La mujer que lo hace todo más fácil

Qué aburrido murmuró ella, como si la palabra se deslizara entre las sombras de una biblioteca infinita. Y, de todos modos, ya no me importas. Me he enamorado de otra, de Lucía.

Lucía observó a Víctor con la sorpresa de quien ve romper la cuerda tensa que sostenía su propio corazón. Tres años compartidos, tres años de esperanzas, de planes, de charlas sobre el futuro. Y de pronto, Víctor soltó esas dos frases cortas que desmantelaron todo.

¿Aburrido? repitió Lucía, intentando atrapar el eco de la palabra. Tres años no te aburrieron, ¿y ahora?

No importa, Lucía contestó Vímetro sin alzar la vista, mientras doblaba camisas y las metía en una bolsa. Simplemente así ha sido. Sucede. No somos los primeros, ni los últimos.

Lucía quiso gritar, protestar, pero su garganta se cerró y solo quedó observando cómo el hombre que amaba borraba metódicamente los rastros de su vida conjunta

Después de su partida, el piso de alquiler se volvió para Lucía un vasto vacío. Las paredes apretaban, el aire se volvió como una sustancia espesa. Se dejó caer sobre el sofá y lloró, pero las lágrimas no aliviaban. En las noches despertaba y buscaba la mitad vacía de la cama; de día realizaba su trabajo como una máquina, sin entender el porqué.

Los vecinos del otro lado vivían su propio teatro: reían, se insultaban, encendían la tele. Sus voces colaban a través de las delgadas paredes, recordándole que en algún sitio había otra vida, completa y real. Mientras ella se quedaba solo con recuerdos y un apartamento vacío.

Lo que más anhelaba era simple: amor, un hogar donde alguien esperara, donde pudiera ser ella misma sin fingir fortaleza. Lucía soñaba con un lugar que la aceptara tal como era cansada, desorientada, sedienta de calor humano.

Un año después de la ruptura, la vio

Fue en una cafetería frente al trabajo. Lucía entró a comprar un café al mediodía. En una mesa junto a la ventana estaba un hombre, rostro gris de cansancio, mirada apagada. Sus ojos se cruzaron por un instante y Lucía percibió en él la misma vacuidad que la había consumido.

Ese día conoció a Óscar. Treinta y ocho años, recién divorciado, sin hijos. Vivía en un dos habitaciones donde todo gritaba que el dueño había abandonado la morada: estanterías cubiertas de polvo, sofá hundido, ventanas sucias. No parecía vil, sino exprimido, como un limón sin jugo.

Me divorcié hace tres años contó Óscar en su tercera cita, removiendo el café sin entusiasmo. Desde entonces vivo como pueda. Trabajocasa, casatrabajo. Aprendes a convivir con la soledad. Incluso resulta cómodo, porque nadie te exige, nada te espera.

Lucía escuchaba y reconocía su propio dolor, ya encarnado bajo una capa de indiferencia.

Poco a poco se introdujo en su mundo: primero con cautela, luego más profundo. Al principio solo se encontraban: iban al cine, paseaban por parques, se sentaban en cafés. Óscar hablaba poco, pero a Lucía le gustaba después del parloteo de Víctor. En el silencio de Óscar había una belleza: no había que llenar los vacíos con frases huecas.

¿Sabes? Tu piso está vacío observó Lucía una tarde, recorriendo su humilde vivienda.

Ya estoy acostumbrado respondió Óscar encogiéndose de hombros. ¿Para qué cambiar algo?

Pero Lucía veía otra cosa: a un hombre que había dejado de cuidarse, que había olvidado cómo es vivir, no solo existir.

Se mudó con Óscar tras seis meses. Al principio llevó solo lo esencial. Con el tiempo, el apartamento empezó a transformarse. Lucía ordenó, reubicó los muebles para que la luz inundara la estancia. Compró ropa de cama nueva en sustitución de la desgastada. Cambió tazas y platos agrietados. Llevó flores vivas en macetas, para que crecieran y alegraran la vista. Colgó cortinas ligeras que dejaban pasar el sol. El hogar se impregnó del aroma de comida casera y frescura. El piso cobró vida, se calentó.

¿Por qué haces todo esto? preguntó Óscar una tarde, al verla colgar unas cortinas recién lavadas.

Quiero que te guste volver a casa respondió ella sin más, y Óscar guardó silencio.

