Dos niñas que alguna vez fueron amigas — una amistad infantil común, sincera, cálida y sin condiciones. Jugaban juntas después de la escuela, compartían secretos, sueños y risas. Pero con el paso del tiempo, se dieron cuenta de algo importante: incluso en familias similares, el amor puede manifestarse de maneras muy distintas.

Recuerdo que, en los años de la infancia, Almudena y Begoña fueron inseparables, una amistad tan pura y cálida como el sol de la plaza mayor de un pueblo. Tras la escuela se reunían en la calle de la Luna, compartían secretos, sueños y carcajadas, sin ataduras ni artificios. Con el paso del tiempo, sin embargo, se hizo evidente que, aun en familias parecidas, el amor puede tomar rostros muy distintos.

Sus madres, Dolores y Carmen, eran como dos recetas diferentes de la misma paella. Dolores, madre de Almudena, vivía únicamente para sus hijos. Trabajaba sin pausa, apenas dormía, y siempre se apresuraba, atendiendo a todos menos a sí misma. Cuando salía a comprar algo dulce para la merienda, nunca se guardaba ni una miga; todo era para los niños. Si alguien le pedía ayuda, ella no decía que no, aun cuando sus piernas temblaban de cansancio. Su mantra era, siempre, Lo esencial es que los niños estén bien. Yo, después. No me necesito.

Carmen, madre de Begoña, también trabajaba y amaba a sus hijos, pero lo hacía con otra calma, con la sabiduría de quien ha aprendido a escuchar el propio latido. Al volver del trabajo no corría a la cocina; antes de encender la leña, ponía una tetera, se sentaba junto a la ventana y decía: Niños, un momento para mí, necesito estar conmigo. Ponía un rádi de fondo, partía una barra de chocolate en dos y, con voz suave, invitaba: Vamos a tomar un té. No necesitáis una madre agotada, sino una madre tranquila y feliz.

Al principio, Begoña no comprendía aquella actitud. Le parecía que el amor verdadero era el sacrificio total, el olvido de uno mismo por los hijos, tal como le habían enseñado desde pequeña: la madre es sinónimo de entrega.

Pasaron los años. Las niñas crecieron y la vida las llevó a distintas ciudades: Almudena a Madrid y Begoña a Granada. Los recuerdos de aquellas tardes quedaron grabados como una canción que se repite en el viento. Con el tiempo se hizo patente la distinta suerte de sus madres.

Dolores, consumida por la tensión perpetua, se quemó en el fuego de la sobrecarga, sintiendo que su existencia pertenecía a todos menos a ella. Apenas encontraba un respiro para sí, ni para el ocio, ni siquiera para la salud.

Carmen, en cambio, aprendió a cuidarse. Conservó fuerzas para reír, para viajar por la costa andaluza, para contemplar los amaneceres sobre la sierra, para mimar a sus nietos, para hornear bizcochos y, después de los sesenta, decir con serenidad: Estoy bien, porque soy feliz. Y mis hijos lo perciben. Cada vez que le preguntaban el secreto, respondía sin rodeos: Una madre feliz es el mejor regalo para los hijos.

A menudo confundimos el amor con el agotamiento. Pensamos que el deber de una madre es siempre después de ella, que entregarlo todo equivale a ser buena madre. Pero no es así. El amor también incluye cuidarse a uno mismo. Sólo una madre serena, descansada y sonriente puede ofrecer a sus hijos un calor auténtico, que no quema sino que abriga.

Cuando la madre se olvida de sí, el mundo a su alrededor pierde luz. Cuando encuentra tiempo para sí, el hogar se llena de calma, risas, aroma a té y chocolate. Entonces los niños aprenden lo esencial: amarse a sí mismos, no avergonzarse del descanso y vivir en armonía.

Por eso, os invito a que os cuidéis. Bebed el té despacio, saboreando cada sorbo. Reíd sin razón. Comprad una tableta de chocolate también para vosotras. No esperéis a que alguien os dé permiso para descansar.

Porque la familia comienza con la madre,
y la madre comienza con la felicidad.

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Dos niñas que alguna vez fueron amigas — una amistad infantil común, sincera, cálida y sin condiciones. Jugaban juntas después de la escuela, compartían secretos, sueños y risas. Pero con el paso del tiempo, se dieron cuenta de algo importante: incluso en familias similares, el amor puede manifestarse de maneras muy distintas.
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