El hall del aeropuerto estaba iluminado, pero la luz parecía cansada: las lámparas del techo emitían un resplandor blanco y uniforme que no aportaba calidez alguna. Tras los amplios ventanales, el cielo gris del entretiempo se mostraba monótono; en el cristal de la entrada aún se distinguían las huellas secas de la lluvia. La fila para facturar serpenteaba entre las cintas de separación. La gente avanzaba lentamente, mirando de vez en cuando los paneles electrónicos o los relojes sobre los mostradores.
Isabel se encontraba a mitad de esa cola, con una maleta pequeña frente a ella y un bolso al hombro. Tenía cuarenta y cinco años una edad de frágil equilibrio, con mucho ya vivido y solo incertidumbre por delante. Siempre había tomado sus propias decisiones, aunque últimamente le costaba más. Hoy no viajaba por casualidad: la mudanza llevaba tiempo planeada, pero era ahora cuando retroceder ya no era una opción. En la nueva ciudad la esperaban un piso alquilado vacío y un contrato temporal; aquí quedaban calles conocidas y algunos rostros de su vida pasada.
La fila avanzaba a trompicones: alguien delante discutía con la empleada por el equipaje, mientras detrás se escuchaban comentarios sobre horarios y escalas. Isabel revisó el teléfono sin pensar el mensaje de la agente inmobiliaria seguía sin leer desde hacía horas.
Detrás de ella había una mujer algo mayor, de unos cincuenta y cinco o sesenta años. Llevaba una chaqueta oscura abrochada hasta el cuello y un pañuelo bien ajustado; en la mano, una bolsa de viaje con la etiqueta de la aerolínea. Intentaba mantenerse serena, pero su mirada oscilaba entre los paneles de salidas y los rostros ajenos en la fila.
Fue en uno de esos momentos, cuando la cola se detuvo de nuevo, cuando sus ojos se encontraron.
Disculpe ¿Va a algún vuelo en concreto? preguntó la mujer en voz baja, señalando levemente el panel.
Isabel miró su billete:
A Sevilla El doscientos cuarenta y ocho, salida esta tarde. ¿Y usted?
El mismo Aunque no acabo de acostumbrarme a todo este protocolo respondió la mujer, con una sonrisa forzada.
Callaron. Lo dicho bastaba para un primer contacto entre desconocidos en aquel flujo de espera. Pero la cola permanecía inmóvil, sin prisa alguna; a su alrededor, rostros cansados o indiferentes.
A la derecha, alguien ajustaba la correa de su maleta; a la izquierda, un joven se quejaba por teléfono a sus padres del retraso de su vuelo. La mujer detrás de Isabel se acercó un poco:
Soy Carmen Perdone la intrusión, es que siempre me pierdo en estas colas
Isabel esbozó una leve sonrisa:
No se preocupe Aquí todos estamos un poco perdidos. Yo misma sigo sintiéndome fuera de lugar cada vez
El silencio fue breve; ambas sintieron un alivio al romper la impersonalidad de aquel lugar.
La fila avanzó otros treinta centímetros; dieron un paso al unísono, arrastrando su equipaje por la moqueta. Fuera, la oscuridad ganaba terreno: marzo cedía sin resistencia a abril.
En el panel electrónico apareció un nuevo anuncio, pero su vuelo seguía en amarillo, sin cambios. «Toca esperar», pensó Isabel, y las palabras se le escaparon.
Carmen respondió con suavidad:
Siempre me pongo nerviosa antes de volar Más ahora, con motivos de sobra.
Miró por encima de las cabezas, como buscando algo entre las siluetas.
Isabel, sintiendo aquella mirada, se atrevió a preguntar:
¿Le espera alguien allí?
Carmen asintió, desviando la vista:
Mi hijo. Hace años que no nos vemos No sé cómo me recibirá. Tanto tiempo pensando que quizá debía dejarle en paz, y ahora aquí estoy. El corazón me late como si fuera una colegiala.
Isabel escuchó sin interrumpir. Dentro de ella resonaba algo parecido no miedo, sino una expectación imposible de dominar. De pronto, sintió que podía compartir más de lo habitual:
Me mudo. También da miedo. Lo dejo todo aquí: costumbres, gente Ni siquiera sé si podré empezar de nuevo.
Carmen sonrió con ironía:
Supongo que ambas dejamos algo hoy. Usted, su pasado; yo, quizá el orgullo. O el rencor.
Isabel asintió, sintiendo un hilo invisible entre ellas no de lástima, sino de reconocimiento.
Entonces, los altavoces anunciaron un retraso de veinte minutos. Un murmuro de descontento recorrió la sala; algunos buscaron asiento.
Isabel y Carmen permanecieron de pie. Carmen se ajustó el pañuelo, como ordenando sus pensamientos:
Dudé mucho antes de venir. Mi hijo no escribía, y no sabía qué sentiría por mí ahora. A veces parece más fácil no cambiar nada que arriesgarse a otro rechazo.
Isabel quiso apoyarla, aunque fuera con la mirada. Susurró:
A veces, los cambios son la única forma de sentirse vivo. Yo también temo no poder, que todo sea en vano. Pero si no lo intento, solo quedará el arrepentimiento.
Callaron un instante. El frío se acentuaba; algunos se envolvían en bufandas, otros sacaban mantas del equipaje. Fuera, la noche era ya casi total, y los reflejos en el cristal ganaban nitidez.
Carmen habló, algo más fuerte:
Siempre creí que debía ser fuerte. No pedir, no imponerme. Ahora entiendo: quizá la verdadera fuerza está en dar el primer paso, aunque dé miedo.
Isabel la miró agradecida:
Yo siempre temí parecer débil. Pero quizá la debilidad es no enfrentar los cambios. Gracias por decirlo.
La fila se había reducido, pero la tensión entre los mostradores y la gente seguía ahí ahora agotada, casi resignada. Isabel y Carmen permanecían juntas: el silencio entre ellas ya no pesaba, sino que las unía. Isabel apretó la correa de su bolso, sintiendo la textura áspera bajo sus dedos. Pensó en lo fácil que había sido verbalizar sus miedos y en cómo eso la ayudaba a respirar.
Carmen miró el panel: su vuelo seguía sin cambios. Respiró hondo y, de pronto, sonrió a Isabel sin reservas, con sinceridad.
Gracias Por escuchar. A veces, un desconocido está más cerca que nadie.
Isabel asintió lo entendía hasta la médula. Permanecieron en silencio; a lo lejos, el ruido sordo de una maleta sobre el suelo.
Los altavoces anunciaron: «Pasajeros del vuelo doscientos cuarenta y ocho con destino a Sevilla, pueden proceder a la puerta nueve para el embarque». La sala se agitó: maletas, murmullos, prisas. Isabel miró su tarjeta de embarque y notó un temblor en los dedos ya no de miedo, sino de anticipación.
Carmen sacó su teléfono: en la pantalla, un mensaje sin enviar a su hijo. «Llego pronto», decía, escrito horas antes. Carmen respiró hondo, pulsó «enviar» y guardó el teléfono sin esperar respuesta. Ambas comenzaron a avanzar con la corriente de pasajeros, sus pasos sincronizados por un breve instante de complicidad. Al llegar al control de seguridad, se miraron una última vez.
Buena suerte dijo Isabel.
Gracias. A ti también respondió Carmen, con una sonrisa más ligera.
No se despidieron con abrazos ni promesas de volver a encontrarse. Simplemente siguieron caminos paralelos hacia la puerta nueve, dos siluetas entre muchas, cada una cargando sus miedos y esperanzas bajo la luz cansada del aeropuerto.







