Esta será una vida diferente

No te lo podía imaginar a los veintitantos, Begoña, que el futuro te iba a lanzar tantas sorpresas. Estabas en la Universidad de Salamanca, locamente enamorada de tu Diego, y ya hablaban de casarse, de poner la mesa y todo eso.

Diego tenía unos años más que tú, ya había cumplido el servicio militar y, cuando llegó el baile de fin de curso del instituto, tú estabas en primero de bachillerato. Siempre recordabas la primera vez que lo viste: aunque vivíais en la misma ciudad, en la misma escuela, él había terminado antes que tú.

¡Madre mía, qué guapo! pensaste cuando lo viste entrar al salón.

Él miró alrededor, buscó caras conocidas, se cruzó la mirada contigo y, sin decir nada, te sonrió. Te enamoraste al instante; ¿cómo no? Era distinto a los demás, tenía ese aire de chico imposible.

Hola, yo soy Diego, ¿y tú? se acercó, y tú te sonrojaste, las mejillas se pusieron rojas. ¿Bailas conmigo? te tomó de la cintura y os lanzaste al ritmo.

Begoña lograste decirlo entre risas.

Sentías que volabas, tus pies ya no estaban firmes en el suelo, él te guiaba con seguridad y cada paso te hacía temblar de emoción.

Begoña, bailas como una diosa te decía con esa sonrisa.

Todo el baile estuvo a su lado; ya habían quedado en que él te llevaría a casa después de la fiesta. Salieron a pasear, hablaron, y aunque no queríais separaros, sabías que tenías que volver, que tu madre te estaba esperando.

Diego nunca te dejó aburrida. Terminaste el instituto y te metiste a la Universidad, él trabajaba en una oficina de la zona. No conocía la palabra aburrimiento: con su energía y buen humor contagiaba a todo el mundo. Tenía muchos colegas y, poco a poco, tú empezaste a acompañarle a eventos, a bodas, a cañas con sus amigos.

En invierno te regalaba rosas, y cada cita con él se sentía como una fiesta. A veces quedabais en una terraza, otras en la sierra con amigos, siempre riendo.

Cuando estabas en tercer año, te dio una sorpresa de aquellas:

En las vacaciones de Navidad nos vamos al Pirineo, ya compré dos forfaits. Vamos a aprender a esquiar, los monitores son buenísimos y te vas a flipate dijo, casi saltando de la silla.

¡Eres el mejor, Diego! exclamaste, colgándote al cuello. Pero, ¡ojo! Soy una miedosa, ¿no sabías? te reíste.

El viaje fue inolvidable: aprendiste a descender la pista como una campeona y te encantó tanto que el recuerdo quedó grabado. Luego llegó el 8 de marzo y Diego apareció en casa con dos ramos de rosas.

Feliz día de la mujer entregó a tu madre y, volteándose, te dio el otro. A mi guapa.

Tu madre, con la típica cara de qué despilfarro, protestó:

¡Qué caro! dijo. Pero Diego, ¿qué haces?

Voy a trabajar en la obra de una línea eléctrica, pagan bastante. Ahorraré para la boda y para comprarnos un coche respondió, guiñándote un ojo.

No quiero que te vayas le espetaste. No, Diego.

Solo tres o cuatro meses, y luego vuelvo. Hablaremos por teléfono y organizaremos una boda bonita, ¿no?

Quiero, pero no hace falta una boda fastuosa, vale estar juntos le contestaste, con un leve suspiro.

Diego ya tenía todo planeado y no quiso ceder, así que se marchó con sus colegas. Allí cobraba bien y hablaban a menudo.

Una tarde, en clase, sentiste una extraña inquietud que pasó rápido. Esa misma noche, sin esperarlo, el teléfono de Diego quedó en silencio. Tu corazón latía con fuerza, y, tras varios intentos fallidos, marcaste a Víctor, el compa de Diego.

¿Dónde está Diego? le preguntaste, con la voz temblorosa.

Ya no está respondió, y la línea se cortó con un pitido.

¡Mamá! gritaste, sollozando.

