Simplemente inténtalo

La familia Martínez vivía en un bloque de pisos de los años 70 en las afueras de Málaga. El padre, Antonio, tras el despido de la fábrica, se puso a trabajar como camionero, pasando meses en la carretera. La madre, Carmen, se partía el lomo en dos trabajos: de día, cajera en un supermercado; de noche, limpiando oficinas.

Su hija mayor, Ana, de 22 años, era el orgullo de la familia. Madura para su edad, había estudiado contabilidad en un módulo para empezar a ganar dinero pronto y ayudar en casa. Toda su vida giraba en torno a un objetivo: pagar la universidad al pequeño Pablo, que en primaria ya destacaba en matemáticas. Él era el «proyecto familiar», la única esperanza de ascenso social.

Tras las clases, Ana llevaba las cuentas de un pequeño negocio, y por las noches, cuando la casa callaba, abría su viejo portátil de segunda mano. Escribía cuentos. Historias tiernas, melancólicas, llenas de luz, sobre gente que soñaba, amaba y buscaba su lugar en el mundo. Era su escape de la monotonía y el cansancio.

Un día, su amiga de toda la vida su única lectora fiel la convenció de mandar un relato a un concurso literario. Para su sorpresa, ganó el primer premio: un puñado de euros y una beca en la redacción de un periódico de Sevilla.

Decidió contárselo a sus padres durante la cena, mientras Pablo hacía los deberes en su cuarto.

Mamá, papá empezó, apartando el plato de macarrones. Me han invitado a hacer unas prácticas en «El Correo». Es una oportunidad.

¿Qué «Correo»? frunció el ceño Antonio, frotándose la cara con las manos. Pero si tienes un trabajo seguro con don Manuel.

No es lo mismo, papá. Yo he escrito relatos. Y alguien se ha fijado.

Carmen dejó de fregar los platos. Se volvió, secándose las manos en el delantal.

¿Relatos? su voz sonó genuinamente desconcertada. ¿Cuándo has tenido tiempo? ¡Necesitas dormir! ¡Y Pablo necesita ayuda con las mates!

Lo sé. ¡Pero es mi oportunidad! la voz de Ana tembló. Podría dedicarme a lo que me gusta. ¡Aunque sea probar!

¿Gustar? Antonio se levantó, y su sombra cubrió a Ana. ¿Y quién va a mantener a la familia, artista? ¿Crees que me paso la vida en un camión por amor al arte? ¿Crees que tu madre trabaja como una mula por puro placer? ¡Es obligación! ¡Y tú pensando en tonterías! Hasta que Pablo no entre en la universidad, no quiero oír más pamplinas.

¡No son pamplinas! Ana se levantó de un salto. ¿Por qué Pablo puede soñar con la Autónoma y yo no con el periódico?

¡Porque él es un hombre! ¡Él mantendrá a su familia! rugió el padre. ¡Y tú lo que tienes que hacer es casarte y no dar que hablar! ¿Escribiendo cuentos en vez de buscar novio?

Esas palabras le dolieron más que ninguna otra cosa. Dio un paso atrás, mirando sus caras cansadas y amargadas. No la veían como una persona. No podían. Para ellos, siempre fue la ayudante, el apoyo de Pablo. Discutir era inútil.

Vale susurró. Vale.

A la mañana siguiente, dejó casi todo el dinero del premio y una nota («Esto es para las clases de Pablo») sobre la mesa. Se marchó con una mochila: el portátil, ropa limpia y sus cuentos impresos.

Las prácticas no pagaban así conseguían la redacción nuevos colaboradores. Escribir artículos no era tan emocionante como inventar historias. Contra lo que imaginaba, el periodismo no era un paraíso creativo, sino una cadena de montaje. Pero a Ana le encantaba: la gente, el ambiente, descubrir personajes nuevos y ver la realidad desde otro ángulo.

Vivir en Sevilla era caro. Ana se instaló en un hostal cerca del trabajo y consiguió un turno de noche en un bar. Día: reuniones, artículos, correcciones. Noche: camarera. Vivía en un eterno déficit de sueño y comía cualquier cosa, normalmente bocadillos fríos con café.

Una noche, llamó su madre. La voz de Carmen sonó ronca:

Ana Tu padre está en el hospital. El corazón. Le dio un mareo en el trabajo Ha estado muy preocupado por ti. ¿Al menos comes bien?

Ana miró su cena: un bocadillo reseco. El corazón le dio un vuelco. Lástima de sí misma, culpa hacia ellos.

Estoy bien, mamá mintió. ¿Y Pablo?

Te echa de menos. Ha bajado las notas. Y yo no sé ayudarle

Ya se acostumbrará, mamá. Dale un beso. Y a papá dile que iré a verle pronto.

Pero no fue. Envió la mitad de su sueldo, quedándose con lo justo para no morir de hambre. Sí, era duro, pero junto a las dificultades llegó la libertad. Las historias brotaban en su cabeza, y escribía casi cada noche. Un nuevo relato suyo salió en una revista juvenil. No le pagaron casi nada, pero cuando vio su nombre en el índice, lloró de alegría frente al quiosco.

Pasaron seis meses. La contrataron en el periódico, alquiló una habitación en un piso compartido con goteras, y se sentía la persona más feliz del mundo.

Hasta que un día apareció Pablo en su puerta. Más alto, más serio.

Hermana dijo, sin entrar. He cambiado de idea. No voy a la universidad.

Ana se quedó muda.

¿Cómo? Pero tú

Voy a un ciclo de cocina. Mamá y papá están hechos polvo. Su gran esperanza se ha ido al garete la miró con reproche. ¿Sabes por qué? ¡Porque odio las mates! Siempre quise ser cocinero. Pero hasta que no te fuiste, no tuve valor para decirlo

Se dio media vuelta y se marchó. En ese momento, Ana entendió que su huida no había sido solo por ella. Le había dado a Pablo el valor para rebelarse contra el plan familiar que parecía inamovible.

***

Un año después, Ana recibió una carta de su padre. Corta, escrita a lápiz en un papel cuadriculado.

«Hija. Tu madre me dijo que escribes en el periódico. Estaba en una cafetería de camino a Portugal, vi tu apellido en una revista. Se lo enseñé a los colegas. Dije: «Esta es mi sangre». No se lo creyeron. Cuídate. Te echo de menos. Tu padre».

Ana leyó esas palabras una y otra vez. No era perdón. Era reconocimiento. La prueba de que existía, de que su voz se escuchaba.

Salió al balancín de su piso. Llovía. El techo goteaba, los vecinos discutían, pero ella miraba los tejados mojados de su nueva ciudad y sentía que su vida con toda la pobreza, el cansancio y la culpa era SU vida. Ya no era «el apoyo» ni «la función». Era Ana. Autora de relatos y de su propia vida. Y eso era lo más valioso que tenía.

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