Dos amigas, dos destinos

Querido diario,

Esta mañana he quedado contemplando mi reflejo en el espejo con una mezcla de nostalgia y resignación. Siento que el tiempo me ha dejado marcas: la piel se ha aflojado, el mentón se ha duplicado y las arrugas se dibujan como surcos en la tierra. A mis sesenta y seis años no es cosa ligera, sobre todo después de una vida como la mía. Con un suspiro profundo intento colocar las bigudíes que mi hija me había puesto esta misma madrugada. Son esas pequeñas horquillas que ella, con paciencia de madre, enrolló mientras yo me preparaba para el festejo del pueblo: el quincuagésimo aniversario de la inauguración del Instituto de Educación Secundaria, del que yo fui una de las primeras graduadas.

El colegio está adornado con guirnaldas y banderines, y se espera la visita de la administración de la capital, así como la reunión de los vecinos. Se prometió que llegarían antiguos compañeros, aunque la mayoría ya no está o vive demasiado lejos para venir. El tiempo ha borrado muchas caras.

En el patio, mi perrito Chico ladra sin cesar. Al asomarme por la ventana, descubro una figura femenina al otro lado de la verja. Me pongo la chaqueta de lana que ya tiene años y bajo a recibir a la invitada. Al principio no la reconozco, pero cuando empieza a hablar, me doy cuenta de que es mi antigua amiga del colegio, Gloria.

Me ha llegado la invitación a la celebración y he decidido volver al pueblo. Tal vez sea la última vez que pueda hacerlo. No tengo dónde quedarme; mis hijos ya no están aquí. ¿Me dejas quedarme? me pregunta, con la voz temblorosa.

Claro que sí le respondo, abrazándola. Ambas sollozamos ligeramente, sin saber si la tristeza o la alegría nos domina.

Qué guapa y a la moda estás le digo, admirando su aspecto.

Pues vivía en la capital. Mi marido era director; había que estar a la altura, pero si viviera aquí en el campo, sería como tú. Perdona si te he ofendido se disculpa, mordiéndose ligeramente la lengua.

No te preocupes, no me ofendo. La vista no miente, pareces quince años más joven que yo, aunque somos de la misma edad exhalo, apreciando el contraste.

Al caer la tarde, las mujeres del pueblo, vestidas con sus mejores galas, se dirigen al instituto. Sólo ocho personas han llegado realmente desde la ciudad. Tras el acto solemne, servimos una mesa con caña y vino, y brindamos por el reencuentro, como quien no quiere perder la ocasión. Rememoramos anécdotas, reímos y, al fin, nos despedimos cerca de la medianoche.

Gloria regresa a mi casa; el sueño no nos llama. Conversamos hasta la madrugada. Ella me cuenta su vida en la capital: su esposo, un hombre íntegro, falleció hace tres años. Su única hija vive en Madrid, ha terminado la universidad y se ha casado. Se describen como una pareja childfree, término que pronuncio con cierta extrañeza, pero que ella explica como la decisión consciente de no tener hijos.

Me duele su historia, pero ella se muestra resignada. Su hija apenas la visita, apenas ha podido asistir al funeral de su padre por sus responsabilidades laborales. La madre no está invitada a su casa, pero le envía dinero. Gracias a ese apoyo, Gloria puede permitirse unas semanas en un balneario y vivir sin contar cada céntimo. Su pensión es escasa, pues nunca tuvo los años de cotización; su marido le prohibía trabajar.

¿Y tú? me pregunta, aludiendo a los rumores de mi viudez. Dicen que tu marido, Nicolás, bebía mucho. ¿Y dónde están los niños?

Le respondo que la vida en el campo es dura. Cuando la fábrica forestal cerró, muchos hombres se volvieron borrachos; mi propio marido, aunque siempre sobrio, a veces mostraba una ira terrible. Yo luchaba como pez fuera del agua, criando cerdos y vendiendo los lechones para subsistir. Cuando el alcohol acabó con él, quedó mi cuerpo enfermo y mi espíritu agotado.

Mis hijos están en el pueblo. Mi hija Lucía terminó el instituto y ahora enseña en la escuela primaria; su marido, Alejandro, es el director y también concejal. Luchó para que el colegio no se redujera a solo nueve años de enseñanza, y logró que la administración de Madrid escuchara su petición. Mis dos hijos gemelos sirvieron en el ejército y ahora trabajan en la empresa de energía de Vancora, con buenos salarios. Tengo seis nietos, dos por cada hijo, y les he transmitido la alegría de la vida familiar. En nuestra casa el alcohol solo aparece en las celebraciones especiales.

Al día siguiente acompañé a Gloria hasta la parada del autobús. Le llevé una bolsa con jamón serrano, una pieza de queso curado y un frasco de mermelada de frambuesa. Sentía que, a pesar de mi ropa gruesa y desgastada, mi corazón latía con fuerza al ver a mi amiga, elegante con su parka de plumas y su gorro de piel de visón, sus botas de tacón bajo. Yo, con mi abrigo largo y mis alpargatas, me sentía como una anciana del campo, pero su presencia me daba calor.

El autobús llegó. Nos abrazamos, prometiéndonos llamadas y visitas. Gloria subió con facilidad; yo, con paso pesado, regresé a casa bajo la fría brisa castellana.

P.D. Ambas partimos de orígenes parecidos, pero la vida nos ha llevado por rumbos tan distintos. ¿Será cuestión del azar? ¿De la suerte? ¿Hay fuerzas ocultas que dirigen el destino de nosotras, las mujeres? Quizá nunca lo sabremos, pero aún me pregunto quién de nosotras lleva una vida más feliz.

Hasta la próxima, querido diario.

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Dos amigas, dos destinos
She’ll Handle It