El Tercero en Discordia

15 de febrero

Hoy he vuelto a la mesa del comedor de nuestro piso en el centro de Madrid y, como siempre, la conversación con Cruz dio la vuelta al mismo punto: los hijos. Desde que nos casamos hace cinco años, nuestras charlas son una montaña rusa de sueños y rechazos.

Cruz, ¿para qué nos sirve un bebé? le dije una tarde, mientras ella doblaba la ropa en el sofá. Ya somos felices los dos, ¿no? reponía ella, mirando su reflejo en la pantalla del móvil. Tener un niño significa noches en vela, biberones, pañales a cada rato y, sobre todo, que mi figura se va a ir a la parrilla del gimnasio. ¿De verdad queremos eso?

Yo, Alejandro, siempre había imaginado una familia numerosa. Antes del casamiento, ella me aseguraba:

Claro, cariño, tendremos muchos hijos. Al menos tres, pero no ahora; primero nos instalaremos, compraremos la casa y luego

Y sin embargo, cinco años después, Cruz muestra una postura totalmente distinta. No estoy lista, me dice, mientras enumera razonamientos que parecen una lista de excusas: la falta de sueño, la pérdida de libertad, el cuerpo que se parece al de una vaca después del parto. Sus palabras son como un trueno en medio del día.

Yo le recuerdo los planes que teníamos antes de la boda: una vivienda en la zona de Chamartín, el coche nuevo que compramos a plazos, los ahorros que ya teníamos destinados al seguro de maternidad y al gasto del biberón. Le pregunto:

¿No ves que ya lo tenemos todo? ¿Por qué seguir posponiendo?

Yo todavía quiero viajar, viajar por Europa, probar los mejores vinos de Rioja, ir a la Feria del Libro en Sevilla responde, cruzando los brazos. Un bebé no entra en esos planes. ¿No crees que somos perfectos tal y como estamos?

Yo intento convencerla con argumentos de todo tipo. La llevo a ver películas sobre familias felices, paseamos por el Parque del Retiro y nos sentamos en los columpios infantiles para que vea lo bonito que es. Incluso la llevo a casa de mi tía, donde acaba de nacer el cuarto nieto, pero Cruz parece incapaz de sentir siquiera un leve impulso materno.

Cuando ya había agotado todas las estrategias, le lancé el ultimátum:

Cruz, si de verdad no quieres hijos, tal vez deberíamos separarnos. No quiero vivir con una mitad de vida.

Cruz se sobresaltó; nunca había pensado en el divorcio. Trabaja desde casa como diseñadora gráfica y yo le ayudo con los pedidos. La idea de perder su apartamento y su puesto la aterra.

¡Alejandro, espera! suplicó. ¿De verdad vas a echar a perder todo por esto? me preguntó, temblando.

Yo le respondí que, para mí, una pareja sin hijos es como un vino sin cuerpo: algo que falta. Le recordé que yo crecí en una familia numerosa y que el matrimonio sin descendencia está condenado. Pero ella, firme, replicó que el coste de un niño es enorme: la educación, la vivienda, la ropa, el seguro médico Todo eso sería un derroche de sus ahorros.

Le dije que contrataría una niñera, una empleada del hogar, que nuestros padres nos ayudarían. Sin embargo, ella no veía más que la ausencia de ternura en sus ojos cuando hablaba del bebé. La tía de Cruz, una mujer de carácter, intervino:

¡Cruz, estás desvergonzada! ¡Te estás perdiendo la dicha de la maternidad! exclamó, mientras la servía un jamón ibérico. Deja de ir a los bares y piensa en los niños.

Cruz, sin embargo, mantuvo su postura. Para darle una salida, fingió estar de acuerdo y, una noche, tiró al suelo una caja de pruebas de embarazo diciendo:

Vale, Alejandro, lo haré, pero sólo si la guardería se encarga del niño.

Yo, crédulo, caí en la trampa. Ella siguió tomando pastillas para evitar la fertilidad y, con un médico de confianza, le pidió que relajara la situación, asegurándole que todo saldría bien.

Pasaron seis meses y la prueba de embarazo finalmente dio positivo: dos líneas. Cruz se quedó helada.

¿Qué es esto? pregunté, acercándome al lavabo.

Cruz, por fin exclamé, sin poder contener la alegría. ¡Seré padre!

La noche del anuncio la celebramos en un restaurante de tapas en la Gran Vía. Cruz llevaba un anillo nuevo y yo, con traje gris, repetía una y otra vez:

¡Seremos los mejores padres del mundo! prometía. No te faltará nada, lo juro.

Esa misma noche, mientras ella intentaba conciliar el sueño, su mente no dejaba de darle vueltas a la idea de que tal vez el niño sería la llave para que su vida cambiara de verdad. Pensó que, quizás, podía seguir cuidando su figura y, al mismo tiempo, ser madre.

Nueve meses después, el pequeño Alejandro nació sano en el Hospital Universitario La Paz. Cuando lo sostení en mis brazos, su carita se parecía a la mía, con esos ojos curiosos y la nariz chiquita. Cruz, entre lágrimas, susurró:

Mi mi hijo

Lo llamamos Alejandro, como a mí, y en los días siguientes Cruz se entregó al papel de madre sin reservas. Leía cuentos al niño, le cantaba nanas y lo llevaba al parque del Retiro cada tarde. Incluso se ponía celosa cuando yo lo tomaba en brazos.

Aún recuerdo cómo, cada noche, se quedaba mirando la cuna y se preguntaba a sí misma:

¿Cómo pude ser tan tonta? Si hubiera sabido cuánto me alegraría la maternidad

Hoy, al escribir estas líneas, entiendo que la vida tiene sus propios ritmos. No se trata de forzar las cosas ni de imponer decisiones; el amor verdadero se muestra cuando aceptamos el futuro tal y como llega, con sus sorpresas y sus retos. He aprendido que la paciencia y el respeto mutuo son más valiosos que cualquier plan perfecto. La lección que me llevo es clara: no hay que perseguir una vida ideal, sino vivir la que se nos presenta, aprendiendo a amar cada paso del camino.

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