Considerando a su madre una carga, el hijo la internó en la residencia de ancianos más barata. ‘¿Cuál era su apellido de soltera?’…

Considerando a su madre una carga, el hijo la internó en la residencia de ancianos más barata que encontró. «¿Apellido de soltera?»… Ana María López giró lentamente la cabeza y lo miró directamente a los ojos. «No lo hagas, David», dijo en voz baja pero clara. «No mientas. Al menos ahora no». Bajo su mirada, ausente de reproche pero llena de un dolor maternal infinito, David sintió un impulso de salir corriendo del coche y no volver la vista atrás.

De pronto comprendió que estaba cometiendo el peor error de su vida. Uno que quizás nunca podría enmendar. Pero el taxi ya se aproximaba a las grises puertas con un letrero descascarado, y no había vuelta atrás. El vehículo se detuvo frente a un edificio de ladrillo desgastado, de dos pisos, rodeado de árboles raquíticos y desnudos.

El letrero de «Residencia La Paz Eterna» estaba pintado con letras impersonales, bajo las cuales asomaba el óxido. Aquella «paz» se parecía más a un naufragio, un último refugio para aquellos cuyas vidas habían naufragado hacía tiempo. David pagó al taxista, evitando su mirada, y ayudó a su madre a salir. Su mano en la suya era fría y casi ingrávida, como la pata de un pájaro.

El aire allí era distinto, nada urbano. Olía a humedad, a hojas podridas y a algo indescriptiblemente decadente. Desde una ventana entreabierta en la planta baja se escuchaba el sonido de un televisor y una tos anciana. Ana María se detuvo, observando el paisaje desolador.

En su rostro no había miedo ni desesperación, solo una curiosidad distante, como si fuera una turista en un lugar desconocido y poco agradable. «Bueno, aquí estamos», dijo David con falsa energía, tomando su bolso. «Vamos, nos esperan». Dentro, los recibió un largo pasillo iluminado con luz mortecina.

Las paredes, pintadas de un verde institucional desagradable, estaban marcadas por grietas. El piso, cubierto por un linóleo gastado, crujía con cada paso. En el aire flotaba el olor pesado a lejía, comida barata y vejez. Tras las puertas entreabiertas de las habitaciones se escuchaban murmullos, quejidos, palabras incoherentes.

Junto a la pared, en un sofá hundido, dos ancianas con batas idénticas miraban sin expresión a un punto fijo. Una de ellas giró lentamente la cabeza hacia ellos, y su boca desdentada se curvó en una sonrisa inquietante. A David le recorrió un escalofrío. Sintió un deseo casi físico de dar media vuelta y llevarse a su madre de allí, a cualquier otro sitio.

Incluso de vuelta a su viejo piso, o a su propia casa en construcción. Pero entonces imaginó el rostro de Lucía, sus ojos fríos y reprobadores. Oyó su voz: «Otra vez flaqueaste, David. Sabía que no podía contar contigo». Y obligó sus pies a seguir avanzando.

De niño, había imaginado el infierno. Después de leer libros, lo dibujaba en su mente con ríos ardientes y calderas de brea hirviendo. Pero ahora entendía que el verdadero infierno era distinto. Olía a lejía, estaba pintado de verde y reinaba un silencio abrumador de desesperanza.

Un recuerdo de la infancia emergió de pronto, nítido. Tenía siete años. Él y su hermano Javier construían una cabaña con ramas en el patio. David se cortó un dedo, la sangre brotaba, le dolía y tenía miedo. Lloraba. Javier, tres años mayor, examinó la herida con seriedad, la lavó con agua del grifo y la vendó con una hoja de llantén.

«No llores, enano», dijo con su voz ya grave. «Siempre estaré aquí para protegerte. Siempre». ¿Dónde estás ahora, Javier? ¿Por qué no estás aquí? El pensamiento fue tan vívido que David se estremeció. No había pensado en su hermano en años, intentando borrar su recuerdo como algo innecesario.

La muerte de Javier durante el servicio militar había sido una tragedia familiar, pero para David, en sus raros momentos de honestidad, también fue una liberación. Se había librado de las eternas comparaciones, de la sombra del hermano mayor, más inteligente, más fuerte, que, creía él, su madre prefería.

«La directora los atenderá», dijo una voz femenina. Desde el mostrador de recepción, cubierto de papeles, asomó una joven con bata blanca. «Está ocupada ahora. Pueden esperar o dejar los documentos con la enfermera para el ingreso».

