Amar Sufriendo, Sufrir Amando: El Dilema del Amor en la Cultura Española

**AMAR SUFRIENDO, SUFRIR AMANDO**

El matrimonio de Juan y Daría fue bendecido por la Iglesia. El día de la boda, cuando la comitiva nupcial se acercaba al templo, una tormenta veraniega estalló sin previo aviso. El viento arrancó el velo de la novia, elevándolo como un globo hasta que, exhausto, cayó en un charco de lodo. Los invitados solo atinaron a suspirar. La tormenta cesó tan rápido como llegó. Juan corrió tras el velo, pero no logró alcanzarlo.

El blanco inmaculado del velo yacía ahora manchado. Daría, turbada, gritó a su prometido:

¡Juan, no lo recojas! ¡No pienso ponérmelo!

Las ancianas que siempre rondaban la iglesia cuchichearon entre sí. «La vida de estos jóvenes estará llena de tempestades», murmuraron.

En una tienda cercana, compraron una flor blanca de tela y la sujetaron en el cabello de Daría. No había tiempo para buscar otro velo. ¡No podían llegar tarde a su propia boda!

Los recién casados se presentaron ante el altar, velas en mano, jurando amor eterno bajo el sagrado sacramento. Para Dios. Pero antes, en el Registro Civil, habían firmado los papeles y celebrado una gran fiesta. Para los hombres

Tres años después, ya tenían dos hijos: una niña llamada Sofía y un niño, Arturo. Vivían en paz, alejados de penurias.

Diez años más tarde, una joven llamó a su puerta.

Daría siempre recibía a todos con hospitalidad, fueran invitados o no. Todos salían bien alimentados, reconfortados por el té y las charlas sinceras. Pero aquella visita era distinta. La muchacha llegó cuando Juan no estaba en casa.

Con mirada perspicaz, Daría la evaluó: bien formada, amable, hermosa y muy joven.

Buenas tardes, Daría. Me llamo Milagros. Soy la futura esposa de su marido anunció la desconocida.

¡Qué interesante! exclamó Daría, desconcertada.

¿Y desde cuándo es Juan su prometido? preguntó, intentando mantener la calma.

Hace tiempo. Pero ya no puedo esperar más. Juan y yo tendremos un hijo declaró Milagros sin ruborizarse.

Vaya ¡Un argumento de novela! Esposa, amante, hijo ilegítimo murmuró Daría. ¿Sabe que Juan y yo estamos unidos ante Dios? Que tenemos hijos

Lo sé. Pero nosotros nos amamos. ¡Es para siempre! Usted puede anular el matrimonio. Él ya no le es fiel insistió Milagros.

Escuche, jovencita. No le recomiendo meterse en una familia ajena. Nosotros resolveremos nuestros asuntos sin usted replicó Daría, irritada. ¡Adiós!

La joven se encogió de hombros, como diciendo «ya cumplí», y se marchó. Daría cerró la puerta con fuerza.

«Lo sabe todo ¡Descarada! No te quedarás con Juan», pensó, furiosa.

Empezó a recordar los cambios en su marido: su distanciamiento con los niños, sus largas ausencias, los repentinos viajes de trabajo, la nueva afición por la pesca Aunque antes nunca había mostrado interés. Las mujeres siempre perciben la falsedad. Notan el perfume de la rival en el aire, la tensión no dicha

Pero Daría ahuyentó esos pensamientos. «Quizá solo son imaginaciones mías», se dijo.

Esa noche, cuando Juan regresó, ella lo invitó a cenar. Sabía que, con el estómago lleno, las conversaciones difíciles fluían mejor.

Al terminar, Daría fue directa al grano.

Juanito, ¿estás enamorado? preguntó, temiendo la respuesta.

Sí admitió él, tenso.

Hoy vino tu enamorada. ¿Es serio?

¡Soy un miserable! No puedo vivir sin Milagros. Lo intenté, pero no pude dejarla. ¡Déjame ir, Daría! suplicó.

Ve Ella comprendió que apelar a su conciencia sería inútil. La vida pondría todo en su lugar.

Juan se fue con su amante.

Daría acudió al párroco en busca de consejo. El sacerdote la escuchó y trató de consolarla:

Hija mía, el amor todo lo soporta, nunca deja de ser. Son palabras de la Escritura. Tienes derecho a anular tu matrimonio, pues tu esposo cayó en el pecado. Pero también puedes perdonar, rezar y esperar. Los caminos del Señor son misteriosos

Dos meses después, Daría descubrió que esperaba otro hijo. Era de Juan. Se alegró, creyendo que era una señal: él volvería. Con esa esperanza vivió hasta el nacimiento.

El niño vino al mundo. Su madre sugirió llamarlo Joan, variante catalana de Juan. «Quizá tu Juanito regrese, hija. La vida da muchas vueltas».

Afortunadamente, la madre de Daría la ayudó en todo: cuidó a los niños, los alimentó, les contó cuentos y les enseñó valores.

Juan no olvidó a Sofía ni a Arturo. Les llevaba regalos, los llevaba a la playa y dejaba dinero en un sobre para Daría.

Ella les prohibió hablar del pequeño Joan. Pero los niños no obedecieron. Sofía se lo contó a su padre durante una visita. Juan pensó que Daría había rehído su vida. El corazón le dolió al recordar su felicidad pasada. Jamás imaginó que ese niño era suyo.

Mientras tanto, Milagros, su nueva esposa, estaba en el hospital. Juan corría tras frutas, pepinillos o tiza (pues a ella le encantaba morderla por falta de calcio). Pero todo terminó en tragedia: Milagros dio a luz una niña muerta. Y, tras otro embarazo fallido, el dolor los abrumó.

Juan se culpaba. Cuidaba a Milagros con devoción, pero cada uno cargaba su cruz.

Por otro lado, Valeriano, un antiguo compañero de Daría, empezó a visitarla. En la universidad, él había sido uno de sus pretendientes, pero ella lo rechazó al conocer a Juan. Valeriano nunca se casó ni tuvo hijos.

Un día de lluvia, se reencontraron en un autobús. Él la siguió a casa, escuchó su dolor y se convirtió en su confidente. Con el tiempo, empezó a frecuentar su hogar, llevando dulces para los niños y flores para Daría.

Ella fue clara: «Puedes venir, pero yo espero a mi marido». Valeriano aceptó: «Seré como un hermano para ti, y un tío para los niños».

En la otra casa, Milagros por fin dio a luz una hija sana: Benita, «la bendita». Pero, tras ser madre, empezó a arrepentirse. «El dolor ajeno no enseña», pensaba. Quería pedir perdón a Daría.

Juan adoraba a Benita. Un día, mientras paseaba con ella en brazos, la niña se le escapó de las manos y cayó suavemente sobre la hierba. No se lastimó, pero Juan sintió un escalofrío: fue como si el destino le mostrara lo frágil que era todo. Esa noche soñó con Daría, con los niños, con el velo blanco en el lodo. Despertó con el corazón pesado.

Milagros, desde su lecho, lo miró sin decir nada. Ya no había reproches entre ellos, solo silencios largos y miradas que ya no encendían fuego.

Meses después, Valeriano ayudó a Daría a plantar un jardín junto a la casa. Allí, entre rosas y geranios, el pequeño Joan gateaba entre risas. Ella no dijo ni una palabra cuando vio a Juan detenerse al final del camino, inmóvil, con los ojos llenos de lágrimas.

No volvió a entrar. Pero cada semana dejaba un ramo de jazmín junto al portón.

Daría lo recogía cada vez, lo ponía en agua y, sin odio, sin promesa, lo dejaba florecer.

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