16 de junio
Hoy cumplo dieciséis años y, como si el tiempo se hubiera detenido, sigo atrapada bajo la voluntad férrea de mi padre. Soy Alba, una niña sensible y dubitativa que lleva años batallando con el exceso de peso y con la falta de confianza en sí misma, viviendo en el pequeño pueblo de Valdehuesa, donde la crítica vuela de boca en boca como los pajarillos del rosal.
Mi padre, Don Fernando, hombre severo y de carácter impaciente, solo ve en mí una carga más que una hija. Hace una semana anunció, sin más preámbulo, que debía casarme con Alonso, el herrero del pueblo vecino de Los Arcos, viudo y padre de dos niños pequeños. El simple anuncio hizo que mi mundo se desmoronara en mil pedazos.
¿Por qué yo? sollozé, con la voz quebrada, pero DonFernando permaneció impasible.
Alonso necesita una esposa, y tú tienes tu destino ordenó, sin mirarme.
Yo nunca había visto a Alonso; solo escuchaba los relatos de los aldeanos sobre su vida solitaria entre los Pirineos. La idea de casarme con un desconocido y cuidar a dos niños me resultaba un castigo del que no me podía escapar.
La ceremonia transcurrió como un sueño borroso. Vestida con una sencilla mantilla y con las manos temblorosas, escuché los susurros de los vecinos que me juzgaban sin piedad. Alonso, un hombre corpulento, curtido por el viento y la forja, hablaba poco. En sus ojos asomaba una nobleza que, por mi inseguridad, no supe percibir.
Los niños, Lucía de ocho años y Tomás de cinco, me miraban con desconfianza. Me sentía una extraña en una familia que no había elegido.
La cabaña de piedra en la montaña era fría y aislada del resto del pueblo. Intentaba adaptarme, pero Lucía y Tomás me ignoraban, todavía anhelaban la presencia de su madre. Alonso pasaba gran parte del día cazando o talando leña, dejándome sola con todas las tareas.
La soledad me consumía y mi cuerpo, ya de por sí pesado, hacía que cada obra fuera una carga titánica. En las noches, entre sollozos silenciosos, me preguntaba si mi vida se había reducido a un matrimonio sin amor dentro de una casa que parecía una fortaleza.
Traté de acercarme a los niños. Un día horneé galletas y, temblando, se las ofrecí. Lucía frunció el ceño y dijo:
No eres nuestra madre.
Tomás se escondió detrás de mí. El dolor me apretó el corazón, pero no me rendí. Recordé mi infancia solitaria y decidí armarme de paciencia. Empecé a dejar pequeños obsequios: ramitas talladas, flores del campo, con la esperanza de ganarme su confianza.
Alonso permanecía enigmático, callado, agotado por la melancolía, pero noté la ternura que mostraba a los niños, pese a su carácter áspero. Un día lo vi cargando una pila de leña pesada. Sin decir palabra, tomó la carga de mis manos.
No tienes que hacerlo todo tú sola me contestó brevemente.
Aquellas palabras, dulces y escasas, encendieron una pequeña llama de esperanza en mi interior.
La vida en la montaña era dura. Mi cuerpo dolía al traer agua, lavar los platos y cocinar. No me quejé; observaba a Alonso trabajando sin descanso, y las caras hambrientas de Lucía y Tomás daban sentido a todo.
Una tarde Lucía enfermó, la fiebre subió. Pasé la noche entera cuidándola, aplicándole paños fríos en la frente. Alonso, en silencio, la observaba con una mirada suave. Cuando Lucía se recuperó, me abrazó por primera vez y susurró:
Gracias.
Mi corazón se llenó de calor. Tomás también se acercó más, pidiéndome cuentos antes de dormir. Por primera vez sentí que podía encontrar mi sitio allí, aunque fuera pequeño.
Empecé a ver las montañas con otros ojos: los pinos altos, el aire puro, la tranquilidad. Cada detalle mostraba su propia belleza. Cada día recorría los senderos para despejar la mente. El trabajo físico me agotaba, pero también me fortalecía; la ropa me quedó más suelta y mis pasos más ligeros. Las cumbres que antes me intimaban se convirtieron en refugio.
