Querido diario,
2octubre. Hoy he abierto la puerta rechinante del salón de la Casa de la Cultura del barrio de SanJuan, en la provincia de Ávila. El aire olía a tiza y a yeso del año pasado; una lámpara colgaba solitaria del techo y en los cristales se veía la condensación que formaba una fina película plateada. Sobre la mesa del profesor dejé un manojo de rotuladores multicolores y me acerqué a la pared para observar ese pequeño espacio que, cada tarde, se ha convertido en mi segundo hogar.
De día imparto literatura en la escuela nocturna, pero tres veces por semana ofrezco, de forma voluntaria, cursos gratuitos de castellano para adultos inmigrantes. En los tablones de anuncios municipales no aparece nada; las clases oficiales se citan por cupos, y las listas de espera se alargan varios meses. Por eso vienen personas de Marruecos, de Rumanía y de Bolivia, informadas por amistades o por mensajería instantánea.
Frente al pizarrón voy recordando cada nombre: **Cruz**, cuya gramática de casos avanza despacio pero sin pausa; **Nazario**, el camionero de mirada brillante; el anciano **Dílber**, con un diccionario gastado entre las manos. Llegan después de largas jornadas en la construcción o en la panadería, reunidos a las siete de la tarde, cuando ya se encienden las farolas del barrio. Siento una ligera fatiga en la espalda, pero basta el primer tímido «Buenas noches» para que el cansancio se disipara.
A cada alumno le entregué un cuaderno cosido por mí. El papel lo donó la bibliotecaria vecina, consciente de que el presupuesto del curso no supera al entusiasmo. En la primera página, pegados con etiquetas, había el alfabeto, la tabla de vocales y consonantes, y una lista de verbos de movimiento. Explicaba la normativa con lentitud, usando ejemplos cotidianos: el precio en la tienda, la ruta del autobús, el letrero «Prohibido fumar». Nos reíamos cuando alguien confundía «todavía» con «ya». La risa era esencial; sin ella el idioma no se asentaba en el oído.
A mediados de octubre las hojas fuera de la ventana se tornaron rojizas. El cielo vespertino descendía bajo el tejado de ladrillos rojos y el humo frio se elevaba del patio. En la segunda sesión propuse representar la escena «Compramos billete de tren». **Rúben**, siempre reservado, llamó a la cajera «señora», y la clase aplaudió su cortesía. Cada pequeño logro se anotaba en una hoja común: cada verbo nuevo recibía una marca de verificación con la fecha.
Regresé a casa tarde, cuando el tranvía ya estaba casi vacío. En el móvil revisaba los mensajes del grupo: «Gracias, profesor. He podido explicar al capataz que necesito el día libre». Esas frases me daban más energía que cualquier café.
El curso ganó impulso y pronto necesité más sillas. El responsable de la Casa de la Cultura, un hombre corpulento y canoso, me entregó diez taburetes plegables. Murmuró que «esto es una sala de fiestas rurales, no para que se sienten extraños», pero aun así ayudó a transportar el mobiliario. Respondí con una sonrisa y agradecimiento; su gruñido se quedó como un susurro.
Sin embargo, al final de octubre la conserje dejó sobre mi escritorio un papel arrugado: «Basta de traer a estos gitanos. Es penoso pasar por aquí al anochecer». La letra estaba hecha con una bolígrafo barato y aplastado. Lo apreté sin romperlo, pensando que quien escribe esas palabras lleva tiempo gestándose el descontentimiento.
Esa misma noche, al terminar la lección, un grupo de adolescentes se quedó en la entrada. Uno lanzó una botella de plástico al escalón y gritó: «¿Por qué dejan a nuestras madres sin trabajo y tú les das clases gratuitas?». Su voz temblaba, y se notaba que no se atrevía a acercarse más. Respondí con calma que cada uno busca la oportunidad de hablar castellano para trabajar con dignidad. Pasé sin perder la postura, pero un nudo frío se alojó en mi estómago.
Desde noviembre, el escarcha se mantenía en los céspedes hasta el mediodía. El aula se volvió más fría y llevé un calefactor portátil de casa. Los alumnos trajeron termos con té verde caliente. Al iniciar la clase, distribuían las tazas, entregándome la primera por cortesía. El calor de la taza calentaba sus manos y la conversación.
