Cuando tu suegra…

Vicente, Vicente… ¿qué haces durmiendo? ¡Despierta, hombre! Así te vas a perder la vida entera. Mira tú qué plan, dormir como un tronco… ¡Vicente, levántate o se te va a escapar la suerte!

Adelaida Márquez, por el amor de Dios, déjeme dormir un poco más…

¡Déjame dormir, dice! Ya dormirás cuando te jubiles.

Sí, claro, o en el otro mundo, como usted dice.

Ni lo sueñes. ¡Arriba! Venga, vamos… ¿o qué?

Vicente se miró al espejo: ojeroso, la cara hinchada, como si le hubieran dado una paliza.

¿Y bien?

No me apetece, y punto. Vete a lavar la cara, afeitarte, arreglarte un poco. Tiempo te sobra. ¡Vamos!

¿Qué tiempo, Adelaida Márquez?

El que sea.

Vicente arrastró los pies hacia el baño, refunfuñando entre dientes. Era mejor no soltar lo primero que se le viniera a la cabeza, no fuera que la muy bruja le lanzara una zapatilla a la cara o le diera un guantazo en el cogote. «Y ahora encima me educa, que le den morcilla», pensó Vicente, rabioso.

Vicente, ¿te he contado alguna vez que a veces puedo leerte el pensamiento? ¿No? Pues ya lo sabes la suegra se acomodó en la cama, adoptando una postura de loto como si tal cosa . Efecto secundario del más allá. Anda, ve a lavarte, lávate bien los dientes y no te olvides de afeitarte, que pareces un maquis.

Vicente sabía que discutir era inútil. Ni viva ni muerta, Adelaida Márquez siempre llevaba la razón.

Su suegra, por cierto, ya no estaba entre los vivos. Bueno, no exactamente. Era un fantasma.

Sí, como lo oyes.

No, no se había vuelto loco, ni se había emborrachado hasta ver visiones… Simplemente, un día, Adelaida Márquez apareció en su piso.

Después de que la hubieran enterrado, claro.

Sí, te oigo. Casi siempre sé lo que piensas asintió la suegra, flotando suavemente por el aire . ¿Cómo pudo mi Lucita aguantarte tantos años? Eres un dinosaurio, un auténtico troglodita.

Vicente se encogió de hombros y siguió hacia el baño.

Con Lucía se habían divorciado hacía un año. Los hijos ya eran mayores, con vidas propias. Lucía, de pronto, dio un portazo, lo llamó «machista opresor», dijo que no la dejaba «realizarse como mujer», metió sus cosas en una maleta y se marchó.

Vicente se quedó solo, desconcertado.

Cuando la llamó, ella le espetó que no quería saber nada de un «patriarca retrógrado». Jamás le habían insultado así.

¿Y cómo iba a dejar de ser un «patriarca», según Lucía? Si él, Vicente, era albañil, construía casas, cobertizos, hasta barbacoas en los jardines. Qué cosas tenía la mujer, además de esa manía de soltar palabrotas raras.

En fin, que se había puesto en manos de un tal «coach» (¿qué demonios era eso?) y decidió que su vida con Vicente había sido un calvario. Que la había esclavizado, obligándola a cocinar lentejas y hacer croquetas.

Por eso precisamente, las croquetas de Lucía eran una obra de arte…

A Vicente se le hizo la boca agua. De pronto, una idea cruzó por su mente. Con media cara afeitada, salió corriendo al pasillo.

¡Adelaida Márquez!

¿Qué quieres ahora? ¡No grites!

Adelaida Márquez, ¿me enseña a hacer cocido? Por favor.

¡Ya te vale! ¿Para qué voy a revelar el secreto de mi cocido?

¿Y para qué lo quiere usted allí? ¿Se lo va a cocinar a los demonios?

¡Qué guarro eres!

Bueno, tiene razón… El cocido de Lucía es mejor que el suyo.

¡Qué dices! A cocinar se lo enseñé yo.

Pues ya ve, Vicente siguió afeitándose, sin importarle ya las normas, que su día libre se había ido a pique, que había tenido que levantarse a las siete… La suegra no iba a dar su brazo a torcer.

Pues eso, la suegra se agitó, flotando de un lado a otro antes de posarse en una silla (al principio daba volteretas como un payaso, pero ahora hasta podía coger objetos, como una zapatilla) . ¡A Lucía la enseñé yo, zoquete!

No lo discuto, pero a veces el alumno supera al maestro.

¿Qué? A ver, dime: ¿qué carne usa Lucía para el cocido?

Cerdo, claro.

Pues no, pardillo. Tiene que ser ternera.

Ah, ¿y también me va a decir que no se cuece en esta olla, sino en aquella?

¡Pero si estás ciego! En esa de ahí…

Así, entre los dos, Vicente preparó un cocido, apuntando cada paso en una libreta.

Se sentó en la cocina, bien afeitado, y probó aquel cocido celestial…

Mmm, madre… usted es un genio.

¿Qué dices?

Su cocido es increíble.

¿Y el de Lucía?

Pfff, ni comparación… Oiga, ¿está llorando? ¿Los fantasmas pueden llorar?

No lo sé, dijo la suegra, entre sollozos . Eres un canalla, Vicente.

Pero ¿ahora qué he hecho mal?

Nada… «Madre» me has llamado, desgraciado. Y ahora… mira cómo me has puesto. Vicente, yo solo quería hacerte feliz.

¿Cómo?

Pues… tenía que mandarte a sacar la basura, limpio y bien arreglado, a las siete menos cuarto. Al mismo tiempo, habría salido Gregoria, la solterona del cuarto, que acaba de mudarse. Os habríais chocado, literalmente, y luego…

Ajá… ¿Y luego qué?

