Hoy me han vuelto a lanzar la misma frase, con esa sonrisa que casi no se nota y con ese tono que mezcla condescendencia y desprecio: Tú solo lavas a los demás. No es la primera vez, y seguro que no será la última.
Antes me quedaba callada, apartaba la mirada porque no veía sentido en discutir. Pero esta vez he decidido responder.
Sí, lavo. Pero los que sueltan esa palabra con burla solo rascan la superficie. No entienden lo que hay detrás, porque mi trabajo va mucho más allá de lavar.
Me acerco a la vejez con ternura, con esa delicadeza que se necesita cuando sostienes algo frágil e indefenso. Alimentó a quien ya no puede coger la cuchara. Despeino el pelo, recorto las uñas, ayudo a vestirse. A veces simplemente me quedo allí, en silencio, cuando el dolor no es físico sino del alma. Escucho historias que ya a nadie le interesan, pero para ellos son todo un universo, recuerdos que calientan los últimos años.
Cuido a quienes antes levantaban a los demás, criaban niños, construían, curaban, enseñaban y ahora son ellos los que necesitan apoyo. En esos actos cotidianos no hay humillación, sino grandeza. No es debilidad, es dignidad.
No es trabajo sucio. Es humanidad. Paciencia, amor, la capacidad de seguir siendo persona cuando los demás voltean la mirada. Porque cuando alguien está indefenso, depende de otro para todo, sólo entonces se prueba la verdadera bondad.
Y cuando alguien lo dice con desdén, pienso: aún no han estado en el sitio de quien necesita ayuda. Creen que la fuerza está en el dinero, en la carrera, en el título. Pero no. La fuerza real es permanecer al lado de la fragilidad ajena, sin alejarse, sin despreciar, sin menospreciar.
No podría seguir en un empleo donde haya que fingir, adular o engañar por beneficio. Sin embargo, esos mismos trabajos a veces reciben respeto, mientras el nuestro se menosprecia, como si estuviéramos por debajo.
Sé que no es así. En nuestro silencio hay dignidad. En nuestras manos hay calor que devuelve a la gente la sensación de valerse por sí mismos. En nuestro quehacer late un corazón que nunca se cansa de compadecer.
Llegará el día en que los que nos menosprecian no puedan levantarse solos. Quizá entonces comprendan: mi trabajo no es lavar cuerpos. Es devolver humanidad, un toque que cura, un calor que recuerda: sigues viva, eres importante, no te han olvidado.
Sí, cuido a los demás, pero lo hago con respeto, ternura y orgullo. Porque, quién sabe, tal vez algún día sea yo la que necesite ese cuidado. O ellos. Y entonces, espero, haya alguien a mi lado que haga lo mismo, con amor, sin desprecio, sin miedo, simplemente como personas.







