NADA QUE VALGA LA PENA

Hoy has invitado a los Ortega, prepara algo especial o encarga algo, pero nada de lo típico dijo Nuria, atándose un pañuelo de seda al cuello mientras ajustaba el último detalle de su peinado de ejecutiva. Le dio órdenes a su marido, Antonio, sobre la casa.

En la mesa y en el balcón se está acumulando polvo; pronto no veré el portátil comentó, señalando la suciedad. Límpialo.

Antonio salió de la cocina con una toalla colgada del hombro y una taza recién salida del lavavajillas. Llevaba un delantal sobre una camiseta de punto. Se acercó a Nuria para darle un beso en la mejilla, pero ella se alejó, irritada.

¿Tengo que trabajar también en casa? espetó. ¿No basta con el despacho?

Cuando trabajabas en casa al menos te veíamos respondió Antonio con calma.

¡Gracias a Dios que eso se acabó! se jactó Nuria, cruzándose el bolso sobre el hombro. Ordena, lava, aspira, recoge los juguetes, cocina… ¡y que al menos me digas gracias!

Vamos, no hace falta llevar la ropa al río. El lavavajillas se encarga, la aspiradora robot también, y las chicas suspiró Antonio solo están jugando, son niños, ¿no?

Perfecto, si tú lo ves así. En el trabajo aporto más que en casa. Alguien tiene que ganarse el salario, replicó Nuria y salió de la habitación con un golpe de puerta.

Cada mañana Nuria se levantaba a las seis, hacía ejercicio o corría (había empezado a trotar), se duchaba con agua tibia y fría, desayunaba, se maquillaba y se peinaba mientras salía. El tráfico en el centro de Madrid era denso, pero ella salía temprano para evitar retrasos.

Un año antes, Antonio se despertaba a la misma hora, se quedaba en la cama un rato más, y su trabajo estaba a pocos minutos. No había atascos; a las siete o ocho estaba en casa, ayudaba a preparar la cena y a recoger, jugaba con las hijas y, a menudo, les contaba cuentos antes de dormir.

Todo cambió cuando la hija menor, Valentina, cumplió dos años y empezó el jardín de infantes. La mayor, Cayetana, de diez años, ya iba sola a la escuela del barrio y tomaba el tranvía hasta las clases de baile, gracias a la enseñanza de su padre.

Nuria recibió una oferta para volver a la oficina; quería volver a la vida social y se le prometió un rápido ascenso. Aceptó. En tres meses obtuvo el primer aumento, luego otro, y además un horario flexible que le encantó. Pasaba poco tiempo en casa y su marido explicaba la situación a los niños.

Nuria ya no lograba compaginar ser ama de casa, madre y esposa; llegaba cansada y agotada. Antonio y ella hablaron y, sin reproches, decidieron cambiar de papeles: Nuria seguiría trabajando sin preocuparse por las tareas domésticas, y Antonio renunciaría a su puesto para hacerse cargo del hogar.

Con el tiempo encontrarás algo a distancia le animó Nuria al principio, avergonzada de que él tuviera que cocinar, planchar y llevar a las chicas al dentista y a la logopeda. Lo lograrás, lo sé.

Eres una genia la besó Antonio en la coronilla. Así serán nuestros últimos momentos en familia, porque en el trabajo y en casa lo tendrás todo bajo control la elogió.

Antonio se adaptó rápido; los mensajes de Nuria con listas de la compra, horarios de lavandería y recordatorios desaparecieron. Él no se sentía agobiado por las tareas y las niñas no le irritaban como hacía a su madre después de un día largo. En la empresa, Nuria era valorada, sus colegas y jefes confiaban en ella y le asignaban proyectos importantes. El compromiso familiar le permitió prosperar también profesionalmente.

Un viernes, Nuria llegó cansada a casa, la cena se estaba enfriando y sus hijas le preguntaron si los Ortega vendrían. Cuando intentó explicarle a Antonio que había quedado para el fin de semana, él respondió sin escuchar.

¿Qué ocurre? preguntó Nuria, mirando al desorden del salón.

¿No dijiste que era para el fin de semana? replicó Antonio, sin percatarse del tono.

Nuria, harta, le gritó que había mencionado hoy. Antonio, desconcertado, intentó calmarla, pero ella lo acusó de no prestar atención y de que la casa estaba hecha un caos.

Los niños, Cayetana y Valentina, no sabían qué decir; habían jugado con una pelota en el salón y habían tirado la cortina sin querer. Nuria los reprendió delante de Antonio, quien intentó hacer una broma para relajar el ambiente, pero ella lo tachó de sin afeitar, con la camiseta estirada y la mirada perdida.

