La mujer que infunde comodidad

Qué aburrido musitó él, como un eco en una biblioteca vacía. Y, de paso, me enamoré de otra, Begoña.

Begoña miró a Víctor con los ojos como platos. En su interior, una cuerda tensa se hizo añicos. Tres años juntos, tres años de ilusiones, planes, charlas sobre el futuro. Y entonces Víctor soltó esas dos frases cortas que desmantelaron todo.

¿Aburrido? repitió la palabra Begoña, intentando desentrañar su sentido. Tres años no te parecieron aburridos y ahora de pronto

Da lo mismo, Begoña respondió Víctor sin alzar la vista, mientras doblaba camisas y las metía en la bolsa. Así son las cosas. No somos los primeros ni los últimos.

Begoña quiso gritar, protestar, pero la garganta se le cerró y solo quedó mirando cómo el hombre que amaba borraba metódicamente los rastros de su vida compartida

Tras su marcha, el piso de alquiler se volvió un inmenso vacío. Las paredes oprimían, el aire se volvió espeso. Begoña se dejó caer en el sofá y lloró, pero las lágrimas no aliviaban. De noche se despertaba y buscaba la mitad vacía de la cama; de día realizaba el trabajo como una máquina, sin entender nada.

Los vecinos del otro lado vivían su propia película: reían, se quejaban, encendían la tele. Sus voces se filtraban a través de la delgada pared, recordándole que en alguna parte existía una vida plena y real. Ella solo conservaba recuerdos y aquel piso vacío.

Lo único que anhelaba era simple: amor, un hogar donde alguien esperara, donde pudiera ser ella misma sin fingir fortaleza. Soñaba con un sitio que la aceptara tal como era cansada, perdida, sedienta de calor humano.

Un año después de la ruptura la volvió a encontrar

Fue en la cafetería frente al trabajo. Begoña entró a por un café a la hora de la comida. En una mesa junto a la ventana estaba un hombre. El rostro gris de la fatiga, la mirada apagada. Sus ojos se cruzaron por un segundo y Begoña vio en él la misma desolación que la habitaba.

Ese día conoció a Óscar. Tenía treinta y ocho años, recién divorciado, sin hijos. Vivía en un dosdoble donde todo gritaba que el dueño se había marchado hace tiempo: estanterías cubiertas de polvo, un sofá aplastado, ventanas sucias. No parecía cruel, más bien exprimido, como un limón.

Me divorcié hace tres años contaba Óscar en su tercera cita, removiendo el café sin entusiasmo. Desde entonces vivo como puedo. Trabajo-casa, casa-trabajo. Te acostumbras a la soledad. Incluso se vuelve cómoda nadie te molesta, nada se exige, no se espera nada.

Begoña escuchaba y reconocía su propio dolor, sólo que ya estaba cubierto con una capa de indiferencia.

Poco a poco Begoña se introdujo en su mundo: al principio con cautela, después más profundamente. Al principio se veían ocasionalmente, iban al cine, paseaban por parques, tomaban algo en cafés. Óscar hablaba poco, pero a Begoña le gustaba el silencio después del parloteo de Víctor. En el mutismo de Óscar había una ternura que no necesitaba rellenar los vacíos con palabras vacías.

En tu piso hay tanto vacío observó Begoña una tarde, inspeccionando su vivienda.

Pues… a acostumbrarse encogió los hombros Óscar. ¿Y para qué cambiarlo?

Pero Begoña veía otra cosa: a un hombre que había dejado de cuidarse, que había olvidado cómo vivir y no sólo existir.

Se mudó con Óscar tras medio año. Al principio llevó solo lo esencial. Con el tiempo el piso fue transformándose. Ordenó los muebles para que entrara más luz, compró ropa de cama nueva en sustitución de la desgastada, cambió tazas y platos astillados. Llevó flores en macetas, colgó cortinas ligeras que dejaban pasar el sol. El aroma a comida recién hecha y a frescura llenó la casa. El hogar cobró vida y calor.

¿Por qué haces todo esto? preguntó Óscar una mañana, mientras ella colgaba las cortinas recién lavadas.

Porque quiero que te sientas bien al volver a casa respondió sin más, y él se quedó callado.

Óscar, sin percatarse, se fue acostumbrando a su mimo. Le gustaba entrar en un piso limpio, con olor a pan y a café, con la cama siempre fresca. Begoña había tejido alrededor de él un capullo de confort donde podía relajarse y olvidar todo.

