**Ver oportunidades**
El día comenzó con el sonido familiar del despertador que rompió el silencio a las siete y media. Marta se desperezó, sintió el aire fresco y buscó torpemente sus zapatillas bajo la cama. La luz clara de la mañana entraba por la ventana, pero no despertaba ilusión alguna; solo marcaba el inicio de otra jornada más. Pasó por la cocina, esquivando el sillón con una manta doblada con cuidado, y encendió la tetera eléctrica casi por inercia, como si alguien más controlara sus movimientos.
Mientras el agua hervía, desbloqueó su móvil: en la pantalla desfilaban caras conocidas, logros ajenos e invitaciones a eventos que parecían no ser para ella. La superficie fría de la mesa bajo sus palmas le recordó que la calefacción ya estaba apagada algo típico de finales de primavera, cuando el sol aún no calienta lo suficiente. El bol de avena de siempre, aquel que tomaba cada mañana con la misma cuchara de cerámica, se enfrió más rápido de lo habitual. Ni sabor, ni placer.
El último mes había sido una repetición constante: duchas matutinas sin prisa, teletrabajo entre llamadas con compañeros, correos breves al jefe y pausas escasas para un café en el balcón. Desde la ventana, las risas de los niños en el patio sonaban tan libres que parecían pertenecer a otra vida. Por las tardes, a veces paseaba alrededor del edificio o compraba algo en el supermercado cercano. Todo formaba parte de un ciclo sin color ni emoción.
Las últimas semanas, la sensación de estancamiento se volvió casi física. Ni la gente a su alrededor ni su propio cansancio le molestaban; lo que la vaciaba era la certeza de que nada cambiaba. Recordaba sus intentos fallidos: cursos online abandonados a las dos semanas, el gimnasio dejado tras tres sesiones. Todo le parecía demasiado difícil o simplemente no era para ella. A veces se preguntaba: ¿y si siempre sería así?
Esa mañana, mientras desayunaba, se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo mirando por la ventana. En el parque, un hombre de mediana edad ayudaba a un niño con su patinete. El pequeño rio con una carcajada contagiosa; el padre lo miró con una alegría tan genuina que a Marta algo se le removió por dentro. Apartó la mirada: esos momentos siempre le habían parecido ajenos, como postales de una vida que no era la suya.
La jornada laboral transcurrió como siempre: informes, llamadas sin sentido. Después de comer, salió a correos a enviar unos documentos para Hacienda. Hacía más calor del esperado; el asfalto ardía y el aire temblaba sobre él. En los bancos, señoras mayores comentaban las últimas noticias, mientras alguien alimentaba a las palomas con migas de pan. Los jóvenes ocupaban las demás bancas, absortos en sus móviles.
De vuelta, una mujer con un ramo de lilas le sonrió con una calidez inesperada, como si se conocieran de toda la vida. Marta le devolvió el gesto casi sin pensar. Al seguir caminando, notó que aquella sonrisa le había dejado un eco ligero dentro. Fue una sorpresa agradable.
Por la noche, al revisar el móvil, entre mensajes de trabajo encontró una invitación: *»¡Hola, Marta! Este sábado hay un taller de collage en la biblioteca del barrio. ¿Vienes? Llevamos café»*. Era de Lucía, una excompañera de la universidad con la que apenas hablaba. Antes, Marta lo habría descartado sin más: ¿para qué salir? Pero esta vez, su dedo se detuvo sobre la pantalla un segundo más.
Le daba vueltas a las excusas: *»Será raro si no conozco a nadie», «No tengo habilidad para eso»*. Dentro de ella, la costumbre de evitar lo nuevo luchaba contra una chispa de curiosidad. El taller era gratuito podría ir solo a mirar.
Más tarde, salió al balcón. El aire olía a hierba recién cortada; música lejana sonaba entre los edificios. En las ventanas de enfrente, la gente cenaba, hablaba por teléfono o sacaba la basura. La ciudad respiraba tras el invierno: más voces, más ventanas abiertas.
Marta permaneció allí un largo rato. Recordaba cómo antes aceptaba invitaciones sin dudar. ¿Había cambiado el mundo, o era ella? La sonrisa de la mujer con lilas y el mensaje de Lucía parecían eslabones de una misma cadena.
Al día siguiente, el trabajo la consumió hasta la tarde. Todo le resultó monótono: hasta la voz del jefe en la videollamada sonó irritada. Al terminar, salió a caminar sin rumbo. En una esquina, se topó con Javier, un conocido de la facultad.
