La Profecía de la Abuela

Una familia acogió a una anciana casi desconocida, una pariente lejana y casi extraña, ciega y con la mente desvanecida. No es un insulto, pero estaba casi fuera de sí. Fue un acto casi fantástico, y sin embargo la aceptaron.

Vivían en un pueblo de la sierra, sencillo y humilde. Eran pobres, tenían tres hijos y, de uno de ellos, ya dos nietos. La familia era numerosa, rústica, algo brusca y con escasa instrucción, pero de buen corazón. No la llevaron al asilo ni la visitaban sólo de noche; la anciana vivía al otro extremo del pueblo, muy alejada, y ya no podía valerse por sí misma. Así que la tomaron.

Le trajeron sus harapientos ropajes, la vistieron con ropa limpia, le pusieron un pañuelo blanco como corresponde, le dieron de comer con cuchara y la sentaron en la cama. En la pared colgaron una alfombra con ciervos, aunque ella no los veía. Aprendieron a vivir con ella, comiendo sopa, gachas, fideos chinos y tomando té con azúcar. La llevaban al baño, la cambiaban cuando hacía falta y escuchaban su balbuceo: siempre hablaba con una voz delgadita y temblorosa.

Una noche la anciana, Doña Florencia Miró, soltó una frase incoherente: «¡Un ladrón se ha colado en el granero!». Fueron al granero y allí encontraron al vecino ebrio intentando robar patatas y col. Qué coincidencia, pensé.

Más tarde volvió a decir: «Que Rinardo no vaya a la ciudad, que su coche se estrellará». Los ingenuos del pueblo, confiados, no dejaron que el hijo de la familia, Rinardo, partiera con su amigo. El amigo se estrelló gravemente. Rinardo habría muerto si hubiese estado en el asiento del copiloto.

Así siguió la anciana, diciendo cosas sin sentido, sin recordar, sin ver, sin poder llevar la cuchara a los labios. Empezó a suplicar que le compraran un billete de lotería. El padre, Don Alejandro, viajó al gran pueblo y lo compró. ¿Qué ocurrió? Ganaron una fortuna: trescientos, cuatrocientos o incluso quinientos euros, según contaron con vaguedad. La gente sencilla hablaba de la montaña de dinero sin precisar cifras.

Compraron a la anciana un nuevo albornoz, dulces, y un bonito edredón. No importaba que no viera; ella percibía de otra forma. Todo era bonito y la querían.

Aunque seguía delirando, olvidando y sin poder comer sola ni ir al baño, sonreía siempre. Sentada sobre el precioso edredón, con su albornoz limpio y un pañuelo festivo, parecía una muñeca. Pasaba las cuentas del rosario y murmuraba en su voz fina palabras amables, balanceando la cabeza al ritmo de un sueño que nunca terminaba.

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