En la cuarta semana, el oficial de la guardia civil se presentó durante la pausa, cuando los alumnos repetían «ayer hoy mañana». De pie en el umbral, preguntó con voz severa: «¿En qué se basan para reunirse aquí?». Yo le entregué el contrato de alquiler del salón, pagado de mi propio bolsillo. Lo revisó, bufó y se fue, pero el ambiente se volvió más denso.
Tras esa visita, la conserje empezó a revisar minuciosamente los datos de pasaporte de los que entraban. Los hombres se quedaban tímidos en la puerta, retrasándose en el inicio de la clase. El ritmo se descoló y surgió una tensión bajo las sonrisas. Intenté aligerar el ambiente con juegos de trabalenguas, pero la incomodidad permanecía.
Los alumnos compartían sus historias. **Cruz** se quejaba de que al ser empleada de una tienda le obligaron a pagar un «curso preparatorio» y una semana después la despidieron. A **Nazario** le subieron la cuota del puesto en el mercado porque «no era local». Esas confesiones me hacían apretar tanto el rotulador que mis dedos se blanqueaban. El idioma era solo una de las trincheras, pero les daba voz.
Las primeras heladas cubrían los charcos con una fina película. El viento nocturno, atravesando el estrecho patio de la Casa de la Cultura, silbaba entre las ramas desnudas. Salí a colgar en el tablón de anuncios el nuevo horario. Al fijar el papel, vi a lo lejos a una mujer que hablaba por teléfono a gritos. Se distinguían sus palabras: «qué han hecho», «a dónde mira la administración». Comprendí que hablaban de mí.
Con cada lección aparecían nuevas señales de rechazo. En la repisa encontré un huevo roto y esparcido sobre el marco blanco. Un guardia, al ver el aula, comentó: «No se puede respirar aquí con tanto especiario». Lo llamé al pasillo y le expliqué que la gente gastaba el último euro para aprender el idioma del país donde trabajaban. Él apartó la mirada, pero al día siguiente volvió a lanzar miradas furtivas.
A pesar del murmullo de descontento, el grupo crecía. Llegaron dos hermanos instaladores y una costurera amiga. Apreté los taburetes, moví la mesa contra la pared y dejé más espacio para el círculo. Introduje debates de actualidad, escogiendo notas breves sin tintes políticos, explicando vocabulario desconocido. Los alumnos aprendían a discutir en castellano manteniendo el respeto. Veía cómo se enderezaban sus hombros al encontrar la palabra adecuada.
A principios de diciembre, en la noche más oscura, la nieve quedó suspendida en el aire como diminutos copos. Minutes antes de comenzar, llevaba nuevas fichas al pizarrón cuando la puerta principal se cerró de golpe. Un estruendo subió por las escaleras. Cuatro hombres irrumpieron: dos con chaquetas de trabajo, dos con parkas gruesas. Sus rostros estaban rojos por el frío y la ira.
¡Ya basta de este desorden! gritó el más alto, lanzándose al primer pupitre y volteando la silla. ¡Nuestra Casa de la Cultura, nuestros impuestos! ¡No queremos a estos ilegales aquí!
El silencio se hizo denso. **Dílber** se levantó, pero bajó la mirada, recordando mi petición de no entrar en discusiones. Me planté en el centro, sentí el latido rápido del corazón contra el pecho. No había a quién huir ni a dónde retroceder.
Con voz firme declaré: «El salón está alquilado legalmente. Si perturban el orden, llamaremos a la policía». Los hombres se miraron, sin ceder. Uno empujó la mesa y los rotuladores cayeron al suelo. Saqué el móvil, activé el altavoz y llamé al director de la Casa de la Cultura.
SeñorGarcía, suba inmediatamente al tercer piso. Aquí intentan sabotear la clase dije, como si estuviera citando un examen. El director escuchó los gritos, prometió enviar seguridad y acudir él mismo.
Los minutos se alargaron hasta que llegó el apoyo. Los hombres seguían discutiendo entre ellos: algunos pedían cerrar los cursos, otros proponían «solucionarlo de otro modo». Yo permanecía junto al pizarrón, con la mesa como escudo delgado. Un pensamiento cruzó mi mente: todo podía acabar ahora los cursos, la confianza, el idioma que apenas comenzaban a usar.
