Todo empezó con una breve notificación en el feed: una foto de un hombre con el texto «Desaparecido en el bosque, necesito ayuda». Alejandro miró la pantalla como si esperara una señal especial. Tenía cuarenta y ocho años, trabajo estable, un hijo adulto que vivía en Valencia y la costumbre de no meterse en los problemas ajenos. Sin embargo, esa tarde algo le inquietó, como si el desaparecido fuera un pariente suyo. Decidió pulsar el enlace y escribir al coordinador del equipo de búsqueda «LuzAlerta».
La respuesta llegó al instante: tono cortés, instrucciones claras. En el grupo de novatos le explicaron el plan: encuentro en la periferia del pueblo a las siete de la tarde, llevar linterna, provisión de agua y comida, ropa abrigada. Además, un breve briefing de seguridad, que siempre va primero. Alejandro empaquetó en la mochila lo imprescindible: una vieja termos con té, botiquín, calcetines de repuesto. Un leve temblor en los dedos le recordó que ahora formaba parte de algo mayor.
En casa el ambiente se volvió más calmo: la tele apagada, el horno perfumado con pan recién horneado. Revisó el móvil; el coordinador le recordaba la hora del punto de encuentro. Alejandro se preguntó: ¿por qué voy? ¿Para demostrarse algo al hijo? ¿O simplemente no podía quedarse de brazos cruzados? No halló respuesta.
Afuera ya se oscurecía. Los coches en la autovía llevaban lejos las preocupaciones de los conductores. El frescor de la noche rozaba el cuello de su chaqueta. El saludo con los voluntarios fue sobrio: caras de todas las edades, algunos veinte años más jóvenes, otros con canas que contaban historias. La coordinadora, una mujer de corte corto, dio rápidamente las indicaciones: no separarse del grupo, escuchar la radio, mantenerse unidos. Alejandro asintió junto a los demás.
El grupo partió hacia el bosque siguiendo una valla baja. En el crepúsculo los árboles se alzaban más densos; a los bordes del pueblo ya se escuchaban los trinos de los ruiseñores y el susurro de la hoja bajo los pies. Las linternas revelaban trozos de hierba húmeda y charcos que la lluvia del día había dejado. Alejandro se situó en medio de la fila, ni al frente ni al final.
Dentro, la tensión crecía: cada paso adentrado en la oscuridad era un nuevo umbral de miedo. El bosque hacía su propio ruidoramas que se rozaban con el viento, un crujido lejano a la derecha. Alguien bromeó medio en voz baja sobre entrenar para una maratón. Alejandro guardó silencio, escuchándose a sí mismo: el cansancio aparecía antes de que la oscuridad se habituara.
Cada vez que la coordinadora detenía al grupo para comprobar la radio, el corazón le latía con más fuerza. Temía equivocarse, no oír la señal o perderse por falta de atención. Pero todo seguía el guion: órdenes breves por la radio, pase de lista. Se debatía la ruta, alguien proponía rodear el charco del bajo a la derecha.
Una hora después ya estaban tan adentro que las luces del pueblo desaparecían tras los troncos. Las linternas solo iluminaban un círculo a sus pies; más allá, la sombra era un muro sólido. Alejandro sintió el sudor escurrir por la espalda bajo la mochila y sus botas se mojaban en la hierba húmeda.
De pronto la coordinadora levantó la mano y todos se quedaron quietos. En la oscuridad se oyó una voz tenue:
¿Hay alguien?
Las linternas se enfocaron en un punto y, entre los arbustos, alguien estaba en cuclillas. Alejandro avanzó con dos voluntarios.
Al resplandor apareció un anciano delgado, con sienes canosas y manos manchadas. Miraba asustado, con la mirada saltando entre los rostros de los voluntarios.
¿Usted es José María? preguntó la coordinadora en voz baja.
El hombre negó con la cabeza:
No Me llamo Pedro Me perdí durante el día Me duele la pierna No puedo seguir
El grupo quedó en silencio: buscaban a un hombre y encontraron a otro. La coordinadora informó por radio:
Hombre mayor encontrado, no corresponde al objetivo, requerimos evacuación con camilla a la ubicación actual.
Mientras aclaraba datos con el cuartel, Alejandro se acercó al anciano, sacó de la mochila una manta y la cubrió suavemente sobre sus hombros.
¿Desde cuándo está aquí? le susurró.
Desde la mañana Salí a buscar setas Perdí el sendero Y ahora la pierna
La voz del viejo mezclaba cansancio y alivio.
Alejandro sintió que la misión había cambiado en un instante: de buscar a un desaparecido a socorrer a quien nadie esperaba encontrar.
revisaron la pierna del anciano: se había inflamado el tobillo, claramente no podía caminar. La coordinadora ordenó que todos permanecieran en sitio hasta que llegara el equipo principal con camilla.
El tiempo se alargó; el crepúsculo dio paso a la noche. El móvil de Alejandro mostraba una sola barra de señal, la radio chirriaba cada vez más, la batería se agotaba con el frío.
Pronto la comunicación se perdió por completo. La coordinadora intentó contactar al cuartel sin éxito. Según el protocolo, debían quedarse y mandar destellos cada cinco minutos.
Por primera vez, Alejandro se quedó cara a cara con el miedo: el bosque se volvió más denso, cada sombra parecía una amenaza. Pero a su lado estaba el anciano, temblando bajo la manta y murmurando algo para sí.
