Un Paso Hacia Adelante

Un paso al frente

Irene Martínez se levantó de madrugada, cuando en la habitación aún temblaba la tenue luz gris del alba. En la cocina encendió la tetera y asomó la vista al patio: en el albaricoquero de la entrada los primeros brotes ya mostraban manchas amarillas, y sobre el asfalto flotaba una neblina azulada.

Hace medio año, tras la cena, ella y su marido decidieron acogerse como familia de acogida. De entre varias solicitudes les llamó la atención un muchacho alto, de ojos azules y cautelosos. «Los niños se adoptan más rápido, y él tiene quince; las posibilidades casi no existen», había dicho entonces Sergio García. La comisión médica, las entrevistas y el curso para padres adoptivos ocuparon meses, y cada instancia repetía: «No esperéis milagros, la ayuda vendrá, pero habrá obstáculos».

Sergio tiene cuarenta y ocho años. Trabaja de ingeniero en el taller de locomotoras, en turnos rotativos. Irene es metodista en un instituto cercano. A las seis de la tarde suele estar libre. Llevaban una vida ordenada: trabajo, paseos dominicales, cine con descuento. Esa rutina, tan bien establecida, de pronto se volvió incierta. «Ahora o nunca», afirmó Sergio al firmar el último informe.

A finales de agosto los cónyuges llegaron al albergue infantil. En la sala de visitas se percibía olor a desinfectante y a gachas frías. El chico estaba sentado en el alféizar, balanceando la pierna dentro de una zapatilla gastada, y respondía con monosílabos. Cuando se bromeó sobre los walkmans, solo encogió los hombros. En el regreso, Sergio apretó la mano de Irene; las palabras se les escaparon.

En casa prepararon una habitación para Daniel: pintaron las paredes de azul grisáceo, colocaron un escritorio, una cama nueva y una pequeña bocina regalo «para la música». Sobre la mesa dejaron un cuaderno limpio y una pluma.

El camión del albergue llegó al edificio justo al mediodía. El conductor descargó dos bolsas y una mochila raída. Daniel entró al pasillo sin preguntas, dejó las bolsas junto a la pared y abrazó la mochila contra el pecho. «Esto ahora es tuyo», susurró Irene. Él asintió, sin palabras.

Durante el almuerzo sopa y albóndigas de pollo el joven comía rápido, sin mirarla a los ojos. Sergio le habló de la escuela a la que ya se había traspasado, Irene de la ayuda regional: «Este es tu dinero, lo gastaremos juntos». Él sólo respondió con un murmullo: «¿Sin regla el primero de septiembre?» «Necesario», contestó ella suavemente.

Las lluvias de principios de septiembre trajeron humedad. Una semana después comenzaron los roces. Daniel volvía tarde: «Salí con los colegas». Una vez olvidó la llave y a Irene le tocó esperar en la puerta, perdiéndose el consejo pedagógico. Sergio propuso montar juntos un ordenador para el club escolar, pero el adolescente se aferraba al móvil.

La noche antes del fin de semana desapareció una caja de caramelos. Irene preguntó con cautela qué había sucedido. «Comprad otra», lanzó Daniel y se encerró en su habitación, cerrando la puerta con estrépito. Sergio le recordó con irritación el respeto mutuo, pero sus palabras se perdieron en el vacío.

En la escuela la situación empeoraba. La directora llamaba casi a diario a Irene: retrasos, discusiones en clase. Daniel ocultaba el cuaderno bajo el colchón y contestaba que «no estaba obligado a obedecer normas tontas». Los documentos oficiales de la tutela no servían de mucho cuando, tras la puerta, el cansado adolescente escuchaba música con auriculares.

A mediados de septiembre la vivienda se volvió fresca. Los radiadores prometían encenderse después del quince. Sergio ponía a hervir la tetera, Irene se arropaba con un suéter viejo, Daniel se quedaba bajo la lámpara de escritorio, con la puerta cerrada. Cada uno sentía el frío a su modo.

El sábado al amanecer, un golpeteo sordo despertó a Irene. En la habitación de Daniel había una mochila abierta, la ropa tirada por todas partes. El chico, descalzo, rebuscaba en el bolsillo lateral. «Busco el cargador», dijo sin mirarla. Una hora después Irene descubrió que faltaban dos mil euros de la monedero que guardaba en la repisa.

