El Precio del Consenso

El Precio del Consenso

El anochecer de un día laboral comenzaba con el bullicio habitual: los padres volvían del trabajo, los niños de las actividades extraescolares, y en la pantalla del móvil parpadeaba ya el icono del grupo de WhatsApp del colegio. La luz cálida de la cocina se reflejaba en el cristal de la ventana, tras el cual se desvanecían los últimos resquicios del crepúsculo. En el alféizar, junto al radiador, yacían los guantes mojados del hijo, dejados allí a toda prisa los charcos de agua se extendían por el plástico desgastado, recordando que la primavera en Castilla no acababa de despertar.

En el grupo, donde solían intercambiarse breves recordatorios y enlaces a los deberes, apareció de pronto un mensaje largo y cuidadosamente editado de Natalia Serrano, la delegada de clase. Escribió sin preámbulos: «Estimados padres: Por la necesidad urgente de mejorar las condiciones del aula cortinas nuevas, pizarras, decoración para la fiesta SOLICITAMOS aportar 70 antes de mañana por la tarde. Todo por nuestros niños. No se discute.» El emoticono al final parecía más formulado que alegre.

Normalmente, estos mensajes generaban un rápido «+» como respuesta y una silenciosa ola de conformidad. Pero esta vez, los padres reaccionaron distinto. El grupo quedó en silencio. Alguien escribió: «¿Por qué tanto?», otro recordó la cuota del otoño, que había sido menor. Varios reenviaron el mensaje en privado, sin atreverse a hablar en público. La noche avanzaba, y bajo la ventana se escuchaban pasos chapoteando los niños volvían a casa, dejando huellas embarradas en el recibidor. Entre tanto, alguien se quejó: «El patio del cole parece un lodazal. Hasta junio con botas de agua.»

El grupo cobró vida. Una madre, cansada pero poco dada a callar, preguntó: «¿Podemos ver el informe del año pasado? ¿En qué se gastó el dinero?» El mensaje acumuló rápidamente varios «me gusta», y pronto llegaron las respuestas. Natalia Serrano contestó con educación pero firmeza: «Todo se gastó según lo previsto. Sabemos que tenemos la mejor clase. No hay motivo para revolver el pasado. Lo urgente es no retrasarse. Ya he pedido parte del material. Hay que pagar mañana.»

Mientras, el móvil de Javier un padre cualquiera de un niño de segundo descansaba en la mesa de la cocina, entre una caja de arroz y una taza de té no del todo vacía. Miraba la pantalla, tratando de entender lo que ocurría. Por costumbre, no se apresuraba a responder, aunque notaba una creciente irritación. La suma parecía excesiva, y el tono del mensaje, demasiado tajante. En la habitación contigua, su hijo contaba a su madre cómo habían pintado gotas en los cristales para decorar el aula. Javier escuchaba distraído mientras las notificaciones del grupo se convertían en un murmullo constante el móvil vibraba cada treinta segundos.

Poco a poco, surgieron nuevas voces en el chat. Una madre escribió: «No estamos en contra, pero ¿por qué no se puede hablar de la cantidad? ¿Quizá un mínimo?» Otros la apoyaron: «Con dos niños en el cole, 140 es mucho. Hablemos, al menos.» Los más comprometidos reaccionaron con nerviosismo. «La cantidad ya se acordó en la reunión», insistió Natalia Serrano. «Si alguien no puede, que me escriba en privado. No hagamos un circo. En otras clases pagan más.»

El grupo se dividió entonces en dos bandos. Unos defendían la iniciativa, argumentando que «todo era por los niños»; otros exigían transparencia y voluntariedad. Javier decidió no callarse. Escribió: «Apuesto por gastos públicos. ¿Podemos ver la tabla del año pasado? ¿Y por qué no un fondo común donde cada uno decida cuánto aportar?» Su mensaje pasó desapercibido al principio, pero pronto recibió más apoyos que ningún otro esa noche.

Los acontecimientos se sucedieron rápidamente. Los delegados compartieron fotos de recibos incompletos, dispersos. Alguien observó: «¿Y los adornos de Navidad? Ya pagamos por eso.» La respuesta fue irritada: «No perdamos el tiempo en detalles. Todo fue claro. Dedicamos nuestro tiempo a los niños.» La discusión se volvió cada vez más acalorada. Mientras, alguien envió una foto del patio niños chapoteando en el barro con botas de goma. Bajo la imagen, estalló el debate: «¿No sería mejor gastar en felpudos para la entrada?»

Entonces, una madre Isabel propuso crear una tabla de gastos compartida. Escribió: «Compañeros, votemos: ¿quién está a favor de aportaciones voluntarias y transparencia? Yo puedo llevar la cuenta. Aquí está el ejemplo del año pasado.» Adjuntó una captura con cifras y saldos. Algunos padres veían aquellos números por primera vez. La discusión escaló ya no era solo la suma, sino el derecho a exigir cuotas fijas.

Aparecieron mensajes como: «Cada uno tiene su situación. No presionemos», «Las aportaciones deben ser voluntarias», «Yo puedo ayudar con los adornos, no con dinero.» Los delegados intentaron reconducir la conversación: «El tiempo corre. El material ya está pedido. Si alguien no paga, los niños perderán.» Pero la presión ya no funcionaba. Muchos escribieron abiertamente: «Queremos transparencia. Si es obligatorio, no participo.»

El clímax llegó de golpe: Isabel publicó una tabla con los gastos reales del año anterior y propuso una votación. Escribió con firmeza: «Padres, votemos abiertamente. ¿Quién está a favor de aportaciones voluntarias y cuentas claras? Acordémonos como adultos. Esto es por los niños, pero también por nosotros.» El grupo guardó silencio por un minuto. Algunos reenviaron el mensaje; otros llamaron a conocidos del AMPA. Nadie podía fingir que todo seguía igual. Había que decidir ya.

Tras la propuesta de Isabel, el chat se sumió en un incómodo vacío. Ni siquiera los emoticonos se movían como si de aquella votación dependiera no solo el dinero, sino el orden entero de la clase. Javier observó la pantalla: junto a su foto ya había unos cuantos «sí», algunos apoyaban tímidamente la idea. Pero enseguida surgió la duda: «¿Y si no juntamos lo necesario? ¿Qué pasa con las mejoras?»

Natalia Serrano intervino rápido. Su réplica fue más dura: «Compañeros, entiendo las dudas, pero hay plazos. Los adornos para la fiesta ya están encargados, parte pagados de mi bolsillo. Si no se cubre, habrá que devolverlos o yo asumiré el coste. Javier respiró hondo y escribió: «Propongo que quien pueda, aporte lo que pueda, sin presiones. Y que lo que sobre se guarde para el felpudo del patio.» Su mensaje flotó un instante, desnudo, sin un solo «me gusta». Luego, uno apareció. Luego otro. Y otro más. El silencio se rompió con pequeños acuerdos: una madre ofreció coser cortinas, otro padre donó rollos de papel pintado. Natalia no respondió. Al día siguiente, el patio seguía encharcado, pero alguien había puesto una tabla de madera junto a la puerta. Y en el grupo, por primera vez en años, nadie se atrevió a enviar un «+».

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