Descubriste que Diego había muerto electrocutado en una torre de alta tensión. Su madre, Ana, quedó devastada, apenas hablaba. El funeral fue una nube negra que se posó sobre ti. Pasaste los días visitando a Ana, sentada en silencio junto a su hija, o acompañándola al cementerio.

Ana no te soltaba; insistía en que pasaras más tiempo con ella, que el verano era buen momento para viajar juntas. Así, una semana después, aceptaste ir a la Costa del Sol.

En la playa, mientras Ana descansaba bajo el sol y tú mirabas el móvil sin poder dormir, la vida alrededor bullía: niños jugando, coches pasando, gaviotas gritando. Te sentías sola, aunque había tanta gente.

Qué bonita y a la vez triste escuchaste una voz masculina.

Al girar, viste a un chico alto, de ojos claros, que te recordó a Diego, aunque no sabías por qué.

No creo que la suerte nos dé lo que queremos, ¿no? dijiste, medio en broma.

Yo no lo veo así, te lo aseguro replicó, presentándose. Me llamo Guille.

Yo soy Begoña.

Intercambiaron unas cuantas frases y tú, sin querer, te alejaste. Guille había estado observándote desde hacía días, notando tu tristeza. No tardó en aparecer de nuevo, esta vez en el supermercado.

¿Te ayudo con la bolsa? te ofreció.

Si quieres, vale contestaste.

Tengo que contarte algo, y me gustaría que lo habláramos en el chiringuito de al lado añadió, señalando una terraza cercana.

Me voy en tres días, ¿sabes? le dije. Mañana nos vamos de noche, ya tenemos los billetes.

¡Vaya! exclamó. Yo también vivo en Salamanca. Qué casualidad, no nos perderemos.

Guille había estudiado en la misma facultad que tú y trabajaba en una oficina de arquitectura del ayuntamiento. Tras una ruptura con su novia, había venido al sur para despejarse y, al verte, sintió que el destino le había puesto una señal.

Te contó que la madre de Diego lo aferraba a ella, que la gente suele alejarse de la familia del fallecido, pero que él no entendía por qué seguía allí. Tú le explicaste que no sabías, pero no querías herir a Ana.

Intercambiaron números y pactaron verse en Salamanca. Cuando regresaste al hotel, Ana ya estaba buscando cuánto tiempo habías tardado en volver.

¿Dónde estabas? preguntó.

En el supermercado, luego di una vuelta respondí, sintiendo que la presión de estar siempre con ella se volvía insoportable.

Tu madre, siempre protectora, te recordaba que no debías cargar con tanto peso:

Libérate, hija, ya no es sano vivir atada a su dolor.

Al final, decidiste que tenías que romper ese lazo. Esa noche, mientras empaquetaban, Ana comentó:

Así que una vida nueva Claro, tienes toda la vida por delante, y para mí siempre serás mi niña. Pensé que estabas embarazada, que tal vez tendrías un hijo se quedó en silencio.

No, no necesito nada de eso le respondiste, llorando por primera vez desde el funeral. Ya no quiero nada de él ni de su familia.

Con esa decisión, el peso se te quitó de los hombros. El sonido de la puerta de tu casa retumbaba en tu cabeza como un tambor que marcaba el inicio de una nueva etapa. Gracias a Guille, tus ojos se abrieron y viste la salida del túnel.

Comenzó el nuevo curso académico. Saliste con Guille, y un día fuiste sola a la tumba de Diego.

Adiós, Diego susurraste. Fuiste mi felicidad, gracias por todo. Te fuiste rápido, pero tengo que seguir. Ahora soy otra, con otra vida sin ti. Adiós.

Saliste del cementerio y lo esperabas en el coche. Guille te abrazó, y sentiste que realmente había empezado algo nuevo. Con él volviste a respirar, y la sombra de Ana quedó atrás, apenas un recuerdo lejano.

Un tiempo después, te casaste con Guille y esperabas a vuestro hijo. La vida, que una vez parecía una tormenta sin salida, ahora se había convertido en un camino lleno de luz.

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Esta será una vida diferente
The Comeback