Entró en la oficina de su marido y comprendió por qué trabajaba tanto.

Almudena entra al despacho de su marido y se da cuenta de por qué está trabajando tanto.
¡No me escuchas! golpea la palma sobre la mesa, haciendo que las tazas tintineen sobre sus platillos. Te hablo y tú sigues en tus pensamientos.

Vicente se estremece y aparta la vista del móvil.
¿Qué? Lo siento, estaba pensando.

¡Pensando! ¡Siempre pensando! la voz de Almudena tiembla por la rabia. Te repito por tercera vez que Lidia nos ha invitado a la casa de campo el sábado. ¿Vas a ir o seguirás trabajando?

Carmen, ahora mismo no puedo, tengo cosas importantes responde Vicente, llevándose la mano a la nariz. Lo dejaremos para el próximo fin de semana.

¿Cosas importantes? su tono revela cansancio. Tienes sesenta y dos años, llevas treinta trabajando en la fábrica y ya estás jubilado. ¿Qué asuntos pueden ser más importantes que la familia?

Él guarda silencio, mirando hacia otro lado. Almudena siente que algo se contrae en el pecho. Antes nunca se quedaba callado; antes podían charlar horas sobre cualquier tema.

Vale dice, levantándose de la mesa y empezando a recoger la vajilla. Entonces iré sola, como siempre.

Vicente abre la boca como queriendo decir algo, pero se detiene y solo asiente, volviendo a sumergirse en el móvil. Almudena lleva los platos a la cocina, sintiendo que las lágrimas le suben a la garganta. No entiende qué le ocurre a su matrimonio. Cuarenta años juntos, dos hijos adultos, tres nietos, y ahora parecen extraños.

Todo comenzó hace tres meses, cuando Vicente se jubiló y Almudena se alegró pensando que pasarían más tiempo juntos. Tenían mil planes: ir al mar, arreglar la casa de campo, visitar a la hermana en Segovia. Pero en vez de eso, el marido se encerró en su despacho y se quedó allí todo el día. Respondía a las preguntas con evasivas: terminaba un proyecto, asesoraba a antiguos colegas, decía que estaba cansado y necesitaba estar solo.

Almudena aguantaba. Después de tantos años había aprendido a soportar. Pero cuando Vicente se perdió el cumpleaños de la nieta por «trabajo urgente», la paciencia empezó a agotarse. Y cuando olvidó el aniversario de bodas, Almudena, por primera vez en años, se enfadó de verdad.

Secando los platos, mira por la ventana. La primavera está en su apogeo, los árboles brotan hojas nuevas. Quiere pasear, respirar aire fresco, disfrutar la vida. En cambio está en la cocina intentando comprender a dónde se ha ido su marido. Físicamente está allí, pero su alma parece ausente.

Suena el móvil y aparece la foto de Lidia.
Hola intenta Almudena que su voz suene animada. Sí, ya le he preguntado. No, él no podrá. Dice que está ocupado.

¿Ocupa­do? suelta Lidia con una risita. Almudena, esto ya parece una tragicomedia. ¿Cómo puede estar ocupado si está jubilado?

No lo sé Almudena se sienta en el taburete, cansada. Está en su despacho haciendo algo. Ya no le pregunto, me harta.

¿Y no has pensado que quizás? Lidia vacila. Pues nunca se sabe. A esta edad los hombres a veces hacen cosas extrañas

¿Qué? Almudena no capta al principio, luego entiende. Lidia, ¿de qué hablas? ¿Una amante? ¿De Vicente?

¿Y qué tiene de malo? responde su amiga con cautela. No quiero asustarte, pero piénsalo. Él pasa los días desaparecido, no responde, se ha vuelto reservado. Puede que realmente esté viendo a alguien.

Almudena guarda silencio. La idea de que Vicente la engañara nunca le había pasado por la cabeza. Han pasado cuarenta años, han sufrido juntos la falta de dinero, enfermedades y problemas con los hijos. ¿Podría ahora, cuando la vida parece tranquila, él haber encontrado a otra?

No lo creo dice al fin. Vicente no es así.

Yo tampoco quiero creerlo suspira Lidia. Pero los hechos están ahí. Ve a su despacho y mira qué hace. Tienes derecho a saber.

No puedo sacude la cabeza Almudena. Sería una invasión a su intimidad.

¿Intimidad? ¡Somos marido y mujer! No deberíamos tener secretos.

Conversan un poco más y se despiden. Almudena se queda en la cocina, repasando las palabras de su amiga. ¿Una amante? No, eso suena ridículo. Él nunca ha mirado a otras mujeres. Al menos, ella no lo había notado.

Pero, ¿y si Lidia tiene razón? ¿Y si todos estos meses le ha mentido?

Almudena se levanta decidida y se dirige al despacho. La puerta está cerrada, como siempre. Extiende la mano para tocar, pero se detiene. Desde dentro se oyen sonidos. No son voces, sino el crujir del papel y el murmullo bajo de Vicente.

Al fin, golpea.
¿Sí? responde el marido.

Vicente, ¿puedo entrar?