Los padres llamaron a Daniel para conversar. «¿Has visto el dinero?», preguntó Sergio. «No». Irene intentó suavizar: «Si lo tomaste, dilo, lo resolvemos juntos». Él se quedó callado, cruzó los brazos sobre el pecho. Entonces Sergio, con dureza, afirmó: «En nuestra casa no se toman cosas ajenas». «¡Este no es mi hogar! Jugáis a ser buenos y luego todo se vuelve a la mierda», explotó Daniel.

Corrió a la puerta y se lanzó al patio del edificio. Sergio lo alcanzó, le sujetó la manga. El viento entraba por una ventana entreabierta, helado. «Devuelve el dinero y hablemos», le dijo. «No lo tomé». El muchacho se retorció y, de su bolsillo, cayeron los billetes. Sergio se dio un paso atrás, comprendiendo su brusquedad, mientras Irene, en la entrada, sentía el corrido gélido y el temor a perder aquello que había construido.

Daniel levantó los euros y los entregó tembloroso. «Aún así no me creeréis», susurró. En ese instante Irene decidió que la charla debía ocurrir allí mismo. Con un gesto los invitó a entrar.

El aire quedó quieto cuando la puerta se cerró. Irene, todavía apretando los billetes, se dirigió a la cocina y los dejó sobre el borde de la mesa. «Sentaditos», pidió. Sergio y Daniel se sentaron en los taburetes; la tensión flotaba, pero ahora la compartían los tres.

Irene sirvió té caliente. El vapor cálido se elevó sobre las tazas, como marcando el inicio de una nueva escena. «Estamos aquí porque te elegimos conscientemente», comenzó, esforzándose por hablar con claridad. «Todos cometemos errores, pero huir no es solución».

Sergio asintió en silencio. «Temía que decidieras que no te importábamos. Lo que realmente da miedo es perderte antes de que todo empiece».

Daniel apartó la mirada, giró la cordilla de la mochila y exhaló: «Quise mostrar a los colegas que tenía dinero. Pensé que así me aceptarían. Ahora entiendo que me equivoqué».

Irene escuchó en su voz no descaro, sino desconcierto. Le tendió los billetes: «Los tomaremos como base de tus gastos. Cada gasto lo debatiremos juntos. ¿De acuerdo?». Por primera vez, el adolescente la miró directamente a los ojos y asintió.

Hablaron largo rato: de la escuela, de que las normas son una red de seguridad, no una trampa; de que en la tutela hay un psicólogo al que podemos acudir los tres. Sergio propuso comenzar con algo sencillo: elaborar juntos un calendario de tareas y dedicar una tarde a la semana sin teléfonos. Daniel no objetó, sólo preguntó si a veces podía invitar a casa a sus nuevos amigos. La respuesta fue corta: «Sí, pero presentadlos antes».

Al anochecer el viento se calmó, y en el patio giraban perezosamente unas pocas hojas. Irene subió al balcón y sintió por primera vez el calor de los radiadores, que había llegado antes de lo prometido. Sonrió y volvió a la cocina, donde Sergio anotaba los gastos y Daniel marcaba en el cuaderno: «Fin de semana excursión a la casa de campo».

El domingo salieron los tres fuera de la ciudad. El aire fresco llevaba perfume de pino, y el zumbido de los coches se escuchaba por la carretera. Sergio le enseñó a Daniel a reparar la vieja valla, Irene preparó bocadillos sobre la mesa del coche. No ocurrió nada heroico, pero al volver, Irene notó en el asiento trasero la mochila de Daniel, con la cremallera bien cerrada.

Ya entrada la noche, en casa, Daniel dejó las llaves en la repisa del hall y dijo en voz baja: « Mañana llegaré directamente de la escuela. Tengo que cumplir el calendario». Esas simples palabras sonaron más importantes que cualquier promesa. Irene sintió cómo se ampliaba el espacio dentro de ella para un futuro donde los errores se podían reparar juntos.

Desde la ventana, la luz de una farola arrancaba del oscuro los últimos árboles amarillos. Septiembre llegaba a su fin. Quedaban aún muchas charlas, informes escolares y visitas al psicólogo, pero el primer paso ya se había dado y se había dado todos juntos.

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