Cursos de Confianza

Al comienzo de octubre, María del Carmen García abrió con un crujido la puerta de la aula de la Casa de la Cultura del barrio de Carabanchel. Dentro olía a tiza y a la cal del año anterior. Una lámpara colgaba sola del techo, y en los cristales se formaba una fina capa de condensación. Dejando un manojo de rotuladores de colores sobre el escritorio, se acercó a la pared para echar una mirada al modesto espacio que se había convertido en su segundo hogar por las tardes.

Durante el día impartía literatura en la escuela vespertina, pero tres veces a la semana se quedaba como voluntaria para dar clases gratuitas de español a adultos migrantes. En los tablones de anuncios municipales no aparecían esos cursos: supuestamente el gobierno ofrecía lecciones según cuotas, pero las listas de espera se alargaban meses. Así que gente de Marruecos, Argelia y Rumanía llegaba a su puerta, informada por conocidos o por mensajería.

María del Carmen se plantó frente a la pizarra y recordaba cada nombre: Begoña, que con lentitud pero sin desistir cogía los casos; Antonio, el camionero de mirada brillante; el mayor Pedro, con un diccionario gastado entre las manos. Venían tras largas jornadas en la obra o en la panadería, se reunían a las siete de la tarde, cuando ya se encendían las farolas. Sentía una ligera molestia en la espalda, pero al oír el tímido Buenas tardes, esa fatiga desaparecía al instante.

A cada alumno le entregaba un cuadernillo cosido por ella. El papel lo había regalado la vecina bibliotecaria, porque el presupuesto del proyecto era puro entusiasmo. En la primera página pegaba pequeñas banderas como marcadores: alfabeto, esquema de vocales y consonantes, tabla de verbos de movimiento. María del Carmen explicaba las reglas despacio, usando ejemplos cotidianos: el precio de una fruta en el mercado, la ruta del autobús, el cartel Prohibido fumar. Nos reíamos cuando alguien confundía todavía con ya. Reírse era vital; sin la risa el idioma no se asentaba.

A mediados de octubre las hojas fuera de la ventana se volvieron rojizas. El cielo nocturno se acercaba, y bajo el techo de ladrillo surgía un humo frío. En la segunda clase propuso representar una escena: Comprar billete de tren. Rodrigo, siempre callado, llamó a la cajera señora, y la clase aplaudió su educación. Cada pequeño logro quedaba anotado en una hoja común: cada verbo nuevo recibía una marca con la fecha.

María del Carmen volvía a casa tarde, cuando el tranvía ya estaba vacío. Revisaba los mensajes del chat: Gracias, maestra. He podido explicar al jefe que necesito día libre. Esa frase la alimentaba más que cualquier café.

El curso ganaba impulso y pronto necesitó sillas extra. El conserje, un hombre canoso y gruñón, le entregó diez taburetes plegables. Murmuró que esto es un salón de discotecas rurales, no para que la gente se siente, pero aun así ayudó a cargar el mobiliario. Ella suavizó la incomodidad con una sonrisa y una palabra de agradecimiento.

A finales de octubre la portera dejó sobre su escritorio una hoja arrugadita: Basta de estos gusanitos. Da pena pasar por aquí por la noche. La escritura era de bolígrafo aplastado. La apretó, pero no la rompió. Pensó que, si alguien se tomaba la molestia de escribir eso, era señal de que el descontento estaba arraigado.

Esa misma tarde, tras la lección, un grupo de adolescentes se quedó en la entrada. Uno lanzó una botella de plástico a los escalones y gritó: ¿Por qué dejan a nuestras madres sin trabajo y tú les das clases gratis?. La voz temblaba; se veía que no se atrevía a acercarse más. María del Carmen respondió tranquilamente que cada uno busca la oportunidad de hablar español para trabajar honestamente. Pasó de largo, manteniendo la espalda recta, pero un nudo frío quedó en el estómago.

Desde noviembre el escarcha se mantenía en los céspedes hasta el mediodía. En el aula empezó a hacer más frío y ella trajo un calefactor portátil. Los alumnos llegaban con termos de té verde caliente. Al comenzar la clase colocaban las tazas, ofreciéndole la primera ración. El calor de la taza calentaba las manos y la conversación.

En la cuarta semana apareció un agente de la guardia civil durante el recreo, cuando los alumnos repetían ayer hoy mañana. De pie en el umbral, preguntó con dureza: ¿Con qué autoridad se reúnen aquí?. María del Carmen entregó el contrato de alquiler pagado de su propio bolsillo. El agente revisó el sello, bufó y se marchó, pero el aire se volvió más denso.

Tras esa visita, la portera empezó a revisar con minuciosidad los datos de pasaporte de quien entraba. Los hombres se quedaban incómodos en la entrada, llegando tarde a la clase. El ritmo se descoló y la tensión se notó en los gestos. Ella intentó bromear, introduciendo trabalenguas, pero la tensión se escondía tras sonrisas forzadas.

Mientras tanto, los alumnos compartían sus vivencias. Begoña contó que, al ser contratada como vendedora, le obligaron a pagar un curso preparatorio y una semana después la despidieron. Antonio relató que al alquiler de su puesto en el mercado le subieron la cuota porque no era local. Esas historias le hacían apretar el rotulador hasta que los dedos se pálidaban. El idioma era solo una franja de la lucha, pero les daba voz.

Las primeras heladas cubrían los charcos con una fina costra. El viento nocturno silbaba entre las ramas desnudas del patio de la Casa. María del Carmen colgó en el tablón un nuevo horario de clases. Al fijarlo con chinchetas, vio a lo lejos a una mujer que hablaba a gritos por teléfono: ¿Qué han olvidado? ¿A dónde mira la administración?. Se dio cuenta de que hablaban de ella.

Con cada lección aparecían señales de rechazo. En el alféizar hallaron un huevo roto y esparcido sobre el marco blanco. El guardia nocturno comentó: No se respira aquí con tanto condimento. Ella lo llamó a la planta, le explicó calmadamente que la gente gastaba su último euro para aprender la lengua del país donde trabajaban. Él arrojó la mirada, pero a la mañana siguiente volvió a observar.

A pesar del murmullo, el grupo crecía. Dos hermanos, carpinteros, trajeron a una amiga costurera. María del Carmen juntó los taburetes, movió la mesa contra la pared y dejóAsí, con la comunidad respaldándola, la profesora María del Carmen supo que el futuro de sus alumnos estaba garantizado.

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