Hay una pausa. Luego un ruido, como si él estuviera guardando algo rápidamente.

Espera un momento.

Almudena frunce el ceño. Él está ocultando algo. Su corazón late más rápido.

La puerta se abre un poco y aparece el rostro de Vicente.

¿Qué querías?

¿Vicente, no me dejas entrar a tu despacho? intenta sonreír. Solo quería saber si cenaremos o vuelves a estar ocupado.

Claro que cenaremos él también sonríe, forzado. En veinte minutos salgo.

Almudena se aleja de la puerta y vuelve a la cocina. En su interior todo hierve. Él está guardando algo. ¿Será que Lidia tiene razón?

Cenan en silencio. Vicente traga algo rápido y vuelve al despacho. Almudena se queda frente al televisor, sin poder concentrarse en el programa. Los pensamientos van y vienen, cada uno más aterrador que el anterior.

Se acuesta temprano, pero el sueño no llega. Vicente llega tarde, se acuesta con cuidado para no despertarla. Almudena finge dormir, inmóvil. Antes solían hablar antes de dormir, compartir el día, hacer planes. Ahora eso ha desaparecido.

Por la mañana se despierta con aroma a café. Vicente ya está en la cocina, mirando la pantalla de una tablet.

Buenos días dice Almudena.

Buenos él se despega del aparato. ¿Quieres que te sirva?

Yo lo sirvo.

Se sienta frente a él, observándolo. Está cansado, con ojeras y canas más marcadas en las sienes.

Vicente empieza con delicadeza. Necesito hablar contigo.

¿Sobre qué? él no levanta la vista.

Sobre nosotros. Sobre lo que está pasando entre nosotros.

No pasa nada encoge de hombros. Todo sigue igual.

¡No, no es igual! Almudena explota. Me evitas. Pasas el día encerrado en tu despacho. Olvidaste nuestro aniversario. Ni siquiera fuiste al cumpleaños de la nieta.

Vicente finalmente la mira. En sus ojos se asoma una chispa de culpa.

Lo siento dice en voz baja. De verdad, he estado trabajando mucho.

¿En qué? ella se inclina. ¿Puedes decirme en qué trabajas? ¿Por qué no me lo puedes contar?

Es complicado de explicar desvía la mirada. Después, ¿vale? Pronto lo sabrás.

¿Cuándo será «pronto»?

Muy pronto. Ten un poco de paciencia.

Almudena quiere seguir preguntando, pero suena el móvil. Vicente lo coge y sale al pasillo. Ella oye fragmentos.

Sí, todo listo No, ella no sabe De acuerdo, paso

El estómago de Almudena se aprieta. ¿No sabe de qué? ¿De qué conversación?

Vicente regresa ya con la chaqueta puesta.

Tengo que salir dice, ajustándose la chaqueta. Vuelvo a la hora de comer.

¿Adónde vas?

Negocios responde y desaparece por la puerta.

Almudena se queda mirando la taza vacía. Siempre «negocios». Las palabras de Lidia vuelven a su mente. ¿Y si su amiga tenía razón?

Pasa el día sumida en pensamientos, limpiando la casa, preparando la comida, pero su mente sigue en el despacho. Debe entrar, mirar qué hace. Tiene derecho a saber. Cada vez que se acerca a la puerta del despacho se detiene. No puede, no quiere violar su intimidad. ¿Confía realmente en él después de todo lo ocurrido?

Al atardecer Vicente vuelve al despacho, vuelve a mover papeles, a hablar por teléfono. Una vez le parece oír una risa. Hace mucho que no escuchaba su risa.

Llama su hija, Olaya.

Mamá, ¿cómo estáis? su voz suena preocupada. ¿Papá está loco con sus proyectos?

¿Sabes en qué está trabajando? pregunta Almudena.

Pues titubea Olaya. Él dice que es algo importante, pero no me dice más.

Mamá, la verdad es que no sé nada admite la hija. Últimamente es muy misterioso.

La conversación con su hija solo aumenta la ansiedad.

Esa noche Almudena no logra conciliar el sueño. Mira al techo, escucha la respiración de Vicente a su lado. Cuarenta años juntos. ¿Puede todo desmoronarse así?

A la mañana siguiente Vicente anuncia que volverá tarde y que no lo esperen para cenar.

¿A dónde vas otra vez? pregunta Almudena.

A mis asuntos, Carmen. Ten paciencia.

Cuando la puerta se cierra detrás de él, Almudena decide que es suficiente. Se dirige al despacho y gira la manija. La puerta está abierta.

Dentro huele a papel y a algo más, a recuerdos. En la mesa hay carpetas, montones de fotos, un portátil abierto. Se acerca, el corazón le late como si fuera a salir del pecho.

Lo primero que ve es una foto de su boda. Jóvenes, felices, Vicente con traje y ella con vestido blanco. Junto a ella hay otra foto con la pequeña Olaya en brazos, luego con el hijo Sergio, después los cuatro en la playa.

