El último autobús nocturno
El cielo del atardecer sobre el centro de la comarca se oscurecía a gran velocidad, como si alguien hubiera apretado el interruptor de la luz. A las seis en punto se encendieron las farolas de la calle principal; el asfalto mojado reflejaba tenuemente los cristales de los faroles. En la parada, donde los bancos aún conservaban manchas de hojas pegajosas, ya se agolpaban las caras conocidas: varios escolares con mochilas, dos ancianos doña María del Carmen García y Don JoséMartínez y un par de personas un poco más jóvenes. Todos esperaban la última marcha, que cada noche los llevaba a los pueblos circundantes.
Sobre el cristal del horario colgaba una hoja nueva, con texto seco y letras grandes: «Desde el 3 de noviembre de 2024 el servicio de las 19:15 se suspende por falta de rentabilidad. Ayuntamiento». Los presentes leyeron el anuncio casi al unísono, pero nadie soltó palabra. Sólo el alumno de sexto, Carlos, susurró a la compañera de al lado:
¿Y ahora cómo vamos a casa? A pie está lejos
Doña María del Carmen se ajustó la bufanda y se encogió de hombros. Vivía en el pueblo vecino, a unos veinte minutos en autobús. A pie serían al menos dos horas por una carretera rota, y en la oscuridad, peor aún. Para ella aquel autobús era la única conexión con la farmacia y la clínica. Para los niños, la única forma de volver a casa después de las actividades extraescolares sin acabar de madrugada. Lo sabían todos, pero no estaban habituados a quejarse al instante. El debate comenzó más tarde, cuando el primer golpe de sorpresa pasó.
En la tienda de la esquina, siempre perfumada con pan recién horneado y patatas crudas, las conversaciones se alzaban más alto. La dependienta, Lidia, cortaba jamón y, a voz baja, preguntaba a los clientillos habituales:
¿Habéis oído lo del autobús? Ahora tendréis que buscar otra manera Mi hermana también vuelve por la tarde; ¿qué vamos a hacer ahora?
Los mayores se miraron, intercambiando breves frases. Alguien recordó el viejo Córdoba del vecino:
¿Alguien podría dar una aventón? ¿Quién tiene coche?
Pero pronto quedó claro que los coches escaseaban. Don José suspiró:
Yo los llevaría, pero ya no salgo de casa. Y la póliza está caducada.
Los escolares se quedaban al margen, mirando de vez en cuando sus móviles. En el grupo de la clase ya debatían: quién podría pasar la noche en casa de otro si el autobús no volvía. Los padres escribían mensajes cortos y nerviosos en algunos colegios los turnos terminan tarde y no hay quien recoja a los niños.
Al acercarse a las siete, el aire se hizo más frío. Una llovizna fina caía sin tregua, y las aceras brillaban bajo las luces. Frente a la tienda se formó una pequeña muchedumbre unos esperaban un aventón, otros contaban con la suerte o con algún conductor de camión amable. Pero después de las seis, el tráfico prácticamente se había evaporado.
En las redes sociales surgió un mensaje de la activista local, Teresa López: «¡Amigos! Cancelan el autobús y la gente se queda sin forma de volver a casa. Quedemos mañana por la tarde frente al ayuntamiento; hay que buscar solución». Los comentarios no tardaron en aparecer unos proponían organizar coches rotativos, otros despotricaban contra la administración y compartían anécdotas de noches pasadas a dormir en el centro del municipio por culpa del mal tiempo.
Al día siguiente los debates continuaban en la entrada de la escuela y en la farmacia. Alguien sugirió escribir directamente a la compañía de transporte, a ver si reconsideran la decisión. Pero el conductor del autobús solo encogió de hombros:
Me dijeron que el último recorrido no era rentable Cada vez menos pasajeros con la llegada del otoño.
Los intentos de organizar aventones fueron efímeros: algunas familias acordaron turnarse para llevar a los niños, pero para los mayores esa opción resultaba inviable. Una tarde, Carlos y sus amigos esperaron media hora bajo la lluvia en la parada, aguardando a la madre de un compañero que había prometido recoger a todos de una sola vez. El coche se averió en el camino.