El director apareció con un guardia. Este se situó en la entrada, controlando a los visitantes ruidosos. Con tono severo recitó los artículos del reglamento: la Casa de la Cultura cede sus salas a cualquier ciudadano que presente contrato. Añadió que las actividades voluntarias benefician al municipio, pues «un trabajador alfabetizado no infringe normas y se integra mejor». Sus palabras sonaron como un escudo para mí.
No todos los agresores aceptaron los argumentos, pero su presión disminuyó. Salieron del aula dejando tras de sí el olor a nieve húmeda y una sensación de inquietud. Tras la puerta, el ruido cesó y pude exhalar profundamente. Recogí la silla, la volví a colocar y junté los rotuladores.
Los alumnos permanecieron en silencio. **Cruz** preguntó: «¿Continuamos?». Asentí: «Claro. Hoy trabajaremos el pretérito». Escribí en el pizarrón con letra clara: «Yo defendí». El marcador tembló, pero las letras quedaron firmes. Afuera, la primera nieve decidida giraba, y ya no había marcha atrás.
Al salir, escuché el crujido del primer copo bajo mis botas mientras reflexionaba sobre lo sucedido. El respaldo del director había sido un alivio, pero la inquietud seguía latente. Por la noche, en el chat del grupo, envié un breve mensaje: «Gracias por quedarse. Seguimos como siempre».
Al día siguiente, en la reunión del comité vecinal, tomé la palabra brevemente. Conté la historia de mis alumnos y la necesidad de ofrecerles la posibilidad de aprender el idioma para integrarse. Algunos presentes apoyaron mis palabras, recordando que la armonía del barrio depende del respeto y la comprensión mutua.
Poco a poco se fue formando un círculo de apoyo. El concejal, antiguo maestro, propuso formalizar los cursos como iniciativa educativa, iniciando la recogida de firmas y la tramitación de los documentos oficiales.
Mientras tanto, las clases se mantenían cálidas gracias a una nueva lámpara de escritorio y al calefactor regalado por un vecino. En el centro de la mesa descansaba una caja de bizcochos que una alumna trajo como agradecimiento. Cada lección incluía no solo gramática, sino también relatos personales que nos unían.
Semanas después, a iniciativa mía, la biblioteca del pueblo organizó una exposición fotográfica con los trabajos de los alumnos: dictados, dibujos y anotaciones. Los vecinos, curiosos, vieron por primera vez los rostros de quienes viven a su alrededor y estudian para rehacer sus vidas.
El trato de los vecinos comenzó a cambiar. Una anciana del barrio se acercó y me dijo: «Tendrá razón. Cuando mi hijo se fue a estudiar, también temía que no lo entenderían». Sus palabras mostraron arrepentimiento y reconciliación.
Los cursos se convirtieron en parte del tejido social. La Casa de la Cultura ya no solo sirve para aprender lenguaje; allí se celebran tertulias nocturnas, se discuten temas cotidianos y se comparten tradiciones. La ciudad adquiere una atmósfera renovada.
Sé que una sola batalla no basta para cerrar el caso. Aún quedan gestiones burocráticas y posibles nuevos obstáculos, pero ahora cuento con muchos aliados. Al observar a los participantes, veo no solo estudiantes, sino amigos.
Los rayos del sol que se cuelan por la ventana acarician la blancura de la nieve. Al terminar la clase, **Nazario** se acercó, sonrió y me entregó un anuncio que él mismo había redactado: «Clase abierta a todos los interesados». Ese sencillo texto simboliza el cambio.
Lo colgué en el tablón y dije: «Invitemos a quien quiera comprender y ser comprendido». Noté los asentimientos y la chispa de determinación en sus miradas.
Al regresar a casa, la luz de la luna se reflejaba en los montículos blancos. Sé que el camino seguirá siendo áspero, pero este es solo el comienzo, tanto para mí como para mis alumnos y para toda la comunidad. La lección que llevo dentro es que la paciencia y la solidaridad pueden transformar la resistencia en colaboración, y que el idioma, más que palabras, es puente de humanidad.







