Regresar a uno mismo

Volver a mi propio ritmo

Almudena García había tomado la costumbre de comenzar la mañana con la ventana abierta; en primavera el aire de Madrid es fresco, la luz se posa suavemente sobre el alféizar y, desde el patio trasero, se escuchan los pasos de los primeros paseantes y el canto agudo de un mirlo. Mientras el café burbujea en la cafetera, ella prende el portátil y, como primer acto, abre Telegram. En los últimos dos años ese canal se ha convertido, para ella, no solo en una herramienta de trabajo, sino también en un cuaderno de notas profesionales. Allí comparte consejos con sus colegas, responde a las preguntas de los suscriptores y analiza los problemas habituales de su sector, siempre con mesura, sin sermones y con paciencia ante los errores ajenos.

En los días laborables su agenda está pautada casi al minuto: videollamadas con clientes, revisión de documentos, correos electrónicos. Sin embargo, entre tarea y tarea, siempre se roba un momento para echar un vistazo al canal. Los mensajes nuevos aparecen con regularidad: alguien pide una recomendación, otro agradece una explicación clara de un tema espinoso. A veces los seguidores proponen nuevos asuntos para futuros posts o relatan sus propias experiencias. Después de dos años, Almudena ha internalizado que la comunidad se ha convertido en un verdadero espacio de apoyo y intercambio.

La mañana transcurre sin sobresaltos: algunos comentarios nuevos bajo la última publicación, un par de agradecimientos por el artículo de ayer sobre matices legales, y un colega que envía el enlace a un artículo recién publicado. Anota varias ideas para próximas entregas y, con una sonrisa, cierra la pestaña; el día de trabajo se muestra ya cargado.

Al mediodía, tras una llamada, Almudena vuelve a Telegram durante un breve receso. Su mirada se detiene en un comentario extraño bajo la última entrada: un nombre desconocido, tono cortante. El autor la acusaba de falta de profesionalismo y tachaba sus consejos de inútiles. Al principio decide no contestar, pero una hora después aparecen varios mensajes semejantes de otros usuarios, todos con la misma calaña acusatoria y despreciativa. Los argumentos se repiten: supuestos errores en sus textos, dudas sobre su cualificación, sarcasmo sobre consejos de un teórico.

Intenta responder de forma mesurada y con fundamentos al primer mensaje, citando fuentes y explicando la lógica de sus recomendaciones. Sin embargo, la ola de negatividad se intensifica: surgen nuevas acusaciones de deshonestidad y sesgo, algunos mensajes insinúan animosidad personal o ridiculizan su estilo.

Esa misma tarde intenta despejarse con una caminata: el sol aún no se ha puesto, el aire es tibio y el aroma a hierba recién cortada sale de los jardines del edificio. Pero los pensamientos vuelven al móvil. En su cabeza se agolpan posibles respuestas. ¿Cómo demostrar su competencia? ¿Vale la pena defenderse ante desconocidos? ¿Cómo es posible que en un espacio antes de confianza surja tal avalancha de críticas?

Los días siguientes la situación empeora. Cada nueva publicación recibe decenas de comentarios idénticos de burla y desdén; casi han desaparecido los agradecimientos y las preguntas constructivas. Almudena siente que revisa los mensajes con recelo: sus manos se humedecen al recibir cada notificación. Por la noche se queda horas frente al portátil, tratando de averiguar qué provocó tal reacción del público.

Al quinto día le cuesta concentrarse en el trabajo; la mente vuelve una y otra vez al canal. Parece que todos sus años de esfuerzo podrían quedar en nada frente a esa corriente de desconfianza. Casi deja de contestar; cada palabra le parece un blanco fácil o insuficiente. Siente una soledad interior dentro de un espacio que antes le parecía acogedor.

Una noche abre la configuración del canal. Sus dedos tiemblan más de lo habitual; contiene la respiración antes de pulsar el botón que desactiva los comentarios. Escribe brevemente: «Amigos, tomo una pausa de una semana. El canal queda suspendido temporalmente para replantear su forma de comunicarnos». Las últimas líneas le cuestan, pues quisiera explicar todo con detalle o justificarse ante sus fieles lectores, pero ya no le queda energía.

Cuando aparece la ventana de notificación de la pausa, Almudena siente alivio mezclado con vacío. La tarde es cálida; por la ventana entreabierta de la cocina se cuela el perfume de la hierba fresca. Cierra el portátil y se queda sentado en la mesa en silencio, escuchando las voces de la calle y reflexionando si podrá volver a lo que antes le daba alegría.

Al principio le cuesta acostumbrarse al silencio que sigue al cierre del canal. La costumbre de revisar mensajes persiste, pero ahora le acompaña también una sensación de descarga: ya no necesita defenderse, justificarse ni buscar fórmulas que agraden a todos.

Al tercer día de la pausa llegan los primeros mensajes privados. Primero, un colega escribe conciso y al punto: «Veo silencio en el canal; si necesitas apoyo, aquí estoy». Le siguen varios correos de quien la conoce personalmente o lleva tiempo leyendo sus publicaciones. Algunos comparten experiencias semejantes, hablan de enfrentarse a críticas y de lo duro que es no tomarlas a pecho. Almudena lee esas palabras despacio, a veces repitiendo las frases más cálidas.

