¡Mira, vamos a comprarlo después!
¡¡No está el anillo!! gritó Almudena, volteando la habitación como si fuera un torbellino. ¡Mi anillo con esmeralda ha desaparecido!
Almudena estaba en medio del salón, jadeando, rodeada de cajones del aparador abiertos y cajas volteadas al revés. Sus manos temblaban de pánico. Ese anillo era su orgullo: lo había comprado con la primera gran prima que recibió, recuerdo de cómo había escalado en la empresa. Y ahora se había esfumado.
Luis suspiró cansado, separándose del móvil.
Alma, no puede haberse ido a la calle. Lo has dejado en otro sitio. Cuando duermas, lo recordarás.
Lo sé bien replicó Almudena, con la mirada encendida. Lo guardo siempre en la joyería del aparador, nunca en otro. Lo sabes. Yo siempre pongo todo en su sitio.
Luis volvió a mover la cabeza.
Lo encontraremos. No te alteres por cosas sin importancia.
¿Sin importancia? la voz de Almudena se volvió aguda. No es una tontería, Luis, es una pieza valiosa ¡Fue tu hermana, Rocío, la que lo tomó! ¡Exacto! ¡Ya no hay quien lo devuelva!
Luis frunció el ceño, dejó el móvil y la miró con una clara irritación.
Otra vez con lo tuyo. Cristina no haría eso.
¿Sí? Almudena cruzó los brazos sobre el pecho. ¿Y quién más ha estado en nuestro piso los últimos tres meses? ¿Quién husmearía por cada rincón mientras trabajamos? Exijo que Rocío lo devuelva ahora mismo. Vamos ahora mismo a su casa.
Luis se frotó la cara con las palmas. Almudena vio cómo sus hombros se tensaban y sus labios se apretaban en una delgada línea. No quería ese viaje, no quería el escándalo. Pero ella no se iba a rendir.
Alma, ¿no será mejor que no vayamos? Piensa, ¿para qué le sirve a Rocío nuestro anillo?
Porque es bonito y caro. Vamos. Ahora mismo.
Con un suspiro de descontento, Luis cogió las llaves y se pusieron en marcha hacia el pueblo de Alcalá de Henares, a las afueras de la capital. Almudena se acomodó en el asiento del pasajero, el móvil apretado entre los dedos, el corazón a punto de estallar. Cada kilómetro se le hacía una eternidad. Luis guardaba silencio, lanzándole de vez en cuando miradas de reproche silencioso.
Llegaron tras una hora. La casa de los padres de Luis los recibió con un silencio sepulcral. Almudena fue la primera en bajar del coche y se dirigió decidida al porche.
Doña Carmen abrió la puerta y se quedó inmóvil al verlos. Su rostro mostraba una sorpresa absoluta.
¿Luisito? ¿Almudena? ¿Qué ocurre? No os esperábamos.
¿Dónde está Rocío? exigió Almudena sin tomarse la molestia de saludar.
En casa, claro. Acaba de llegar de vosotros dijo Carmen, retrocediendo para dejarlos entrar. Pasad, ¿ha pasado algo?
Almudena cruzó el salón donde estaban sentados Don José y Rocío. Rocío alzó la cabeza al verlas y sus ojos se agrandaron.
Rocío, devuélveme el anillo como corresponde detuvo Almudena en medio de la estancia. Si no lo haces, le pasará algo a todos. No voy a dejarlo pasar.
Se instaló un silencio opresivo. Don José se levantó lentamente de la mesa.
¿Quién te ha dado el permiso de comportarte así en nuestra casa? su voz, grave y amenazadora. ¿Acusas a mi hija de robo?
Solo constato los hechos repuso Almudena, sin ceder, aunque su corazón latía en la garganta. Mi anillo con esmeralda ha desaparecido. Se fue cuando Rocío se marchó. No había nadie más en el piso.
Doña Carmen alzó la voz:
¡Mi hija no podría robar! ¡Estás insultando a toda nuestra familia!
Pues que lo explique. Que me diga dónde está mi anillo. Que se apresure, que mi paciencia se agota.
Luis permanecía inmóvil junto a la puerta, pálido y callado, sin intervenir. Solo cruzaba la mirada de su esposa a su hermana y de vuelta.
Rocío, de repente, sollozó. Su labio inferior tembló, los ojos se llenaron de lágrimas.
Yo yo solo quería probarlo un momento. Es tan bonito. ¿Te da pena, no? Quise probarlo y volverlo a poner pensé que no te darías cuenta…
Almudena quedó paralizada. Esperaba negaciones, furia, quizá un ataque, pero no esa confesión tan cruda, como si ella fuera la culpable.