Mientras tanto, la lista de los atrapados crecía: a los escolares se sumaban pensionistas después de la clínica y mujeres de los pueblos cercanos todos quedaban atrapados entre su casa y el municipio por una tabla vacía en el horario.
Al caer la noche, los cristales de las tiendas se empañaban por la humedad; dentro se calentaban los que no tenían adónde ir. La dependienta permitía quedarse hasta el cierre, después de lo cual solo quedaba salir a la calle a esperar algún transporte fortuito o llamar a conocidos para pedir alojamiento.
La irritación inicial dio paso a la preocupación y al cansancio. En los chats aparecían listas de quienes necesitaban transporte con urgencia: niños de primaria, la anciana Rosa Pérez con problemas en los pies, una mujer del tercer edificio con visión limitada Cada noche esos nombres se repetían más y más.
Una noche, la sala de espera de la estación se llenó antes de la hora habitual el autobús seguía sin llegar. El olor a ropa mojada flotaba en el aire; la lluvia golpeaba el tejado. Los niños intentaban hacer deberes en una mesa de equipajes, mientras los mayores se aferraban a sus bolsas de compra. A las ocho quedó claro: nadie llegaría a casa a tiempo esa noche.
Alguien propuso redactar una petición colectiva al alcalde allí mismo:
Si todos firmamos, tienen que escucharnos.
Se anotaron nombres, direcciones de los pueblos; alguien sacó un cuaderno para la lista de firmas. Se hablaba en voz baja el cansancio superaba la ira. Cuando la más pequeña del grupo, Inés, empezó a llorar de miedo por pasar la noche sola entre desconocidos, la determinación se volvió un sentimiento común.
Redactaron la carta juntos: pedían reinstaurar el recorrido nocturno al menos cada dos días o encontrar otra solución para quienes dependen del transporte para volver a casa a tiempo. Detallaron el número de afectados por cada localidad, subrayaron la importancia del servicio para niños y ancianos, y adjuntaron la lista de firmantes del propio salón de espera.
A las ocho y media la petición estaba lista; la fotografiaron con el móvil para enviarla por correo electrónico a la alcaldía y imprimieron una copia para entregarla en la secretaría a la mañana siguiente.
Nadie volvió a discutir si debía luchar por la línea o confiar en iniciativas privadas; la devolución del autobús se había convertido en una cuestión de supervivencia para varias familias.
El día después de presentar la solicitud hizo un frío inusitado. El escarcha cubría la hierba frente a la estación, cuyas puertas de cristal aún conservaban las huellas de las manos de la noche anterior y las marcas de botas de los que habían esperado. En la sala se reunían las mismas caras: alguien llevaba una termos con té, otro traía las últimas noticias del grupo de mensajería.
Ahora las conversaciones eran más susurradas, pero la preocupación era evidente. Todos esperaban la respuesta del ayuntamiento, conscientes de que esas cosas no se resuelven en un abrir y cerrar de ojos. Los niños revisaban sus teléfonos, los mayores compartían conjeturas sobre cómo llegarían si el autobús no volvía. Lidia, la dependienta, mostró una fotocopia de la petición para que nadie se olvidara de que habían hecho todo lo posible.
Al caer la tarde, el grupo volvía a reunirse junto a la parada o en la banca frente a la farmacia. Ya no sólo hablaban de la línea; planeaban turnos de adultos que acompañaran a los niños o la posibilidad de alquilar una microautobús para los días más duros. Pero el cansancio se sentía en cada gesto: incluso los más animados hablaban más despacio, como si quisieran conservar la energía.
En el chat local, casi a diario aparecían actualizaciones: alguien llamaba al ayuntamiento y recibía respuestas evasivas; otro reenviaba fotos del salón de espera con el comentario Esperamos juntos. La activista Teresa publicaba informes sobre cuántas personas habían tenido que buscar aventones o pasar la noche en el centro del municipio durante la semana.
