La Profecía de la Abuela

Una familia decidió acoger a una anciana. No a cualquier anciana, sino a una pariente lejana, casi desconocida, ciega y, disculpen la sinceridad, algo despistada. No es por ofender, pero estaba casi perdida en sus propios pensamientos. Un gesto bastante insólito, pero la aceptaron de todas formas.

Vivían en un pueblecito de la sierra, con recursos limitados. Tenían tres hijos y, de uno de ellos, ya dos nietos. Era una familia numerosa, sencilla, un poco brusca y con poca instrucción, pero con buena conciencia. No la llevaron al asilo ni la tiraron a la calle; ella vivía al otro extremo del pueblo, muy alejada, y ya no podía valerse por sí misma. Así que la recibieron bajo su techo.

Le trajeron ropa vieja, la cambiaron por prendas limpias, le pusieron un pañuelo nuevo, como manda la costumbre, le ofrecieron la primera cucharada de comida y la acomodaron en la cama. En la pared colgaron una alfombra con motivos de ciervos, aunque ella no los veía. Y siguió la vida: caldo, gachas, fideos chinos, té con azúcar, ayudarla al baño, cambiarle la ropa cuando hacía falta y escuchar su constante parloteo de anciana, siempre con esa vocecita temblorosa.

Un día, la anciana, que se llamaba María del Carmen Gutiérrez, soltó su típico delirio: «¡Un ladrón se ha metido en el granero!» Corrimos al granero y allí pillamos al vecino ebrio que se llevaba patatas y col. ¡Qué coincidencia!

Pasó el tiempo y volvió a decir: «Que Raimundo no se vaya a la ciudad. El coche se va a estrellar». Los ingenuos del pueblo, confiando en su desvarío, retuvieron al hijo Raimundo y su amigo. El amigo sufrió un accidente fuerte. Raimundo, por suerte, hubiera muerto si se hubiera quedado allí.

Así de cosas. La anciana siguió diciendo tonterías, aunque no recordaba nada, no veía y ni siquiera lograba llevar la cuchara a la boca. Llegó el momento en que empezó a suplicar que le compraran un décimo de lotería. Se sentó en el sofá y mendigó el billete.

El padre de la familia, José, viajó a la capital del comarca y compró el décimo. ¿Qué creéis que pasó? ¡Ganaron una montaña de dinero! Cientos de miles de euros, dijeron sin mucho detalle, como quien habla de una «montaña». Con ese premio compraron a la anciana un nuevo albornoz, galletas de jengibre y muchas cosillas bonitas, incluido un hermoso mantón. ¿Y si no podía ver con los ojos? Pues veía con el corazón, ¿no?

Aunque sigue divagando y olvidando todo, no puede comer sola ni llegar al baño sin ayuda, siempre tiene una sonrisa. La vemos sentada en ese mantón precioso, con su albornoz impecable y el pañuelo arreglado, como una muñeca. Cuenta sus rosarios y, con su voz fina, suelta frases dulces y amables mientras asiente con la cabeza.

Y así, entre risas y algún que otro susto, la familia y la anciana continúan compartiendo su día a día, recordando que, a veces, la sabiduría se cuela por los lugares más inesperados.

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La Profecía de la Abuela
Ein Abend in der Wäscherei