Durante dos años la cuidó. Preparó sus platos preferidos, anotando si le gustaba más dulce o más picante. Creó un refugio en cada detalle: el perfume del café al amanecer, la manta suave en el sofá. Lo rodeó de amor sin exigir nada a cambio.

Dos años pospuso cualquier conversación sobre el futuro. Temía romper el delicado equilibrio. Cada vez que sentía el impulso de preguntar:

«¿Y después?»

se contenía. Aún era pronto, pensaba. Que se acostumbrara, que comprendiera lo bien que estaban juntos.

Una tarde, sin embargo, se atrevió. Óscar estaba en la cocina, tomando té de una taza nueva que ella había comprado la semana anterior. Afuera llovía a cántaros, pero dentro el ambiente era cálido y acogedor.

Óscar, ¿nos casaremos?

Óscar alzó la vista de la taza, volvió la cabeza.

¿Casarme? Ya no pienso en eso. No soy tan tonto.

Begoña quedó paralizada. La cocina se volvió extraña, fría. Todas esas tazas, esas cortinas, esas flores en el alféizar parecían decoraciones de una obra ajena. Todo el calor, todas las esperanzas, se desvanecieron en un instante.

Pero ¿por qué lo hice todo? balbuceó, sin encontrar palabras. Dos años, Óscar. Dos años te rodeé de cariño y cuidados. Creí que estábamos construyendo un futuro.

Óscar dejó la taza sobre la mesa.

No me lo pediste. Tú lo iniciaste tú. Yo estaba bien así.

Begoña lo miraba sin poder creer. El hombre al que había entregado su vida, al que había convertido un piso sin rostro en un hogar, simplemente no comprendía. O no quería comprender.

¿Bien? su voz se quebró. ¿Te bastó vivir entre polvo y trapos? ¿Con comida precocinada? ¿Dormir con ropa de cama desgastada?

Sí, no es perfecto, pero se puede vivir contestó Óscar como si hablara del tiempo. Begoña, valoro lo que haces, de verdad. Pero nunca prometí matrimonio. Después del divorcio, juré no volver a casarme. El sello del pasaporte no cambia nada.

Cambia, susurró Begoña. Para mí sí cambia. Significa que somos familia, que tenemos un futuro, que no soy solo una mujer cómoda.

Óscar intentó replicar:

Lo estás interpretando todo mal.

Pero Begoña ya se había levantado de la mesa. Sin decir nada, se dirigió al dormitorio, comenzó a empacar sus cosas. Óscar la observaba en silencio, sin intentar detenerla, sin suplicarle que se quedara.

Sabes que no tienes a dónde ir, ¿no? dijo al fin. Es tarde, está lloviendo.

Encontraré una salida respondió Begoña, cerrando su maleta.

Pasó junto a él, salió al pasillo y se detuvo, mirando el piso una última vez. Ya no había espacio para su amor.

La puerta se cerró tras ella con un leve susurro. Caminó por la calle bajo la lluvia, sin prestar atención al agua que empapaba sus pasos. Un vacío la consumía, y una sola idea giraba en su cabeza:

«Solo quería que él estuviera bien»

Alójase en una habitación sencilla de un hostal económico. Se dejó caer al borde de la cama y, por fin, permitió que las lágrimas fluyeran sin medida, hasta quedar exhausta.

Con el tiempo, cuando el dolor se apagó, comprendió. Su error no estaba en amar, sino en darlo todo sin recibir siquiera un paso hacia ella. Construyó una familia donde no valoraban su entrega. Ofreció calor a quien nunca lo pidió. Planeó un futuro con alguien que vivía solo el presente.

Quiso ser necesaria, pero terminó siendo cómoda. Vertió su alma en un hombre que la tomó como una opción gratuita en su vida rutinaria.

Ahora Begoña sabía: el amor no se compra con cuidados. No se gana la reciprocidad con la limpieza, la atención y la cocina.

Y si algún día otro hombre cruza su camino, no se apresurará a cambiar almohadas ni vajilla. No se lanzará a crear confort en una casa ajena. Mirará los actos, las intenciones, si él avanza hacia ella. Si él está dispuesto a invertir tanto como ella. Entonces, juntos, levantarán un hogar donde no haya que ganarse un lugar al lado del otro.

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