21 de octubre de 2023
Hoy he sido testigo de una escena que aún retumba en mi cabeza. Una anciana de noventa años, Doña Carmen, entró lentamente al supermercado de la Gran Vía apoyándose en su viejo bastón de madera. Cada paso le costaba: la espalda le dolía, las piernas temblaban, pero ella seguía adelante con la obstinación de quien siempre ha hecho todo por sí misma, sin pedir ayuda ni quejarse.
Al pasar los pasillos, se detuvo frente a la barra de pan. Cogió un paquete, lo volvió a colocar con desgano; el precio le parecía exagerado. Observó una botella de aceite, dio la vuelta a la etiqueta y suspiró profundamente. Todo a su alrededor le resultaba ajeno y distante. La gente entraba y salía, los teléfonos sonaban, los carritos chirriaban, y ella permanecía sola, rodeada de miradas indiferentes.
Cuando ya estaba a punto de llegar al final del pasillo, un dolor agudo le atravesó la pierna. Perdió el equilibrio y cayó al suelo frío, soltando su bastón.
¡Ay, Dios mío! murmuró, intentando incorporarse.
Algunos clientes se giraron: uno frunció el ceño, otro se encogió de hombros, y otro fingió no haberla visto. Una mujer seguía eligiendo yogures junto a la góndola mientras un señor en la caja la miró de reojo y siguió con su compra.
Doña Carmen intentó ponerse en pie, pero sus piernas no respondían. Se aferró al bastón y volvió a caer. Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos. Extendió la mano con la esperanza de que alguien se acercara, pero nadie lo hizo. Un joven, lejos de ayudar, sacó su móvil para grabar.
Entonces, con gran esfuerzo, empezó a arrastrarse, apoyándose con las palmas en los azulejos. El bastón golpeaba a su lado mientras la gente se apartaba en silencio, sin ofrecerle socorro.
En ese momento, una pequeña niña de cinco años, Lucía, apareció con un osito de peluche bajo el brazo. Se agachó a la altura de Doña Carmen, la miró y le preguntó con voz tímida:
Abuela, ¿le duele? ¿Dónde están sus hijos?
Los ojos de la anciana se llenaron de lágrimas diferentes, ya no de dolor sino de gratitud. Lucía le tendió su manita y trató de ayudarla a ponerse de pie. Su madre, al ver la escena, corrió hacia ellas, levantó a Doña Carmen, la sentó en una banca cercana a la salida y llamó a la ambulancia. Mientras tanto, la niña sostenía la mano temblorosa de la anciana y susurraba:
No tenga miedo, todo va a estar bien.
Cuando llegó la ambulancia, el supermercado quedó en silencio. Los clientes que hace un minuto se habían girado ahora miraban al suelo, avergonzados.
Esa tarde comprendí que a veces basta un corazón puro, como el de una niña con su osito, para recordar al resto que también somos humanos y que la solidaridad no tiene edad.
Lección personal: no esperes a que el mundo te empuje a actuar; si ves a alguien en apuros, ofrécele tu ayuda antes de que sea demasiado tarde.