Óscar, sin percatarse, se habituó a su cuidado. Le gustaba regresar a un apartamento limpio, perfumado con pan recién horneado. Le agradaba que siempre hubiera una cena esperándolo, que la cama fuera fresca y suave. Lucía tejía alrededor de él un capullo de comodidad donde podía descansar y no pensar en nada.

Durante dos años dedicó su vida a Óscar. Preparaba sus platos favoritos, anotando lo que le gustaba más dulce o más picante. Creaba ternura en cada detalle, desde el aroma del café matutino hasta la manta suave en el sofá. Lo rodeaba de amor sin exigir nada a cambio.

Durante esos dos años pospuso las conversaciones sobre el futuro. Temía romper el delicado equilibrio. Cada vez que la tentación de preguntar «¿Y después?» surgía, se contenía. «Aún es temprano», pensaba. «Déjalo acostumbrarse, que vea lo bien que nos va».

Pero una tarde, bajo la lluvia que golilleaba la ventana, se atrevió.

Óscar, ¿nos vamos a casar?

Óscar alzó la vista de su taza recién comprada. Negó con un movimiento de cabeza.

¿Casarme? Ya no pienso en el matrimonio. No estoy tan tonto.

Lucía quedó paralizada. La cocina se volvió extraña, fría. Todas esas tazas, cortinas, flores en el alféizar parecían decorados de una obra ajena. Todo el calor, toda la esperanza se desvanecieron en un instante.

Pero ¿por qué entonces? balbuceó, buscando palabras. ¿Por qué hice todo esto? ¡Dos años, Óscar! Dos años te rodeé de cariño y cuidados. ¡Pensé que estábamos construyendo un futuro!

Óscar dejó la taza sobre la mesa.

No te lo pedí. Tú lo inventaste todo. Yo estaba bien así.

Lucía lo miraba incrédula. Ese hombre al que había dedicado su energía, al que había convertido un piso sin alma en un hogar, no comprendía. O no quería comprender.

¿Bien? su voz se ahogó. ¿Te parecía bien vivir entre polvo y mugre? ¿Con comida preparada? ¿Dormir con ropa de cama gastada?

Sí, no es perfecto, pero se puede vivir dijo Óscar con indiferencia, como si hablara del clima. Lucía, valoro lo que haces, de verdad. Pero nunca prometí casarme. Tras el divorcio juré no volver a comprometerme. El sello del pasaporte no cambia nada.

Cambia, susurró Lucía. Para mí sí cambia. Significa que somos familia, que tenemos futuro, que no soy solo una mujer cómoda.

Óscar intentó objetar:

Lo has entendido todo al revés.

Pero Lucía ya se había levantado de la mesa. Caminó en silencio hacia el dormitorio, empezó a empacar sus cosas. Óscar la observaba, sin decir nada, sin rogar que se quedara.

¿Sabes que no tienes a dónde ir? soltó al fin. Es tarde, está lloviendo.

Encontraré algo contestó ella, cerrando el candado de su maleta.

Pasó junto a él, salió al pasillo, se detuvo en la entrada, miró por última vez el piso. Ya no había espacio para su amor.

La puerta se cerró tras ella con un susurro. Caminó bajo la lluvia sin percatarse del agua, con el pecho vacío. Un solo pensamiento giraba en su cabeza: «Solo quería que él estuviera bien».

Alquiló una habitación en un hotel modesto. Se sentó al borde de la cama y, por fin, dejó que las lágrimas fluyeran hasta agotarse.

Con el tiempo, cuando el dolor disminuyó, comprendió. Su error no fue amar, sino entregarse por completo sin esperar un paso hacia ella. Construyó una familia donde no la valoraban. Ofreció calor a quien no lo pedía. Planeó un futuro con alguien que vivía sólo el presente.

Se había convertido en la mujer cómoda, no en la necesaria. Deposito su alma en alguien que la tomaba como una opción gratuita en su vida ordenada.

Ahora Lucía sabía: el amor no se compra con cuidados. No se logra la reciprocidad con la limpieza, la atención y la cocina.

Y si algún día otro hombre cruzara su camino, no se apresurará a cambiar almohadas ni vajilla. No se lanzará a crear un hogar ajeno. Mirará primero sus actos, sus intenciones, si él avanza hacia ella. Si él está dispuesto a invertir tanto como ella, entonces, juntos, levantarán una casa donde no haya que ganarse un lugar al lado.

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La mujer que lo hace todo más fácil
In the Stairwell Together