó una explosión de reproches en casa. El olor a aceite del motor se mezclaba con el sudor de la jornada. Me dirigí a la máquina más cercana a la esquina y la ocupé.

Por último, apareció Diego Martínez, estudiante de primer año de Geodesia, de diecinueve años, con la mochila a la espalda, unas zapatillas gastadas y dos toallas del dormitorio. Se quedó mirando el mostrador de detergentes, leyendo el cartel que decía: Añade el producto en el compartimento II. No se atrevía a preguntar nada, temiendo que el silencio se volviera aún más pesado, así que buscó la respuesta en los pictogramas.

El ambiente olía a polvo recién desembalado y el aire cálido de las secadoras ya en marcha. Junto al cambiador de monedas había un aviso que pedía mantener la voz baja y no ocupar la máquina más tiempo del ciclo. Cada cliente respetaba esa norma y, con la distancia marcada, se sentó en la silla de plástico como si esperara su turno en una sala de esperas.

Begoña levantó la vista del móvil y vio a Diego revolviendo los bolsillos de donde cayeron dos monedas de cinco euros.
¿Vas a lavar a cuarenta minutos? le pregunté en voz baja para no romper la atmósfera.
Él asintió.
Entonces pulsa Mix, el sexto botón. Es un lavado de una hora y media y delicado.
Diego sonrió, introdujo las monedas en la ranura y la máquina zumbó, como si un problema se hubiera disipado.

Yo fingí estar concentrado en el panel de mi lavadora, pero escuchaba los fragmentos de su conversación. En mi cabeza pasaba por la memoria el folleto de la asociación de vecinos que aconsejaba hablar con calma, sin gritos. Tomé el detergente líquido, lo vertí en el compartimento y, mientras el ruido del agua me rodeaba, traté de ahogar las palabras ásperas de mi mujer.

El tiempo transcurría con la cadencia de los tamboriles, mientras el móvil de Begoña permanecía en silencio. Un soplo de viento abrió la puerta y entró un frío que hizo temblar las luces. Begoña ajustó los puños de su suéter y miró la lista de notificaciones perdidas.
¿Esperas una llamada importante? le pregunté, sin presión, solo con curiosidad.
Ella me confesó que aguardaba la llamada del empleador que había prometido contestar al mediodía; la entrevista había sido la semana pasada y le dijeron que el llamado final llegaría hoy. Sonó el reloj: casi son las ocho.
Es una norma nueva del Estatuto de los Trabajadores comenté, intentando aligerar la atmósfera. Los empleadores ya no pueden molestar por la noche; quizá por eso se hacen esperar hasta el último minuto.
Begoña asintió, recordando haber leído algo sobre las enmiendas laborales, aunque la legislación no le daba consuelo.

El diálogo se apagó y cada uno reflexionó en silencio. Diego, inspirado por la pista que le había dado, revisó la tabla de horarios para llegar al dormitorio. Miró mi rostro y, con timidez, preguntó:
¿Cómo lograste que tu mujer lavara la overol hoy? Tengo que entregar mi uniforme pronto.
Yo sonreí, confesando que no había convencido a nadie; es mi tarea doméstica: la lavo yo mismo y la llevo a casa. Compartí una frase de un psicólogo del trabajo: El apoyo no es un intercambio de favores, sino un gesto para que la gente sienta que la escuchan.

Begoña se acercó al asiento y, sin perder la calma, dijo:
Mis padres siempre me hablaban así, creí que pedían informes, pero solo querían saber que estaba bien.
Apuntó a la tabla de programas y comentó que la lavandería del barrio era un sitio curioso: nadie interpreta un papel, solo hay tiempo para respirar.

Fuera, las sombras se espesaban y el farol parpadeó, mientras dentro el calor de las secadoras hacía que los tres nos acomodáramos más cerca.

Yo tosí ligeramente y conté que mi esposa y yo habíamos discutido por cosas menores; nuestro hijo había dicho que éramos un televisor con dos canales: suena a la vez y no se entiende nada. Una risa contenida brotó de nosotros.