En los mensajes particulares, los suscriptores preguntan: ¿qué ha pasado? ¿Estás bien? Sus palabras llevan mucho cariño y sorpresa; para ellos el canal era un lugar de diálogo profesional y apoyo. Almudena se queda asombrada: a pesar de la oleada de comentarios negativos, ahora la mayoría se dirige a ella con sinceridad y sin exigencias. Incluso hay quien simplemente agradece las publicaciones antiguas o recuerda algún consejo de años atrás.

Una noche recibe una carta extensa de una joven colega de Sevilla: «Te sigo casi desde el principio. Tus materiales me ayudaron a conseguir mi primer puesto y a no temer preguntar». Esa misiva se queda en su memoria más tiempo que las demás; siente una extraña mezcla de gratitud y ligera vergüenza, como si le recordaran algo importante que ella había dejado de lado.

Poco a poco la tensión cede paso a la reflexión. ¿Por qué una opinión ajena resultó tan destructiva? ¿Cómo pudo una decena de comentarios venenosos eclipsar cientos de respuestas tranquilas y agradecidas? Recuerda casos de su práctica: clientes desanimados tras una mala experiencia con otro profesional que, gracias a una explicación sencilla suya, recuperaron la confianza. Sabe por experiencia que el apoyo impulsa más que la crítica; el apoyo da fuerzas para seguir cuando parece más fácil rendirse.

Decide releer sus primeras publicaciones en el canal; esos textos surgieron con facilidad y sin temor a ser juzgada por lectores imaginarios. En aquel entonces no pensaba en reacciones externas; escribía para colegas con la misma naturalidad con que hablaría en una mesa redonda después de una conferencia. Ahora esos escritos le parecen especialmente vivos precisamente porque nacieron sin miedo al ridículo.

De noche contempla las ramas del árbol que asoma por la ventana; el follaje verde y denso parece una pared que separa su apartamento de la calle. Durante esa semana se permite no correr a ningún lado: desayuna con calma pepinos y rábanos frescos del mercado, pasea por los senderos sombreados del patio después del trabajo, a veces conversa por teléfono con colegas y, a veces, guarda silencio durante largos periodos.

Al final de la semana el temor interno se atenúa. Su comunidad profesional resulta más robusta que la efímera ola de negatividad; los mensajes amistosos y los relatos de los compañeros le devuelven la sensación de que su labor sigue siendo necesaria. Almudena experimenta un deseo cauteloso de volver al canal, pero de una forma distinta: sin la obsesión de agradar a todos y sin la presión de responder a cada puñalada.

En los últimos dos días de la pausa estudia con detalle la configuración de Telegram para canales. Descubre que puede limitar los comentarios solo a los miembros registrados, eliminar rápidamente mensajes indeseados o nombrar moderadores de entre sus colegas de confianza. Esos ajustes le brindan seguridad: ahora dispone de herramientas para protegerse a ella y a sus lectores de nuevas situaciones similares.

Al octavo día de la pausa se levanta temprano y siente una serenidad que no proviene de la presión interna. Abre el portátil junto a la ventana de la cocina; el sol ya ilumina la mesa y parte del suelo bajo el alféizar. Antes de reabrir el canal a todos los suscriptores, redacta un breve anuncio: «¡Amigos! Gracias a quienes me han apoyado en estos días con mensajes y cartas. Reanudo el canal con una versión renovada: los debates estarán reservados a los miembros del grupo y la norma es simple el respeto mutuo es obligatorio». Añade unas líneas sobre la importancia de mantener un espacio profesional abierto al intercambio constructivo, pero defendido contra la agresión.

El primer post tras la reapertura es conciso: un consejo práctico sobre una cuestión compleja de la semana; el tono sigue siendo el mismo, tranquilo y cordial. En una hora aparecen las primeras respuestas: agradecimientos por el regreso del canal, preguntas sobre el tema tratado y breves mensajes de apoyo. Alguien escribe simplemente: «Te estábamos esperando».

Almudena percibe de nuevo esa sensación de ligereza interior; no ha desaparecido pese a la dura semana de dudas y silencio. Ya no necesita probar su competencia a quien solo quiere discutir; ahora puede dirigir su energía donde realmente la esperan: al colectivo profesional de colegas y seguidores.

Al atardecer, como de costumbre, sale a caminar antes de la noche; los árboles del patio proyectan largas sombras sobre los senderos de piedra, el aire se refresca tras el calor del día, y desde los balcones vecinos se oyen voces cotidianas de gente cenando o hablando por teléfono. Esta vez su mente no vuelve al temor de los últimos días, sino a nuevas temáticas para futuros posts y a ideas de proyectos colaborativos con colegas de otras ciudades.

Se siente parte de algo mayor, sin miedo a ataques esporádicos, confiado en el derecho de dialogar con la honestidad y apertura que siempre le ha caracterizado.

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