Los relojes siguen corriendo
¿Qué hacemos entonces, doctor? La voz de Lucía tembló. Años de intentos, exámenes, lágrimas y ahora, la última esperanza: un profesor con reputación.
¿Qué hacer? Vivir. O su mirada deslizó entre ella y Alejandro cambiar de pareja. Usted, señora, pronto cumplirá cuarenta. Los relojes no se detienen. Podría tener un hijo. Solo que, probablemente, no con él.
La franqueza del profesor Mendoza era vista por sus colegas como un defecto, y por los pacientes como crueldad. Pero para Marcos Ignacio, era la única forma de misericordia. Había visto a mujeres de cuarenta, engañadas por la esperanza, quedarse sin nada. Creía su deber cortar de raíz, por doloroso que fuera.
¿No cree en los milagros, doctor? preguntó Lucía. ¿Cree que no tenemos ninguna oportunidad?
Siempre hay oportunidades, pero yo creo en las estadísticas cortó Mendoza. Y estas, ay, son frías. Más vale una verdad amarga que una mentira dulce que les robe sus últimos años. Si quieren, prueben con nuevas tecnologías, pero la verdad es que ambos están sanos y pueden tener hijos. La infertilidad idiopática suele tener causas psicológicas. Decidan qué hacer.
Claro, a Lucía le habían advertido que el doctor Mendoza era directo hasta la grosería. Pero una cosa era escuchar historias ajenas, y otra que te lo dijeran a ti.
En el coche, ella y Alejandro guardaron silencio.
Las palabras «cambiar de marido» flotaban en el aire como gas venenoso. Lucía miraba a Alejandro, con quien había pasado por todo. «¿Dejarlo? pensaba. ¿Después de tantos años siendo uno solo? ¿Compartiendo no solo el hogar, sino cada fracaso, cada lágrima? ¿Por la ilusión de un hijo con otro? No vale la pena».
¿Será un castigo? ¿Una señal? rompió el silencio Alejandro. Tantos años sin querer hijos, pensando solo en el dinero
No digas eso, tenemos nuestro amor respondió Lucía. La verdad, ya estoy cansada de intentarlo. Quiero vivir. Estamos bien juntos. Se puede ser feliz sin hijos. ¿O no lo éramos antes?
Alejandro apretó su mano en silencio.
Diez años juntos, no solo como esposos. Eran cómplices, un equipo que lo compartía todo: desde el bocadillo de jamón tras su primer negocio exitoso hasta las noches en vela con planes empresariales. No hubo tiempo para hijos; su éxito fue su hijo. El piso, el coche, la casa en la sierra todo fruto de su esfuerzo.
Tras la visita a Mendoza, Lucía se relajó. Adoptaron dos gatos lo habían pospuesto por el posible hijo, compraron una casita en las afueras y dejaron atrás la obsesión por ser padres. La vida sabría lo que era mejor.
Y al año y medio, el milagro: dos rayitas.
Nació Javier. Lucía disfrutó su nuevo rol, siendo la madre perfecta según los libros. Alejandro se hundió en el trabajo, el padre ejemplar. Desde fuera, parecían felices. Su matrimonio, inquebrantable. Habían superado la infertilidad y coronado con un hijo tardío. Pero hasta las rocas se deshacen, no por terremotos, sino por el agua que las corroe por dentro.
Lucía era cinco años mayor. A sus veintidós, él se enamoró de su ambición compartida. Ella siempre llevó la batuta. Los intentos fallidos los unieron, pero sembraron una pena callada. Con Javier, Lucía perdió interés en Alejandro. Dejaron de ser esposos para ser madre y padre.
***
El día fatal fue cualquiera. Una visita rutinaria al pediatra. Pasillos largos, olor a desinfectante, llantos. Alejandro esperaba con Javier, distraído. De pronto, entró ella. Una mujer con un niño de seis años. No una belleza, pero con una energía eléctrica. Sus miradas se cruzaron. No apartaron la vista. Fueron segundos, pero bastaron.
¿Papá, qué pasa? tiró de su mano Javier.
Alejandro se sobresaltó.
Nada, hijo.
Se acercó al dispensador de agua. Sus ojos volvieron a encontrarse. Él dijo algo. Solo unas palabras. Un rayo que quemó su pasado en un instante.
Se llamaba Olga. En una hora de espera, se contaron todo. Matrimonios que asfixiaban. La vida pasando de largo. La desesperación silenciosa. No fue atracción. Fue reconocerse. Un relámpago que iluminó la mentira de sus vidas.
Dos semanas después, Alejandro llegó tarde a casa. Lucía, como siempre, le esperaba con la cena.
