Hemos comprado una casa en el pueblo.

Compramos una casa en un pueblito de la provincia de León. La vendieron una pareja joven, que nos dijo que la abuela había fallecido y que la casa de campo ya no servía a sus padres. Desde que la anciana se murió, nadie volvió a entrar allí; sólo aparecían los compradores.

¿Van a llevarse alguna cosa? pregunté.

¿Para qué? No hay nada más que trastos. Nos quedamos con los iconos; el resto pueden tirarlo respondieron con indiferencia.

El marido miró las paredes donde antes brillaban los rectángulos donde colgaban los iconos.

¿Y las fotografías? preguntó en voz baja. ¿Por qué no las han tomado?

De los muros se asomaban rostros: hombres, mujeres y niños, toda una familia, varias generaciones. Antes la gente no decoraba el hogar con papel pintado, sino con recuerdos.

Recordé a mi abuela, Doña Rosario, que siempre sacaba una foto nueva para enmarcar: la mía o la de mi hermana, la única que se llamaba Almudena, un nombre que apenas se usa fuera de España.

Me levanto por la mañana decía ella, inclino la cabeza ante mis padres, besó a mi padre, sonrío a mis hijos, les guiño el ojo y el día ya está empezado.

Cuando ella murió colgamos su retrato junto al de mi abuelo, Don Antonio. Ahora, cada vez que llegamos al pueblo que ya llamamos casa de campo al amanecer le mandamos un beso al aire a la abuela. Parece que la casa se llena de aroma a empanada y leche caliente, y sentimos su presencia.

Nunca llegamos a ver al abuelo; cayó en la guerra. Pero su foto está en el centro del salón, y la abuela hablaba mucho de él. Lo mirábamos y, como si estuviera sentado a la mesa con nosotros, sentíamos su juventud mientras ella envejecía. Ahora sus retratos cuelgan juntos.

Para mí esas fotos descoloridas son un tesoro sin precio. Si tuviera que elegir qué llevarme, me quedaría con ellas. Ellos llamaron a todo trastos. Cada uno valora a su modo, pero no todos comprenden lo que realmente tiene valor.

Después de la compra nos pusimos a limpiar. Y, la verdad, ni se nos ocurrió tirar las cosas de aquella mujer. Sentíamos que ella había vivido para sus hijos y nietos, y ellos la habían olvidado.

¿De dónde lo sé? Porque ella les escribía cartas. Al principio las enviaba sin recibir respuesta; luego dejó de escribir. En el armario hallamos tres pilas ordenadas de cartas sin enviar, atadas con cinta, llenas de ternura. Las leímos.

Fue entonces cuando comprendí por qué no las mandó. Temía que se perdieran y confiaba en que, después de su muerte, sus hijos las encontrarían y leerían. En esas cartas estaba su vida entera: infancia, guerra, historia familiar, memoria de generaciones. Escribía para que el recuerdo no se apagara.

Lloré.

Llevemos estas cartas a sus hijos le dije a mi marido. No se pueden desechar.

¿Crees que son mejores que los nietos? replicó, amargado. Nunca han aparecido.

Quizá estén enfermos, viejos

Los llamaré.

Conociendo a gente del pueblo conseguimos su número. Al otro lado, una voz femenina y animada respondió:

¡Pues tiradlo todo! Nos enviaba esas cartas por paquetes. Ya ni las leemos. Lo hacía porque no tenía nada que hacer, ¡y lo inventaba!

Mi marido ni siquiera escuchó el final y colgó el auricular.

Si estuviera aquí ahora no sé qué diría de la ira murmuró. Luego miró a los ojos y añadió: Tú escribes, ¿no? Escríbeme algo sobre ella, para que no desaparezca.

¿Y si la familia se indigna?

Esas personas no leen libros suspiró. Pero yo lo formalizaré todo.

Así lo hice, pedí permiso por escrito y lo recibí. Mientras tanto, bajé al sótano de la vieja casa. En esas mazmorras había una frescura que olía a tierra y a tiempo.

En las estanterías había frascos de mermelada y conservas, cada uno con una etiqueta amarillenta:

«Setas de Vanesa sus favoritas», «Limoncillos de Sonia chanterelles», «Pepinillos para Antonio», «Frambuesas para Alejandro»

Vanesa había muerto diez años atrás. Sonia y Antonio también.

P.D. Doña Rosa tenía seis hijos; todos fallecieron antes que ella, salvo su hija menor, la que llamó todo trastos. La madre esperó, etiquetó los frascos con amor. Los últimos conservas de setas datan del año pasado; ella tiene noventa y tres años.

Al final, comprendí que el verdadero valor no reside en los objetos, sino en los recuerdos y el amor que se transmiten de generación en generación. Esa es la lección que debemos llevar siempre con nosotros.

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Hemos comprado una casa en el pueblo.
Delivering a Baby as Soon as Possible,» Croaked Granny Mabel, Swinging Her Legs Off the Bed.