Antonio, aun con buen humor, les ofreció una sopa y preguntó si estaban cansados. Nuria, irritada, exigió que preparara el té porque no le gustaba la comida picante. Antonio le respondió que lo hiciera ella misma, mientras levantaba a Valentina sobre sus hombros como si fuera una pluma y a Cayetana la sostenía en el aire.

Más tarde, en el baño resonaba el ruido de los niños y el agua corriendo. Después de diez minutos, Antonio volvió a la cocina; Nuria seguía sentada, con el orgullo herido y sin té.

¿Te has calmado? preguntó él. ¿Problemas en el trabajo?

No, allí todo va bien, pero aquí comenzó Nuria.

Antonio se acercó, la miró a los ojos y dijo:

No soy tu asistente ni tu secretaria. Nunca te he criticado por pequeños detalles cuando estabas en casa; todos cometemos errores. No eres una máquina, podemos hacerlo juntos.

Nuria, con la voz temblorosa, replicó que antes combinaba el trabajo en casa con el cuidado de las niñas, pero ahora ellas eran mayores y exigían más. Le recordó que la lavadora, el lavavajillas y los pedidos a domicilio no resolvían todo. Antonio sintió que se le irritaban los labios, pero mantuvo la calma.

¿En qué te has convertido? le espetó, llamándola paria del hogar. Pronto te crecerá la panza.

Nuria, sorprendida, gritó ¡Basta!. Antonio, enfadado, tomó una almohada y salió hacia el salón, diciendo que al día siguiente volvería al trabajo y que ella tendría que contratar a otra ayuda doméstica. La llamó cobarde por rendirse ante los platos sucios.

Nuria se quedó enojada, pero pronto se dio cuenta de que Antonio no podía volver a trabajar de inmediato. Ella se disculpó y aceptó que buscaran a alguien que recogiera a Valentina del jardín y ayudara en casa. Tres meses después, el tono autoritario de Nuria en el hogar se había normalizado; seguía dejando listas de tareas y revisándolas al final del día.

Un día, Antonio le dijo que ella tendría que recoger a Valentina ella misma. Ella protestó, él respondió que tenía planes con amigos. La discusión escaló hasta que Antonio se puso la chaqueta y salió de la casa, diciendo que ya no era su empleado ni su doméstica.

Esa noche, Antonio no volvió a casa. Al día siguiente, Nuria recibió una llamada de la maestra del jardín pidiéndole que recogiera a Valentina, la última que quedaba. Nuria corrió por toda Madrid, enviándole mensajes furiosos a su exmarido, pero sólo obtuvo silencio. Antonio no respondió y tampoco regresó.

Nuria, exhausta, llamó a Antonio exigiendo su regreso.

Volveré a buscar a las chicas los fines de semana, pero no volveré respondió él antes de colgar.

Nuria quedó paralizada, sin comprender cómo su marido podía lanzarse a un divorcio sin más. Las niñas escucharon cómo su madre gritaba al teléfono, llamándolo nada.

Al día siguiente, Cayetana, mientras sacaba su blusa blanca del cesto, preguntó a su madre cómo limpiaba las manchas. Nuria explicó que usaba un quitamanchas de oxígeno, dejándola en agua caliente y después la metía a la lavadora a 40 grados. Cayetana, admirada, le mostró su propio paquete de detergente y comentó que su padre también lo usaba para sus zapatillas blancas.

Con el tiempo, Nuria y Antonio se divorciaron. Ella organizó un calendario de convivencia: Antonio seguiría llevando a Valentina al jardín y a Cayetana a la escuela, mientras ella se concentraba en su carrera. Antonio volvió a su antiguo puesto y, un año después, se casó de nuevo. De vez en cuando recogía a las niñas una semana, y Nuria aceptó la situación sin resentimientos.

Lo que más le molestaba a Nuria era que su exmarido, sin ambiciones, había encontrado rápidamente otro trabajo. Ella, exitosa y atractiva, ya no encontraba pareja duradera; tras varias citas breves, desaparecían sin dejar rastro. Empezó a analizarse a sí misma, preguntándose qué le faltaba.

Al final, comprendió que la verdadera medida del éxito no estaba en los ascensos, los salarios en euros ni el reconocimiento profesional, sino en la capacidad de escuchar, compartir y respetar al otro. Aprendió que una familia no se sostiene con mandatos ni listas, sino con empatía y apoyo mutuo. Cada día es una oportunidad para equilibrar nuestras ambiciones con el cariño, y esa armonía es la que realmente nos hace crecer.

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