Begoña, con la cabeza inclinada, escuchó mientras Diego giraba la tapa de una botella de agua y confesó:
Cuando la cosa se pone dura, me ayudo a mí mismo con una lista de tres puntos que controlo y dejo el resto.
Yo le pregunté si le daría ese consejo a mi mujer; él respondió con timidez que aún estaba lejos de ella, porque entrenaba para los exámenes.

De pronto sonó el timbre de la puerta y comenzó a caer una llovizna ligera. Begoña recibió una llamada de número desconocido; el tono era familiar, aunque no mostraba nombre.
¿Hola? dijo con voz temblorosa.
Al otro lado, una voz le comunicó la oferta: periodo de prueba con salario completo. Exhaló aliviada. Yo aplaudí sin hacer ruido, felicitándola.
Ves, llaman cuando les conviene y dentro del reglamento nada impide que te escuches.

Begoña comentó que su lista de lo que controlo acababa de crecer. Diego, agradecido, preguntó cómo dosificar el detergente: media cucharilla por cuatro kilos. Yo le respondí con un truco de la obra: si la tela es ligera, una gota; si está muy sucia, dos.

Propuse entonces un mini consejo: cada uno exponga tres problemas y una posible solución. Diego aceptó, y yo, aunque me sentía como un adulto joven, dije: aunque la lavandería sea pública, podemos ser amables.

Cada uno expuso su punto: yo temía volver a casa y encontrar silencio tenso; Begoña sugirió llevar un par de eclairs a su esposa como gesto de te escucho; Diego añadió que siempre hay un pequeño regalo que puede marcar la diferencia. Yo sonreí, sintiendo que el paquete de eclairs calmaría la tensión.

La lluvia se intensificó, mientras las secadoras pasaban a la fase de aire caliente, expulsando vapor. Comentamos que a veces basta con un aguanta para seguir adelante.

El programa finalizó, el zumbido cesó y mi corazón latía con más calma que hacía quince minutos. Abrí la puerta de la secadora: el abrigo seguía húmedo en el cuello, pero el tejido gris había cobrado luz.

Diego recogió sus cosas y descubrió que le quedaban dos monedas de cinco euros. Yo, sin pensarlo mucho, lancé un billete de diez euros en la máquina de cambio y dije: las deudas en la lavandería son inversiones de compañerismo. Diego sonrió, activó la secadora y Begoña añadió que invertirá de nuevo en el futuro. La confianza creció más rápido que la ropa en las cestas.

Yo doblé la overol, ahora perfumada a polvo, la colocqué sobre unas camisetas recién lavadas y comenté: La pastelería del barrio abre hasta las diez; llevaré dos eclairs y una botella de leche.

Mientras empacábamos las prendas, Diego sacó unas tijeras pequeñas y recortó un hilo suelto de una manga.
Pedir ayuda es más fácil cuando sabes que no te van a negardijo, y sentí que la tensión acumulada se disipaba.

El pitido de fin de secado rompió el silencio. Begoña guardó sus blusas en una bolsa de lona sin mirar el móvil de inmediato.
Gracias a los dos dijo. No ha pasado nada extraordinario, pero ahora respiro con más profundidad.
Yo respondí citando al psicólogo de la empresa: El apoyo no cuesta nada, pero ahorra energía. Diego asintió, ajustando la correa de la mochila.

Al salir, Diego necesitaba una bolsa extra para las toallas; yo le ofrecí la bolsa desechable que llevaba en el bolsillo del abrigo. Él dudó, pero yo recordé el aviso: No ocupar la máquina más tiempo del ciclo. Esa bolsa era la continuación del ciclo de cuidado.

Salimos bajo el toldo mientras la lluvia menguaba. El aire olía a corteza húmeda y polvo de la calle recién asfaltada. La luz del farol dibujó siluetas que se unían en una línea. Cada uno tomó su camino: yo hacia la pastelería, Diego al parada del tranvía y Begoña a la parada del autobús. No hubo despedidas grandiosas, solo un leve gesto de mano que lo decía todo.

Compré dos eclairs y una botella de leche, y llamé a miAl llegar a casa, sonreí al ver a mi esposa abrir la puerta con los eclairs en la mano y, por primera vez en mucho tiempo, escuchamos el latido tranquilo de un corazón que se había reconciliado.

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Una Noche en la Lavandería
How Could You Leave My Son Without a Meal?