¿Pena? exhaló, sintiendo cómo una ola de ira subía. ¡Sí, me da pena! ¡ puse mis ahorros de la prima en ese anillo, trabajé tres meses extra! ¡Y tú lo coges sin preguntar! ¡Eso es anormal!
Alma, cálmate intervino finalmente Don José. Estás haciendo una montaña de un grano de arena. Es una chica joven, le gustan las cosas bonitas. Tú ya lo tienes todo. Déjale el anillo a Rocío, que lo lleve y te recuerde. Tú compra otro.
¿De verdad creen que debe ceder su propio regalo, comprado con su esfuerzo, solo porque a su cuñada le ha picado el gusanillo?
Almudena, sé más humana abogó Doña Carmen, acercándose y abrazándola por los hombros. Rocío no lo hizo por maldad, solo admiró tu anillo, soñó con tener uno. Tú lo tienes todo: buen trabajo, marido, piso. Ella apenas comienza. No seas egoísta, no es lo más importante.
Almudena buscó en los ojos de Luis algún atisbo de apoyo, alguna palabra que la defendiera. Luis solo ladeó la cabeza, evitando su mirada.
Reaccionas demasiado, Alma dijo al fin. Es solo un anillo, no el fin del mundo.
Solo un anillo. Su logro, su alegría, su pertenenciaun mero anillo. Almudena permanecía entre esas personas que había llamado familia durante tres años, y de pronto comprendió su error.
Sus manos dejaron de temblar. Dentro, se instaló una calma helada.
Sacó el móvil del bolsillo, marcó tres dígitos y, con la voz fría y serena, se volvió hacia Doña Carmen, acercándole el auricular.
Les doy dos minutos más dijo. O devuelven el anillo o llamo a la policía. Decidan.
¡No lo harás! exclamó Don José, avanzando, el rostro enrojecido.
Veremos repuso Almudena sin flaquear.
Rocío estalló en llanto, aferrándose a su madre. Doña Carmen lanzaba miradas fulminantes a Almudena, pero guardó silencio.
El tiempo corre recordó Almudena.
¡Luis! suplicó Doña Carmen. Dile algo a tu mujer, deténla.
Luis seguía mirando al suelo. Almudena sonrió con amargura y desprecio, y pulsó el botón de la llamada.
¡Basta, basta! chilló Rocío.
Corrió a su habitación y volvió al cabo de un minuto, con una pequeña caja de terciopelo en la mano. La arrojó sobre la mesa frente a Almudena.
¡Toma! ¡Tu precioso anillo! ¡Avara! ¡Tacaña!
Almudena levantó la caja, la abrióel anillo estaba allí, la esmeralda relucía bajo la luz de la lámparala cerró con delicadeza y la guardó en el bolsillo de su chaqueta.
Pensé que eras razonable sollozó Rocío, esparciendo lágrimas por sus mejillas. Pero eres egoísta y malvada.
Almudena se dirigió a la puerta, pero se volvió antes de salir. Su mirada era dura.
Si soy tan mala, ¿por qué he vivido tres meses en vuestro piso? ¿He usado vuestro internet, vuestra agua caliente? Si soy tan mala, ¿por qué me habéis pedido que pagara tus cursos? Explícame.
Rocío frunció el ceño y se dio la vuelta, sin palabras.
Almudena giró la vista a Luis. Él permanecía encorvado, sin alzar la cabeza. Un espectáculo lamentable. Con desdén, Almudena dijo:
No esperaba esto de ti, Luis. Pero, con tu familia, ¿qué más da?
Sacó la mano.
Las llaves del coche.
Luis levantó la vista, frunció el ceño.
¿Qué?
El coche también es mío. Lo compré con mi dinero. Entrégame las llaves.
Alma…
¡Llaves! exclamó, arrancándolas de su puño.
Luis, sin decir nada, metió las llaves en su mano. Almudena las apretó y, al cruzar el umbral por última vez, dijo:
Mañana traeré tus cosas. Y también presentaré el divorcio.
Salió sin esperar respuesta.
Un mes después, el divorcio quedó formalizado. Almudena miró el aparador. La joyería seguía en su lugar. Sobre el cojín de terciopelo brillaba su anillo con esmeralda.
El móvil vibró sobre la mesauna notificación más. Exfamiliares la acusaban de frialdad, de romper la familia, de ser egoísta por no perdonar.
Almudena no respondió. Simplemente añadió el número a la lista negra, como hacía con decenas de contactos.
La vida sin Luis resultó sencilla y ligera. Los problemas de su familia ya no le afectaban. Le importaba poco si Rocío encontraba trabajo o no. No le inquietaba cómo sobreviviría la casa de sus padres durante el invierno.
Almudena ya trazaba planes solo para ella. Quería pasar las fiestas con quienes de verdad la amaran.