Cariño, Javier y yo te extrañamos
Él entró sin quitarse el abrigo. Su rostro, demacrado y a la vez iluminado.
Lucía, hay que hablar.
¿Qué pasa? ¿Estás bien?
Conocí a otra mujer suspiró, incapaz de mirarla. Y entendí que toda nuestra vida fue mentira. Bonita, cómoda, pero mentira.
Lucía se quedó helada. La habitación giró.
¿Qué qué dices? ¿Qué mujer? ¡Alejandro, despierta! ¡Tenemos familia! ¡Un hijo!
¡No he respirado en años, Lucía! su voz estalló. Funcionaba. Era el marido perfecto, el padre perfecto, pero no estaba vivo. Ahora ahora respiro. ¡Por primera vez en quince años!
¿Y yo? susurró ella, lágrimas recorriendo su rostro. ¿Y nuestro amor? ¿Javier? ¿Todo fue falso? ¡Decías que me amabas!
Creí que eso era amor dijo él, exhausto. Pero era costumbre. Obligación. No puedo fingir más. Perdóname. Vendré a ver a Javier.
Giró y salió, cerrando de golpe. Lucía se quedó ante la cena fría, en silencio, solo roto por el tictac del reloj.
Tic, tac, tic, tac Como un eco del pasado.
***
Se fue. Abandonó propiedades, familia, vida. Partió con Olga y su hijo a Barcelona, dejando a Lucía con el corazón roto y un niño de cinco años que no entendía por qué su padre no volvería a leerle cuentos.
Los primeros meses fueron infierno. Lucía actuaba en automático: dar de comer, acostar a Javier, llorar en la almohada. Rabia, desesperación, autocompasión todo enredado.
Pero una noche, al acostar a Javier, no dijo «papá está trabajando». Fue honesta: «Papá vivirá aparte. Pero te quiere». Hablaba para su hijo, y para sí misma. Era hora de crecer.
Lucía se cortó el pelo, se tiñó de rubio, rescató su diploma y tomó cursos. El mundo, reducido al parque infantil, volvió a expandirse.
Allí encontró a Sergio, su compañero de colegio. El de las notas tontas en clase. Su matrimonio también había fracasado; su hija vivía con la madre. Empezaron a verse, sin cursilerías. Café, paseos, recuerdos de viejos maestros. Y Lucía entendió que podía ser ella misma: cansada, imperfecta, sin la máscara de «esposa feliz».
***
Su boda fue sencilla. Solo firmaron y se fueron al campo, con Javier.
Sergio no intentó reemplazar a su padre. Simplemente estuvo ahí. Ayudó con tareas, arregló la bici, lo llevó a pescar. Sin drama. Poco a poco, la herida de Lucía cerró.
Cuando supo que estaba embarazada, a sus cuarenta y tres, temió la reacción de Sergio. Pero él la abrazó y susurró: «Lo superaremos. Juntos».
El parto fue duro. La doctora, una mujer mayor y atenta, sonrió al nacer una niña sana:
¿Segundo parto pasados los cuarenta? Es valiente.
No valiente sonrió Lucía, mirando a su hija. Solo con otro hombre.
***
Tres años después, llevando a su hija al jardín, Lucía se topó con Alejandro. Él sonrió:
Hola. Estás radiante. Supe que te va bien.
Sí, gracias respondió ella. Bien. De verdad.
Ese mismo día, buscó en internet la clínica. El profesor Marcos Ignacio Mendoza aún atendía. Una leyenda.
Entró en el mismo consultorio. Él apenas había cambiado.
Marcos Ignacio, no me recordará. Hace años, me dijo que cambiara de marido para ser madre.
Él frunció el ceño, esperando reproches.
Vine a darle las gracias sonrió Lucía, sin rencor. Su verdad me destrozó entonces. No le hice caso, pero ahora entiendo que me ayudó. La vida encontró su camino, no tan recto como usted pensaba. Gracias.
Mendoza asintió en silencio. Tras su partida, miró por la ventana. No recordaba a Lucía ni a Alejandro. En cuarenta años, miles de parejas habían pasado por allí. Solo recordaba diagnósticos y la terquedad de quienes se aferraban a ilusiones.
Lucía salió a la calle, donde su hija la esperaba. La niña hablaba animada. Ella la tomó de la mano. Por primera vez en años, el «tic tac» del reloj no le provocó más que gratitud por sus dos vidas: la con Alejandro, y esta, la verdadera, que construyó con Sergio. Ambas fueron necesarias. Ambas la hicieron quien era.







