**Ilusión de Engaño**
Llevo toda mi vida dedicada a la música. Desde pequeña, no hubo nada más que me importara. Mi madre y el piano fueron mi refugio. A mis veintiocho años, sigo soltera. Tuve un novio, también músico, pero no funcionó. Dos almas creativas chocando, cada una en su mundo.
Hace tres meses conocí a Javier, abogado, en una cafetería cerca del conservatorio. No quería volver a casa. Mamá había fallecido hacía poco, y el silencio de aquel piso me ahogaba.
Señorita, ¿por qué esa tristeza? se acercó él, observándome mientras sorbía su café. Me llamo Javier, ¿y usted?
Lucía respondí con una sonrisa tímida.
Desde entonces, nos vimos con frecuencia. Javier empezó a quedarse en mi casa y hasta me pidió matrimonio, pero yo dudaba.
No puedo decir que sí ahora, Javi. Acabo de perder a mamá.
Mi madre me crió sola. Nunca conocí a mi padre, ni pregunté. Sentía que era un tema doloroso para ella. Y ahora, con su ausencia, el vacío era insoportable. A veces pensaba en buscarlo, pero ¿y si no quería verme?
No sé qué hacer confesé a Javier. No sé quién es ni si querrá saber de mí.
Mamá siempre me advirtió:
Lucía, debes aprender a valerte sola. Cuando yo no esté, ¿cómo te las arreglarás? Eres demasiado inocente.
Tú lo haces todo tan bien me reía, ¿para qué preocuparme?
Pero la vida es cruel. Mamá enfermó de repente y se fue en semanas. Los médicos no pudieron hacer nada.
Ella nunca se quejó balbuceé entre lágrimas.
Quizá no quiso preocuparte respondió el doctor con pena.
Javier era listo. La primera vez que entró en mi casa, se sorprendió al ver los cuadros caros que adornaban las paredes. Yo ni los miraba, pero él sabía de arte.
Por las noches, yo practicaba para mis conciertos, y él fingía escuchar. Pronto descubrí que rebuscaba entre los papeles de mamá. Solo tenía una tía, Carmen, que vivía en Galicia. Javier insistía en casarse, y yo intuía que algo no cuadraba.
Un día, llegó emocionado:
Hoy tenemos visita. Compraremos champán. La puerta sonó a las ocho en punto. Abrí y me encontré con un hombre mayor, de mirada triste y gesto conocido. Lucía dijo con voz temblorosa, soy tu padre.
Javier, detrás de él, sonreía con frialdad.
No era necesario mentirte así le reproché, sintiendo el suelo bajo mis pies. Él no te debía nada.
Miré al hombre frente a mí, cuyos ojos reflejaban los míos, y supe que mamá me ocultó la verdad para protegerme. No por rencor, sino por amor.
Cerré la puerta sin decir palabra. El piano en el salón guardaba aún la partitura que mamá dejó sin terminar. Me senté, posé las manos sobre las teclas y comencé a tocar. Esta vez, no estaba sola.







