¡No! ¡He dicho que no! ¿Me escuchas? No vamos a cambiar nada. Mi padre construyó esa terraza con sus propias manos, clavó cada tabla él mismo.
Javier, ¡pero si está podrida! Ana María cerró los ojos cansada, apretando el teléfono contra su oreja con tanta fuerza que le dolía el lóbulo. Las tablas ceden, el tejado gotea. ¡Es peligroso! Víctor dice que podemos desmontarla con cuidado y…
¡Víctor! ¡Otra vez ese Víctor! la voz de su hijo al otro lado del teléfono se volvió áspera, como lija. ¿A él qué le importa? Lo suyo es tirarlo todo y empezar de nuevo, como si no fuera suyo. Mamá, no es solo una terraza, ¡es su memoria!
Javi, ¿qué memoria puede haber si se viene abajo? en la voz de Ana María temblaron las lágrimas. Lo hacemos por ti, para que puedas venir con Lucía, para cuando lleguen los nietos…
¡No habrá nietos en vuestra nueva terraza! cortó Javier. No volveré a la casa si tocáis ni un clavo. Se acabó, no tengo tiempo.
Los pitidos sonaron como una sentencia. Ana María dejó el móvil sobre la mesa de la cocina. El vacío en el pecho, ya familiar después de seis meses, le oprimió de nuevo. Miró por la ventana las hojas amarillas del olmo, y el mundo le pareció tan gris como su propio ánimo.
Víctor asomó a la cocina. Alto, canoso, con sus gafas de lectura, llevaba un libro abierto. Al ver su rostro, lo entendió al instante.
¿Otra vez? preguntó en voz baja, dejando el libro en el alféizar.
Ana María asintió, sin fuerzas para hablar. Él se acercó, la abrazó, y con su calor, con el olor familiar de su colonia y algo más, íntimo, ella finalmente se permitió llorar. En silencio, dejando caer las lágrimas sobre su camisa a cuadros.
Vamos, Anita, no llores murmuró, acariciándole el pelo. No debiste llamarlo. Sabes cómo termina.
Pero la casa… sollozó. Me matará si cambiamos algo. Y no podemos dejarla así, se está desmoronando.
Que se vaya al diablo la casa. Ya encontraremos una solución. Lo importante eres tú. Mira en lo que te estás convirtiendo.
Se habían conocido dos años atrás, en una reunión de antiguos alumnos. Ana María fue sin entusiasmo, convencida por su amiga Isabel. Diez años habían pasado desde la muerte de Luis, su primer marido, y todo ese tiempo lo había vivido solo para Javier. Primero el instituto, luego la universidad, su primer trabajo… No notó cómo pasaban los años, cómo le aparecían arrugas, cómo su hijo dejaba de ser un chico torpe para convertirse en un hombre.
Luego se mudó. Compartió piso con Lucía, y la casa quedó vacía. El silencio le pesaba en las noches. Ana María intentó distraerse: se apuntó a yoga, empezó a bordar, releyó todos los libros. Pero la tristeza seguía ahí.
Y entonces, en aquella reunión, apareció él. Víctor, su compañero de clase, al que apenas recordaba. Un chico callado, que se sentaba al fondo. Ahora era un hombre seguro, catedrático de matemáticas en la universidad. También era viudo. Hablaron toda la noche. Descubrieron que amaban las mismas películas, pasear por el parque en otoño y que ansiaban el calor humano.
Su historia fue lenta, cuidadosa. Paseaban, iban al teatro, charlaban en el café de la plaza. Ana María sentía cómo su alma se descongelaba, cómo volvía a saborear la vida.
Con Javier habló cuando supo que todo iba en serio. Su sorpresa fue que él lo tomó con calma.
Mamá, eres una mujer adulta dijo, removiendo el azúcar en su café. Si él te hace feliz, me alegro por ti.
Ella estaba feliz. Todo parecía perfecto. Un año después, se casaron. Fue una boda íntima, solo con los más cercanos: Isabel y su marido, la hermana de Víctor y, por supuesto, Javier con Lucía.
Y ese día empezó todo. Javier estuvo hosco toda la noche. Apenas habló, sonrió forzado e ignoró a Víctor. Cuando llegó el brindis, levantó su copa y, mirando a la pared, dijo:
Brindo por mi padre. Fue un hombre de verdad y el mejor padre. Nadie lo reemplazará. Nunca.
El restaurante quedó en silencio. Lucía le tiró de la manga, susurrándole algo, pero él se apartó. Ana María sintió cómo el rubor le quemaba las mejillas. Víctor le apretó la mano bajo la mesa, y solo eso evitó que llorara.
Después de la boda, Javier dejó de llamar. Por completo. Al principio, Ana María pensó que estaba ocupado. Ella llamaba. Las conversaciones eran breves y tensas.
Hola, ¿qué tal? Bien. ¿Alguna novedad? Nada. ¿Os pasáis este finde? Haré tarta de manzana, la que te gusta. No sé, ya veré. Seguro que no puedo. Vale, mamá, tengo que irme.
