¡A las corridas! En apenas tres minutos se lanzó al baño, se maquilló, se puso el abrigo y las botas, y ya estaba tomando el ascensor.
Emilie se despertó sobresaltada, con el tiempo en contra. En pocos minutos y con una velocidad asombrosa, logró alistarse: se maquilló mientras se dirigía a la puerta, se echó una mirada al espejo, se colocó un trench y unas botines. Tres minutos después de haber salido del sueño, ya se hallaba dentro del ascensor.
Al salir a la calle notó que caía una ligera llovizna de septiembre, pero no había tiempo para buscar un paraguas. El despertador la había traicionado. Emilie corría para alcanzar el autobús, aterrado ante la posibilidad de perder el trabajo. Su jefe era inflexible; un solo retraso equivalía a un día perdido y amenazaba con despedirla.
Con la mente ya repasando los peores escenarios del día, Emilie se despidió mentalmente de sus clientes favoritos, de su paga extra y del último día de vacaciones que le quedaba. Los transeúntes, igualmente apresurados, parecían inmersos en sus propios pensamientos, ajenos unos a otros. Todo era gris y melancólico, y la lluvia no ayudaba.
A unos pocos cientos de metros de la parada, se detuvo al ver un pequeño gatito empapado junto a un banco gastado. El animal intentaba maullar sin éxito, sólo emitía suspiros mudos.
Emilie vaciló: seguir corriendo o socorrer a esa criatura indefensa. Siguió su corazón, sabiendo que, de todos modos, tendría que enfrentarse a la ira de su jefe.
Al acercarse, notó que una de sus patitas estaba torcida.
¡Dios mío! ¿Quién te hizo eso?
Desaparecieron las dudas; no podía abandonarlo. El gatito temblaba, mojado hasta los huesos. Lo envolvió con su bufanda blanca y corrió aún más rápido hacia la parada. Decidió llevarlo al trabajo y avisar después. Su corazón generoso no le permitía dejar atrás al pequeño huérfano.
Su intento de entrar al despacho sin ser vista fracasó. Al llegar frente a la puerta número 12, se topó con su jefe en el pasillo.
¡Dupont! ¡Una hora de retraso! ¿Dónde estabas? ¿Quién hará tu trabajo? ¿Qué te pasa?
Las preguntas llovían sobre ella y su culpa aumentaba. Temblorosa y sin palabras, sintió que las lágrimas subían y la amargura la invadía.
¡Miren! logró decir, desabrochando ligeramente su abrigo.
El gatito asomó su cabecita triste. Ya un poco calentado, soltó unos maullidos lastimosos.
Su patita está herida, no podía dejarlo bajo la lluvia estaba solo
Las lágrimas corrían, sus palabras se mezclaban y sus manos temblaban. Aún temblorosa, ya pensaba en recoger sus cosas en silencio. Pero una mano cálida la detuvo. Su jefe sacó el móvil, anotó una dirección en un trozo de papel y le ordenó ir allí de inmediato para salvar la pequeña pata peluda.
Sorprendida por aquel cambio, Emilie tomó la nota, guardó sus manos rojas de frío en el bolsillo y salió corriendo.
Y no vuelvas aquí le dijo.
El corazón de Emilie se encogió, pero antes de caer en la desesperación, su jefe continuó:
Hoy es tu día libre. Mañana también. Te felicito por tu amabilidad y recibirás una bonificación por tu amor a los animales.
Ese jefe, conocido como Sébastien Leclerc, solía ser objeto de rumores sobre su supuesta dureza. En la clínica veterinaria, sin embargo, la situación se resolvió rápidamente: la patita del gatito no estaba rota, sólo una fuerte torcedura. Mientras el veterinario la vendaba, Emilie relató cómo lo encontró y la inesperada intervención de su jefe.
Riendo, el veterinario confesó que conocía a Sébastien desde la infancia. Siempre había sido un héroe para los animales, salvando cachorros del agua y defendiendo gatitos de agresores. De adulto, apoyaba con dinero a refugios, una generosidad iniciada con su primera beca.
Con las personas, en cambio, siempre se mostraba distante, hasta que la trágica pérdida de su familia cambió su actitud. Esta revelación conmovió profundamente a Emilie, que pasó el resto del día pensando en Sébastien y sintiendo la necesidad de animarlo.
Al anochecer, mientras el gatito descansaba cómodamente en su cama, Emilie organizaba un rincón para su nuevo amigo. Lo había llamado Minou, un nombre que le pareció perfecto. Su momento de ternura se vio interrumpido por el teléfono: era Sébastien.
¿Cómo está nuestro pequeño paciente?
Ruborizada, Emilie respondió con entusiasmo sobre el estado del gatito y le expresó su agradecimiento. Sébastien la invitó a cenar y conversaron toda la noche.
Lo que los unió fue la comprensión mutua y el amor por los animales. Juntos cuidaron a Minou y pronto compartieron la pasión por rescatar a los animales en apuros. Así terminó la soledad de Emilie y su nuevo compañero de cuatro patas, encontrando alegría y consuelo en aquella nueva compañía.