«Marina, recibe a la nueva residente». La puerta de una oficina contigua se abrió, y apareció una mujer de mediana edad. Rostro cansado pero amable, pelo corto, ojos marrones atentos. Vestía un uniforme médico sencillo, que, a diferencia del resto del lugar, estaba impecablemente limpio y planchado.

«Pasen», dijo con un gesto hacia David y Ana María. Su mirada se posó en el rostro de la anciana con compasión profesional, luego se detuvo en David. No había reproche, solo una tristeza contenida.

La oficina de la enfermera era pequeña pero, sorprendentemente, acogedora. En el alféizar había una maceta con geranios, en la pared un calendario con gatitos. Era un islote de vida en medio de un reino de deterioro.

«Siéntense», indicó Marina, señalando dos sillas frente a su escritorio. «Soy Marina. Seré la enfermera de su madre». Ana María se sentó dócilmente, colocando su bolso sobre las rodillas. David permaneció de pie, apoyado en el marco de la puerta. Se sentía fuera de lugar, como un extraño.

«Los documentos, por favor». David le entregó la carpeta con el pasaporte de su madre, los documentos médicos y el formulario de ingreso. Marina comenzó a llenar la ficha con preguntas rutinarias: fecha de nacimiento, grupo sanguíneo, enfermedades crónicas, alergias. David respondía por su madre, que parecía sumida en sí misma, ajena a todo.

Hablaba rápido, con brusquedad, deseando terminar aquel trámite humillante. Pero entonces Marina se dirigió directamente a Ana María, y su voz se suavizó: «No se preocupe. Aquí no es un lujoso retiro, pero cuidamos bien de nuestros residentes. Nadie la molestará».

Ana María alzó la vista hacia ella, y en sus ojos brilló algo parecido a gratitud. Era la primera persona en ese lugar que la trataba como a un ser humano, no como a un objeto. David sintió un pinchazo de celos. ¿Cómo era posible que una desconocida conectara con su madre en minutos, cuando él, su propio hijo, no había logrado que pronunciara palabra en todo el viaje?

«Casi terminamos», dijo Marina, pasando una página. «Solo queda lo formal. Estado civil: viuda. Hijos…». Miró a David. «Un hijo: David López Fernández. ¿Correcto?».

«Correcto», murmuró él.

Hizo una anotación en la ficha. Su pluma se deslizaba con trazos pulcros, casi caligráficos. David observó sus manos cuidadas y pensó que aquella mujer no pertenecía a un lugar tan miserable. Había en ella un aire de dignidad, de inteligencia, que chocaba con la miseria circundante.

Marina alzó la vista de nuevo. Esta vez, su mirada se detuvo en el rostro de Ana María con una curiosidad intensa, casi ansiosa. David pensó que quizás era solo deformación profesional, esa costumbre de los médicos de ver en cada paciente un enigma.

No podía imaginar que la siguiente pregunta de aquella mujer callada y cansada haría añicos su mundo, derrumbando sobre él los escombros de la vida que con tanto cuidado había construido.

«Último punto», dijo Marina, y su voz sonó extrañamente apagada, como si hablara bajo el agua. «Apellido de soltera. Para el archivo».

Aquella pregunta rutinaria hizo que Ana María se estremeciera. Bajó la vista, y sus dedos delgados y surcados de arrugas jugueteaban nerviosos con el cierre de su bolso. David suspiró, impaciente. «Martínez», dijo Ana María, tan bajo que casi no se oyó. Marina asintió, anotando con cuidado. Luego levantó la vista, lentamente, y miró a David. Sus ojos ya no eran amables. Eran dos pozos oscuros, llenos de una memoria que no podía estar allí.
«Martínez», repitió Marina, esta vez con voz firme. «Como mi madre».
David retrocedió un paso. El aire se volvió espeso.
«Yo no tengo hermanas», dijo Ana María, mirando ahora a la enfermera con una mezcla de miedo y reconocimiento.
Marina se quitó lentamente el broche del uniforme. Bajo la bata, en la muñeca, llevaba una pulsera de hilo rojo, desgastada, con un pequeño dije de metal: una letra *M*.
La misma que Ana María había perdido treinta años atrás, la noche que dejó a su hija en la puerta de una iglesia, bajo la lluvia.
Nadie habló. El silencio fue suficiente.

Оцените статью
Considerando a su madre una carga, el hijo la internó en la residencia de ancianos más barata. ‘¿Cuál era su apellido de soltera?’…
You’ve Had Your Turn, Now It’s Our Time to Shine