Almudena abre una carpeta. Dentro hay fotos impresas, ordenadas por fechas, con notas al pie.
«Era 1982, recién casados, vivíamos en una habitación comunal. No teníamos dinero, pero el amor rebosaba. Cada noche, Carmen me recibía con una sonrisa y yo sabía que era el hombre más afortunado.»

Sigue una foto de su primer coche, un viejo Seat 127.
«Ahorramos tres años para comprarlo. Carmen se privó de todo, incluso de un abrigo nuevo, porque el viejo ya estaba raído. Cuando lo entregamos al patio, ella lloró de alegría. Recorremos la ciudad tomados de la mano toda la tarde.»

Almudena pasa página tras página. Cada foto narra un evento: nacimiento de los hijos, primeros pasos, mudanza a un piso más grande, vacaciones al sur, el día en que recibió un ascenso, la boda de Olaya. Cada imagen lleva un texto íntimo y cálido. Lee la descripción de la noche en que discutieron por tonterías y se reconciliaron bajo la lluvia. Lee la historia del día que Sergio se perdió en el parque y buscaban desesperados. Lee el relato de la boda de sus padres, donde bailaron un vals.

Las manos tiemblan. Las lágrimas inundan sus ojos. Se sienta en la silla sin soltar la carpeta. Vicente está escribiendo un libro. Un libro de su vida juntos.

Abre otra carpeta más gruesa. Dentro hay páginas impresas con texto.
«Carmen siempre fue más fuerte que yo. Cuando estaba sin dinero para los medicamentos de mi madre, vendió su anillo de boda. Yo lloré, y ella me dijo: ‘El anillo es solo metal, el vínculo está en el corazón’. Prometió comprarme otro cuando pudiera. Cinco años después, cumplí la promesa y le puse un anillo más bonito. Así comprendí que la amo más que el día de la boda.»

Almudena se cubre la boca para no soltar el llanto. Recuerda esa historia, cómo vendió el anillo y cómo él la quiso perdonar.

En el portátil hay un documento abierto, escrito recientemente.
«Pronto será nuestro 41.º aniversario. Quiero regalarte este libro, la historia de nuestra vida. Piensas que me he alejado, que me aburro, pero la verdad es que nunca te he amado tanto como ahora. Estos cuarenta años son lo mejor de mi vida. Quiero que todos, hijos y nietos, sepan que el amor verdadero existe. No siempre es fácil, no siempre es brillante, pero es real y dura toda la vida.»

Almudena no puede contener el llanto. Cada frase le atraviesa el alma, viendo su vida a través de los ojos de Vicente. Recuerda cómo le gustaban los lilios y cómo él le traía ramos cada primavera. Recuerda cómo soñaba con el mar y él ahorró para la primera escapada. Recuerda todos sus miedos y esperanzas.

En ese momento la puerta se abre. Vicente entra, pálido, con una bolsa en la mano.

Carmen empieza ella, sin poder hablar. Lo siento, perdóname

No, soy yo quien debe disculparse él se arrodilla junto a ella. Me he dejado absorber por este libro y olvidé que tú también necesitas mi atención aquí, ahora, no en papel.

Vicente, es hermoso ella le acaricia la cabeza. Lo leí y pensé que me habías dejado.

¿Qué? él levanta la mirada, incrédulo. Carmen, ¿cómo pudiste pensar eso? Nunca he tenido a nadie más. Solo tú, siempre solo tú.

Pero te has alejado, te has vuelto tan reservado

Quería preparar una sorpresa para el aniversario. Quería regalarte este libro, demostrarte cuánto valen todos estos años. Pero al hacerlo te hice daño toma sus manos. Perdóname, viejo tonto.

Almudena lo abraza y se quedan allí, rodeados de fotos y recuerdos, cuarenta años de vida compartida.

¿Por qué lo haces? pregunta ella, cuando se calman un poco. ¿Para qué escribir nuestra historia?

Vicente se levanta, saca de la bolsa otra carpeta.

¿Recuerdas que el año pasado falleció la tía Vera? dice. Cuando revisábamos sus cosas, encontré el diario de su marido, el tío Carlos. Él había escrito años de su vida, sus momentos. Me dio pena que no tuviéramos algo así para que nuestros nietos supieran cómo vivimos y nos quisimos. Decidí hacerlo yo.

Yo pensaba Almudena ríe entre lágrimas. Lidia insinuó que tenías una amante.

¿Yo? él también se ríe. ¿A quién le sirve un pensionista? Mi único amor es tú.

Le da un beso en la frente y Almudena siente que el calor vuelve a su interior, ese calor de hace cuarenta años.

¿Me lo vas a mostrar todo? pide. Quiero leerlo.

Aún no está listo responde él, sonrojado. Quería terminarlo para el aniversario, incluso lo he llevado a una imprenta para que salga como libro de verdad.

Será el mejor regalo que jamás haya recibido dice sinceramente.

Pasan la tarde en el despacho, él le muestra fotos, le cuenta lo que ya ha escrito y lo queAl final, se abrazaron, sabiendo que el amor que habían construido durante cuarenta años era el mayor tesoro que jamás podrían perder.

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Entró en la oficina de su marido y comprendió por qué trabajaba tanto.
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