Relaciones que Enriquecen la Vida

Relaciones para el placer

Ese encuentro podía ser el inicio de un romance sencillo: un avión, dos asientos contiguos, un destino compartido. Él Arturo, fotógrafonaturalista de renombre, cuya vida se resume en expediciones y exposiciones. Ella Begoña, arquitecta que construye tanto edificios como su carrera con precisión milimétrica.

Ambos independientes, seguros de sí mismos, cada uno con un divorcio tras la espalda que les enseñó a valorar el espacio personal.

La idea surgió como un destello en una habitación oscura: ¿por qué no mantener la relación ligera, sin ataduras ni cotidianidad?

Nadie creía que duraría mucho, sobre todo los colegas de Arturo. En el estudio llevaban una especie de quiniela silenciosa: ¿cuántos meses aguantará la nueva pasión del inalcanzable Arturo?

Normalmente la cuenta llegaba a varios meses.

Las mujeres se sentían atraídas por Arturo con frecuencia: era guapo, su profesión creativa resultaba fascinante, no era aburrido ni avaro. Pero sus compañeros conocían también el otro lado del genio del arte. Vivía a la sombra de la inspiración, era insoportable en la vida doméstica, imprevisible en sus reacciones y le gustaba la copa. Sin embargo, cuando anunciaba haber encontrado el amor, todos respiraban aliviados. Un Arturo enamorado trabajaba como poseído; sus fotos rebosaban pasión y vida.

Y entonces, por fin, conoció a Begoña, su verdadera musa. Una mujer que no exigía nada más que el gozo de los encuentros.

Probemos sin ese maldito día a día, sin el ¿Dónde estabas? y el ¿Por qué no llamaste? propuso Arturo. La vida ya es una carga suficiente.

Begoña aceptó con una sonrisa. En primer lugar, estaba segura de que sería una aventura pasajera; en segundo, tras un divorcio duro, no quería anclarse a nadie para siempre. En resumidas cuentas, sus necesidades coincidían.

Arturo podía pasar una semana en el acogedor apartamento de Begoña, construido según todas las reglas de la armonía, y después desaparecer durante meses en su estudio, atestado de equipos y rollos de película. Volaban juntos a Granada y, tras el viaje, se veían meses después. Pasaban tres días en una casa de campo y luego se separaban durante tres semanas.

Al cabo de un año, Begoña se había convertido en la anfitriona habitual de sus fiestas creativas.

Los sueños se cumplen les decía a sus amigas mientras sorbía un martini. De niña me fascinaban los libros de conquistadores del Ártico: hombres fuertes, independientes, eternos viajeros. Arturo es como un polarista; se lanza a la expedición fuera de la foto y vuelve con flores y ojos brillantes.

Arturo estaba dichoso.

Begoña es un soplo de aire fresco confesó a un colega, acompañado de un vaso de whisky. Mi vida es un caos. A veces llego a casa arrastrado y no logro articular una palabra. Otras veces sólo quiero que me escuchen y me consientan como a un niño. Pero, sobre todo, necesito que me dejen en paz durante una semana. Ella lo entiende, es sorprendente. Si vivieramos juntos, nos habríamos agotado en un año. Así que siempre le llevo flores y una sonrisa, como si fuera una cita.

Permitía breves aventuras ajenas, pero siempre volvía a Begoña. Era su vínculo kármico, algo más resistente que un matrimonio aburrido. Desde fuera, Begoña parecía siempre contenta.

Pasaron cinco años así. Entonces la galería con la que Arturo trabajaba cerró de pronto, la revista atravesó una crisis y la antigua empresa creativa se deshizo poco a poco. Cada uno siguió su rumbo.

Un par de años después, Begoña se topó por casualidad en una cafetería con Lola, una conocida de aquellos tiempos. Charlaron, recordaron viejos momentos y, como era inevitable, la conversación llegó a Arturo.

Begoña esbozó una sonrisa amarga mientras miraba su taza de capuchino:

Sí, seguimos en la misma sintonía, meciendo la cuerda. Él aparece, desaparece y vuelve. La verdad, ya me cansé. Pero basta con sugerirle que se asiente, que los años pasan, y él me mira como a una presa y pregunta: «¿Nos está yendo mal?». Luego se pone celoso de su propia sombra, temiendo perderme.

¿Y tú?

Yo ya quiero vivir bajo el mismo techo, deseo tener hijos. Pero no soy la única, así que no empiezo nada serio.

¿Entonces lo amas? indagó Lola con cautela.

Probablemente. O quizá sea sólo costumbre suspiró Begoña. O una obstinada esperanza de que, pronto, él despierte, cambie y sea mío de verdad.

Begoña, lo siento, pero esas personas no cambian.

Mi madre dice lo mismo. Pregunta por qué sigo aferrada a alguien que ni siquiera sabe lo que quiere. ¿Es amor?

Tú lo sabes mejor respondió Lola. Yo nunca he creído en las relaciones libres. Pero a quien es libre, le corresponde la libertad, como se dice. La vida es una sola y no se pueden recuperar los años.

Al cabo de unos meses, Begoña reunió el valor para acudir a un psicólogo. Habló del miedo a la soledad, de relaciones quemadas, de esperanzas frustradas. Tras una sesión volvió a casa, preparó té y se sentó en la cocina mirando por la ventana. Sus ojos se posaron en un viejo marco de fotos, regalo de Arturo.

Era una foto suya con él, riendo y abrazados al atardecer. Begoña lo tomó para quitarle el polvo y, sin querer, lo dejó caer. El cristal se hizo añicos y, del reverso, salió un pequeño sobre.

Con dedos temblorosos lo abrió. Dentro había una fotografía distinta: no era una pose ensayada, sino ella dormida, envuelta en una manta, con una lámpara iluminando sus planos sobre la mesa. Arturo la había capturado sin que ella lo supiera. En la parte trasera, con su propia caligrafía, había escrito: «El único lugar donde el caos dentro de mí se apaga. Perdona por no haber tenido el valor de decirlo en voz. Siempre he sido tuyo; solo me atrevía a reconocerlo».

Una semana después, Arturo, como de costumbre, llamó a la puerta con un ramo de peonías. Begoña lo abrió, pero en lugar de sonreír, le entregó la vieja fotografía.

Él la observó, luego a Begoña, y en sus ojos, que ya no brillaban con la habitual chispa, se reflejaba una cansada resignación.

Parece dijo Arturo en voz baja que nuestras expediciones llegan a su fin. Es hora de volver a casa.

Y, por primera vez, cruzó el umbral no como invitado, sino como quien ha decidido quedarse.

La historia nos recuerda que, aunque el deseo de libertad sea fuerte, la verdadera felicidad se halla cuando aprendemos a anclar nuestras almas en un puerto seguro y compartir la vida sin miedo a perderse.

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Relaciones que Enriquecen la Vida
The Astonishing Case