Los voluntarios formaron un semicírculo alrededor del anciano, sacaron el té del termo y le ofrecieron un trozo de pan. Alejandro observó cómo las manos del viejo temblaban más por el frío que por la fatiga.
No pensé que alguien me encontrara Gracias
Alejandro lo miró sin decir nada; dentro de él algo se desplazó: el terror cedió al sereno firme. Ahora su responsabilidad no era solo estar allí, sino permanecer al lado del otro.
Los vientos llevaban aromas a tierra húmeda y hojas podridas; la ropa se empapaba con la frescura nocturna. A lo lejos, un búho ululó, como si la noche se hiciera más larga.
Se quedaron tanto tiempo que el paso del reloj dejó de importar. Alejandro escuchó las historias del anciano: su infancia durante la guerra, su esposa, su hijo que ya no volvía. Aquella charla tenía más confianza y vida que muchas de las reuniones de Alejandro en años.
La radio aún no respondía; la batería mostraba apenas un tenue destello rojo. Alejandro revisaba su móvil una y otra vez, en vano. Solo sabía una cosa: no podían marcharse bajo ninguna circunstancia.
Cuando la primera luz de linterna atravesó la niebla entre los árboles, Alejandro no lo creyó al instante; parecía parte de una espera interminable. Pero de la oscuridad surgieron dos figuras con chalecos amarillos y, tras ellas, más gente con camillas. La coordinadora los llamó por nombre y su voz transmitió alivio, como si no solo al anciano estuvieran rescatando.
Los voluntarios evaluaron rápidamente al anciano, anotaron los datos en el papel, le pusieron una férula y lo colocaron en la camilla. Alejandro ayudó a levantarlo, sintiendo cómo se tensaban sus músculos, pero también una extraña ligereza: la carga ahora era compartida. Un joven le guiñó el ojo, como diciendo «aguanta, que todo va bien». Alejandro asintió sin buscar palabras.
La coordinadora explicó brevemente: la comunicación se había restablecido media hora antes, el cuartel había enviado dos grupos, uno a ellos y otro al norte siguiendo rastros frescos del hombre desaparecido. Transmitió por radio: «Grupo doce, anciano mayor listo para evacuación, estado estable, regresamos». Un chasquido en la radio anunció la respuesta: «Objetivo principal localizado por otro equipo. Vivo y en pie. Todos a cubierto».
Alejandro contuvo la respiración. El anciano, sobre la camilla, apretó su mano como si no quisiera soltarla.
Gracias exhaló apenas audible.
Alejandro le miró a los ojos y, por primera vez en la noche, se sintió parte de algo importante, no un simple espectador.
El regreso fue más largo de lo que parecía en la oscuridad. La camilla se pasaba de mano en mano: primero los jóvenes, luego Alejandro tomó el mango, sintiendo la hierba temblar bajo sus pies y el aire húmedo golpearle la cara. En el bosque ya se escuchaban los primeros cantos de los pájaros, y sobre su cabeza cruzó una silueta de un petirrojo. Cada paso lo devolvía al cansancio habitual, pero su mente permanecía extrañamente serena.
Al borde del bosque, el alba mostraba finas franjas de niebla. Los voluntarios hablaban bajo voz, comentando los detalles de la evacuación; alguno bromeó sobre haber hecho un entrenamiento nocturno de fitness. La coordinadora caminaba un poco delante, revisando la radio y marcando la salida para el cuartel. Alejandro seguía al anciano hasta la ambulancia, cuidando que la manta no se deslizó.
Cuando la ambulancia se cerró tras el anciano, la coordinadora agradeció a cada uno. Al estrecharle la mano a Alejandro, la presión fue más firme que la de los demás:
Hoy ha hecho más de lo que imaginó al levantarse.
Él se sonrojó bajo su mirada, pero no apartó la vista. Sentía que una frontera entre él y las penas ajenas se había afinado.
Al volver por el camino del pueblo, el sendero parecía otro: la grava estaba mojada por el rocío, sus botas chapoteaban entre la hierba. Los rosados del amanecer rasgaban el cielo gris sobre los tejados. El aire era más pesado por la humedad, pero cada paso se sentía más seguro.
El pueblo lo recibió en silencio: las ventanas aún oscuras, sombras de gente que pasaban por la parada del autobús. Alejandro llegó a la puerta de su casa, dejó la mochila, se apoyó un momento contra la verja. Un leve temblor recorrió su cuerpo por el frío y la tensión vivida, pero ya no le parecía debilidad.
Sacó el móvil: en la pantalla brillaba un nuevo mensaje de la coordinadora«Gracias por la noche». Debajo, otro: «¿Podemos contar con usted si surge otra necesidad?». Alejandro respondió con un breve «Sí, por supuesto».
Pensó en cómo antes esas decisiones le parecían ajenas, imposibles para él. Ahora todo tenía otro sentido. El cansancio no empañaba su claridad interior: sabía que podía dar otro paso adelante cuando fuera necesario.
Levantó la vista: el amanecer se expandía, tiñendo árboles y tejados de un rosado intenso. En ese instante comprendió que su participación allí y ahora era la respuesta a la pregunta sobre su propia importancia. Ya no era un observador al margen.