¡Marta! ¿Vives por aquí? exclamó él, sorprendido.
Hablar con él fue fácil. Javier, entusiasmado, le contó de un proyecto de voluntariado: querían organizar charlas en los patios del barrio.
Tú escribías bien, ¿no? dijo. Necesitamos a alguien con tu perfil. Ven mañana a la reunión.
Marta se rio, incómoda:
Hace años que no escribo nada serio…
Javier le dio una palmada en el hombro:
¡Pues es el momento de retomarlo!
Se fue rápido, dejándole una mezcla de vergüenza y algo parecido a la esperanza.
En casa, las ideas no la dejaban quieta. Dos días seguidos de casualidades: la mujer de las lilas, Lucía, Javier… Como si la vida le susurrara que saliera de su burbuja.
Abrió el chat con Lucía y escribió *»¡Voy!»* antes de que el miedo la frenara. El corazón le latía más rápido; las manos le temblaban levemente.
Esa noche, en vez de ansiedad, sintió expectación. Imaginaba el taller, la reunión de voluntarios…
Por la mañana, el sol brillaba sobre el asfalto. En el portal, una vecina cargaba macetas; un niño sujetaba globos. Marta volvió a casa decidida: tenía un informe que terminar, pero su mirada se clavó en un cuaderno vacío junto al portátil. Tomó un bolígrafo y escribió:
*¿Qué pasaría si lo intento? ¿Adónde me llevaría este paso?*
Esas palabras le pesaron más que todo lo demás en meses.
Lucía confirmó el taller: quedaban en la biblioteca. Javier recordó la reunión de voluntarios. Marta sintió el mismo nervio de siempre, pero esta vez no huyó.
Esa tarde, frente al espejo, eligió unos vaqueros claros y una blusa beige. Lo importante era no sentirse fuera de lugar.
Al atardecer, salió de casa. El aire olía a tierra mojada y a flores. La reunión era en un banco junto al sexto edificio. Javier la saludó como a una vieja amiga. Hablaron de horarios, de carteles… Un chico con barba pelirroja le pidió su opinión sobre unos títulos. Al principio, dudó, pero luego propuso ideas que todos aplaudieron.
Directo y claro dijo alguien. Así nos gusta.
La confianza creció en ella. Cuando Javier le pidió escribir una nota para los vecinos, asintió sin pensarlo. El miedo se esfumó ante el apoyo del grupo.
La noche se alargó entre charlas de libros y películas. Marta rio sin forzarse. Al regresar, las calles estaban tranquilas. La gente disfrutaba del fresco. Pensó en cómo esa mañana aún habría puesto excusas para no salir.
Al día siguiente, amaneció con energía. Redactó el texto para los voluntarios y lo envió sin dudar. La respuesta de Javier fue inmediata:
¡Genial! Justo este tono nos faltaba.
Sonrió. Sus palabras importaban.
Por la tarde, encontró a Lucía en la biblioteca. Entre revistas, tijeras y pegamento, el taller fluyó entre risas. Marta creó su primer collage: un parque, una frase (*»Hacia el cambio»*) y gente sonriendo.
¡Qué vivo! dijo una compañera. Dan ganas de pasear ahí.
Lucía propuso fotografiarlos para el grupo. Marta ya no era invisible.
Quedaron en repetirlo la semana siguiente: harían postales para los vecinos.
¿Vendrás? preguntó Lucía.
Claro respondió Marta, sin dudar.
Esa noche, el té le supo mejor. En su cuaderno, anotó: *»Escribir otro texto. Hacer más collages. Invitar a Lucía a pasear»*.
Afuera, una lluvia ligera refrescó las calles. Marta entendió que el cambio no venía del mundo, sino de permitirse ver oportunidades donde antes solo veía rutina.
Agradeció a Lucía, a los voluntarios, a su propio valor. Escribió una nueva máxima:
*No esperar inspiración. Crearla.*
El verano llegó con talleres, artículos y un curso de diseño. Marta ya no se sentía fuera de sitio.
Esa noche, con la ventana abierta y música lejana, miró al futuro sin miedo. Cada encuentro, cada invitación, era una puerta. Y ella había aprendido a cruzarlas.
**Lección:** A veces, el primer paso no es el más difícil, sino el que más miedo da. Pero al darlo, descubres que las oportunidades siempre estuvieron ahí. Solo había que mirar.