Todo quedaba claro: el problema había trascendido una sola aldea o familia. En las redes surgieron publicaciones pidiendo likes y reposts para que las autoridades vieran la magnitud del problema.
El silencio administrativo pesaba más que cualquier tormenta. La gente se preguntaba ¿y si los funcionarios siguen considerando la ruta no rentable? ¿Qué harán los que no pueden esperar ni una hora? Por la noche, las ventanas de las casas se iluminaban con una luz amarilla que se filtraba a través del escarchado; en las calles casi no había gente todos evitaban salir sin necesidad.
Tras varios días llegó la primera respuesta oficial: la petición colectiva había sido admitida a estudio y se iniciaría un análisis del flujo de pasajeros. Pedían confirmar el número de necesitados por cada aldea, indicar los horarios de los clubes escolares y el calendario de la clínica para los mayores. Todos colaboraron: los profesores elaboraron listas de alumnos con direcciones, el personal de la farmacia ayudó a recabar datos de pacientes de los pueblos cercanos.
La espera de una decisión se convirtió en una preocupación compartida por todo el municipio. Incluso quienes antes eran indiferentes al autobús empezaron a interesarse por su destino, porque ahora estaba claro que el asunto afectaba a la mitad de la población.
Una semana después, el frío se intensificó; el asfalto se cubrió de una capa helada. En el ayuntamiento se formó una pequeña multitud esperaban el veredicto de la comisión de transportes. Algunos llevaban la copia de la petición; a su lado, escolares con mochilas y pensionistas abrigados.
Al mediodía, la puerta se abrió y la secretaria entregó una carta del alcalde. En ella se anunciaba oficialmente: el recorrido se restablece parcialmente el servicio nocturno circulará cada dos días según el horario aprobado hasta el final del invierno; el número de pasajeros será controlado mediante hojas de registro; si la ocupación se mantiene, se reactivará el servicio diario en primavera.
Las primeras emociones fueron mixtas: alegría por la victoria, alivio por el fin de una semana de incertidumbre y cansancio por el desgaste. Algunos lloraron en la entrada del ayuntamiento; los niños se abrazaban saltando de felicidad.
El nuevo horario se colgó junto al anuncio de la cancelación; los vecinos lo fotografiaron y lo reenviaron a los pueblos vecinos. En las tiendas se comentaban los cambios:
Lo importante es que ahora sí que pasa algo. Yo ya pensaba que tendría que ir a pie
¡Cada dos días vale! Que vean los funcionarios cuántos somos.
La primera salida del resto del recorrido fue el viernes por la tarde una densa neblina cubría la carretera, el autobús surgió lentamente del blanco vapor con los faros encendidos, desafiando la oscuridad de noviembre.
Los niños se acercaron a los asientos delanteros, los mayores se acomodaron junto a las ventanas; entre ellos circulaban breves felicitaciones:
¡Mira, lo hemos conseguido!
¡A ver si lo mantenemos!
El conductor saludó a todos por nombre y verificó con cuidado las firmas en la nueva hoja de registro.
El autobús avanzó despacio, mientras por la ventanilla pasaban campos y tejados bajos con chimeneas humeantes. La gente miraba al frente con más tranquilidad que antes como si el tramo más duro ya se hubiera superado juntos.
A María del Carmen le temblaban las manos de la emoción mucho tiempo después de bajar del autobús en casa; sabía con certeza que, si surgía otro problema, los vecinos que había firmado esa noche estarían allí para ayudarla.
El municipio volvió a su ritmo habitual, pero ahora cada mirada cruzada parecía un poco más cálida. En la banca junto a la parada se hablaba de futuros viajes y se agradecía a quien tomó la iniciativa aquella noche bajo la lluvia.
Al caer la noche, el autobús se detuvo nuevamente en la plaza central; el conductor hizo un gesto de despedida a los niños que salían de la escuela:
¡Hasta pasado mañana!
Y esa simple promesa sonó más fiable que cualquier orden que pudiera venir desde arriba.