Nada, Vicente los ojos de la suegra bailaban como solo pueden hacerlo los de un fantasma: uno para arriba, otro para un lado . Pues que… ya sabes, eso… y yo podría haberme ido. Era la condición.

¿Qué condición?

Para hacerte feliz.

O sea, que llevas casi un año aquí sabiendo todo esto. ¿Por qué no lo hiciste antes?

Pues porque… los ojos volvieron a bailar ¡Porque tú no paras con el maldito cocido! Como una lavativa, macho.

¿Yo?

¡Sí, tú! Y ahora me toca quedarme aquí quién sabe cuánto, hasta que…

¿Hasta qué?

Hasta que te vea feliz, ¡joder!

¿Feliz? ¿En serio? ¿Quién ha dicho que voy a ser feliz con una vieja cualquiera? ¡Si yo ya soy feliz!

¿Cómo?

Pues sí. Vivo, respiro, tengo la receta del mejor cocido del mundo. Y encima tengo a alguien que no me deja morirme de hambre, ni pudrirme en la cama, ni aburrirme. No estoy solo, te tengo a ti… madre.

Ay… vete al infierno chilló el fantasma, esfumándose en el armario, de donde salían quejidos y lloriqueos.

Vicente decidió ponerse a ordenar.

Pero ¿cómo limpias el espejo? ¡Vicente! Coge ese trapo de ahí…

***

Lucía no había dormido bien. Soñó con su madre, joven y hermosa, extendiendo los brazos hacia ella…

Quiso escuchar a su coach, el gran «Aurelio Maravillas», pero el vídeo no cargaba. Decidió llamarle por videollamada.

Ese ser divino que le había «abierto los ojos», siempre estaba disponible.

Pero Aurelio no contestó.

¿Sí? una voz ronca surgió de la nada. En la pantalla apareció una cara colorada . ¿Quién cojones me llama a las siete de la mañana? ¿Te has creído que esto es un teléfono de la esperanza?

Ay Lucía colgó. No, mejor dicho, cerró el portátil de golpe. Eso no era Aurelio, era un monstruo.

Después de pensarlo, decidió ir al piso de ese… hombre que la había convertido en una esclava. Bueno, ahora era «libre». Era feliz… casi. Le faltaba algo.

No sabía por qué, pero necesitaba ver a Vicente.

***

Vicente y Adelaida Márquez jugaban al ajedrez, riéndose a carcajadas.

«Se ha vuelto loco», pensó Lucía al ver a su ex marido hablando solo, riendo y moviendo piezas.

¡Ah, Lucía! Hola… Madre, te toca. ¡Jaque!

Lucía juraría que las piezas se movían solas.

«Este tío ha perdido la cabeza».

Qué bien te ves, Lucía… Aunque mamá dice que estás muy delgada. ¿No comes bien? ¿Quieres un plato de cocido? Es el de ella, el especial.

Eh… Vicente, ¿estás bien?

¿Yo? ¿Por qué no iba a estarlo? Mamá, bueno, tu madre, me ha prometido enseñarme a hacer croquetas.

Vicente… ¿qué madre? Ella… Lleva un año muerta.

Sí, y este año ha estado viviendo conmigo.

Vicente, por Dios, ¿qué te pasa? ¿Estás enfermo?

Estoy genial, Lucía. Como nunca. Venga, te invito a cocido.

Lucía decidió que con un loco era mejor no discutir.

El cocido olía… exactamente como el de su madre.

Vicente… ¿has hecho tú el cocido?

Sí, mamá me dio la receta. ¡Basta de llorar, Adelaida Márquez! Oye, Lucía, pregúntale algo que solo sepas tú y ella.

Vicente, esto es absurdo.

Da igual, piensas que estoy loco. Pregunta.

Mamá… ¿qué secreto te confesé en tercero de primaria?

¿Que yo te gustaba? ¿En tercero ya te gustaba?

Lucía se desplomó en una silla.

¿De qué color era mi carrito? ¿Cuántos años tenía cuando me salió el primer diente? ¿Quién es tía Paquita?

Todas las respuestas eran correctas.

No puede ser… Vicente… ¿Mi madre está realmente aquí?

Sí… Bueno, no exactamente. Es un fantasma, Lucía. Mamá, muéstrate.

Por un instante, Lucía vio a su madre. Luego, en destellos fugaces.

Está perdiendo energía, Lucía. Pero te quiere y quiere que seas feliz… ¿Que nosotros seamos felices? ¿Qué significa eso, Adelaida Márquez? ¡Espere! ¿Adónde va?

Mamá…

Vicente se despertó gritando. Lucía se incorporó de golpe.

¿Lucía?

¿Vicente? Lucía se arrebujó en la sábana . No entiendo cómo ha pasado esto… Espera… ¿Era un…?

Un sueño susurró Vicente.

¿A ti también te ha parecido ver a mamá como… fantasma?

Sí. Y que tú te habías ido con un tal coach…

¡Vicente!

¡Lucía!

Alguien golpeó la puerta.

¿Otra vez dormidos? ¡Vamos, arriba!

¿Mamá?

Adelaida Márquez, ¿entonces está viva?

¡Ni lo sueñen! Lucía, deja de ver tonterías, coaches y zarandajas. He tenido un sueño rarísimo, en el que vivía contigo, Vicente, como un fantasma.

Arriba, que nos vamos a la casa del pueblo. Hay mucho que hacer. A ti, Lucía, se te van a olvidar las tonterías. Y tú, Vicente, aprenderás a hacer cocido… por si las moscas.

***

Oye, Vicente… en treinta años de matrimonio con Lucía, ¿por qué nunca me llamaste «madre»?

No sé… madre.

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