Alonso comenzó a hablar más. Me contó sobre su esposa fallecida, Sara, quien murió al dar a luz. Yo, con el corazón apretado por el recuerdo, le conté mi propio sufrimiento: la crueldad de mi padre y la lucha contra mi peso. Por primera vez reímos juntos. Comprendí que Alonso no era el hombre frío que temía, sino alguien cargado de su propio dolor.
Los chismes del pueblo llegaron hasta los Pirineos. Me llamaron la novia gorda y a Alonso lo reprendieron. Al escucharlos, una vieja inseguridad volvió a invadirme. Busqué a Alonso, temiendo su enojo, pero él respondió:
No te conocen. Yo veo cuánto trabajas, cuánto cuidas a Lucía y Tomás.
Sus palabras, sencillas pero poderosas, me reconfortaron.
El invierno fue implacable. Una tormenta de nieve azotó la cabaña y las provisiones escasearon. Repartí con cuidado los alimentos, asegurándome de que Lucía y Tomás comieran primero. Alonso notó mi sacrificio y me enseñó a cazar. Mis manos temblaban al sostener el rifle, pero la paciencia de Alonso me tranquilizaba.
Eres más fuerte de lo que crees me dijo.
La relación con los niños se fue consolidando día a día. Lucía ayudaba en la cocina y Tomás nunca se alejaba, llamándome mamá Alba. Cantábamos las canciones que su madre entonaba y la cabaña se llenó de risas. En ese instante supe que estaba formando una familia.
Una noche, mientras observábamos las estrellas, Alonso me susurró:
Has cambiado.
Era verdad. Me había transformado, no solo por fuera, sino también por dentro. Sentía orgullo por lo que había logrado.
Un día un oso se acercó a la cabaña; yo, que antes temía la naturaleza, me quedé al lado de Alonso y lo ahuyentamos juntos. Entonces él tomó mi mano y dijo:
Ahora perteneces a nosotros.
Mi corazón latía rápido, pero no por miedo, sino por la certeza de que me había enamorado.
Cuando mi padre apareció, lo enfrenté con firmeza:
Esto no es tu decisión dije. Este es ahora mi hogar.
Él se marchó sorprendido, y Alonso, que había escuchado todo, asintió respetuosamente. Los niños empezaron a llamarlo papá. Mi transformación era evidente: había perdido peso, no por vergüenza, sino por el trabajo duro y la determinación.
Una noche, junto al fuego, Alonso tomó mi mano y dijo:
No creía que fuera posible, pero me alegra que estés aquí.
Se acercaba la fiesta anual de San Juan del pueblo. Dudaba, pero Alonso insistió en que fuésemos juntos como familia. Ir al lado de Lucía y Tomás me llenaba de orgullo, y las miradas del pueblo mostraban admiración.
Durante la fiesta, Alonso se arrodilló, sacó un sencillo anillo y proclamó:
Alba, gracias a ti volvemos a ser una familia. ¿Quieres quedarte? No por obligación, sino porque lo deseas.
Lloré de emoción y asentí. El aplauso resonó, y Lucía y Tomás me estrecharon con fuerza. Ya no era una decisión impuesta por mi padre; era mi propia elección, y elegí el amor.
Los años pasaron. Cuando mi padre enfermó y pidió perdón, lo perdoné, no por él, sino por mí, para curar viejas heridas. Mi vida en la montaña volvió a florecer. Los aldeanos que antes me despreciaban ahora me llamaban Madre de la Montaña y buscaban mi consejo.
Lucía y Tomás crecieron, y el amor entre Alonso y yo siguió firme. Una tarde, Lucía, ya adolescente, me preguntó por mi pasado. Le conté sobre el miedo, la vergüenza y la transformación.
Eres la persona más fuerte que conozco me dijo.
Al mirar el atardecer junto a Alonso, Lucía y Tomás, sentí una profunda paz. La niña aterrorizada de dieciséis años había desaparecido; allí estaba una mujer que había hallado su propia fuerza. La cruel decisión de mi padre me condujo al amor, a la familia y a mí misma.
Me acerqué a Alonso y susurré:
Eres mi hogar.
Él besó mi frente y, juntos, miramos el futuro, arraigados en esas montañas que se convirtieron en nuestro verdadero hogar.