Luego dejó de contestar. Sus mensajes quedaban sin leer. La gota que colmó el vaso fue su cumpleaños. Preparó una cena, lo esperó como cuando era niño. No fue. Ni siquiera la felicitó. Solo mandó un ramo de claveles con una tarjeta genérica. Ni una palabra de su puño y letra.
Esa noche, por primera vez, habló en serio con Víctor de su dolor.
No entiendo qué hice mal susurró, sentada en el sofá. Él dijo que se alegraba por mí. ¿Qué pasó?
Ana, tiene celos respondió él, mirando las llamas falsas de la chimenea. Celos de tu nueva vida. Y celos de la memoria de tu padre hacia mí. Cree que intento ocupar su lugar.
¡Pero es absurdo! exclamó. ¡Nadie puede reemplazar a Luis! Lo amé, fue el padre de mi hijo. ¡Pero hace diez años que se fue! ¿No tengo derecho a ser feliz?
Lo tienes dijo él con firmeza. Él aún no lo entiende. Es un chico, aunque tenga barba. Necesita tiempo.
Pero el tiempo pasaba, y nada cambiaba. El muro entre ellos crecía. Ana María adelgazaba, dormía mal. Cada llamada le hacía saltar el corazón, pero nunca era él.
La discusión por la terraza fue otro golpe. Aquella casa era su nido. Luis la construyó con sus manos. Tras su muerte, ella y Javier pasaban allí los veranos. Su hijo conocía cada rincón, cada manzano plantado por su padre. Y ahora veía la reparación como una traición.
¿Y si voy a verlo? preguntó, apartándose de Víctor. Hablar cara a cara.
No creo que sea buena idea negó él. Está herido. Podría empeorar. Dale tiempo.
Ella obedeció, pero el dolor seguía. Días después, llamó Isabel.
Ana, ¿qué tal? ¿Por qué no llamas? ¿Todo bien?
Hola, Isa. No muy bien suspiró.
¿Otra vez Javier?
El mismo.
Le contó la última conversación. Isabel chasqueó la lengua.
Tu niño es un egoísta, te lo digo yo. Ha crecido, pero no ha madurado. Su madre es feliz, y él pone mala cara.
No digas eso. No es egoísta. Es que… quería mucho a su padre.
¿Y? Todos lo queríamos. ¡Pero la vida sigue! Pasaste diez años sola, criándolo, todo por él. Y ahora que tienes a alguien, se porta así. ¡Víctor es un santo! Paciente, cariñoso. Otro te habría dicho: «Arréglalo tú con tu niño».
Víctor nunca diría eso. Él lo entiende. Dice que hay que esperar.
Podemos esperar hasta el día del juicio bufó Isabel. Oye, ¿has hablado con Lucía? A lo mejor ella puede hacer algo. Es una chica lista.
La idea le pareció sensata. Con Lucía siempre se había llevado bien. Buscó su número. Le temblaban las manos al marcar.
¿Ana María? ¡Hola! la voz de Lucía sonó animada, pero sorprendida.
Lucía, hija, perdona que moleste. ¿Tienes un momento?
Sí, claro. ¿Pasa algo?
No, no… Solo quería preguntarte… ¿Cómo está Javier?
Silencio al otro lado.
Bien. Trabajando.
Le he llamado, pero no contesta se arriesgó. ¿Estará enfadado?
Otro silencio. Lucía suspiró.
Ana María, no está enfadado. Es que… le cuesta.
¿Le cuesta? ¿Por qué, cariño? No lo entiendo.
Cree que traicionaste la memoria de tu padre soltó, y enseguida se arrepintió. Quiero decir… él lo siente así. Dice que lo olvidaste rápido y lo reemplazaste.
¿Rápido? Ana María sintió que le faltaba el aire. ¿Diez años es rápido? ¡No podía encerrarme en un luto eterno! ¡Soy humana!
¡Lo sé! ¡Se lo digo yo también! la voz de Lucía temblaba. Discutimos por esto. Le digo que tienes derecho a ser feliz, que Víctor es buena persona. Pero no escucha. Dice: «Tú no lo entiendes, tu padre vive». Se ha quedado atrapado. Tiene su foto en el escritorio. A veces se queda mirándola. Se está destrozando solo.
Dios mío… susurró. ¿Qué hago?
No lo sé reconoció Lucía. He probado de todo. Es inútil. Necesita vivirlo. Quizá el tiempo ayude.
La llamada no la alivió. Ahora sabía que su hijo sufría de verdad. Y ella, su madre, era la causa. Esa noche, miró la foto en el marco: Luis joven, sonriente, abrazándola, con Javier niño, una caña de pescar en la mano. Felices. Hacía tanto de eso…
Luis, ¿qué hago? susurró al vacío. Háblale. Eres su padre. Dile que está equivocado.
Se acercaba el cumpleaños de Javier. Veintiocho años. Ana María vio su oportunidad. Hizo su tarta favorita, de miel, la de siempre. Le compró un jersey caro, del que él había hablado.
¿Segura que quieres ir? preguntó Víctor, viéndola envolver la tarta.
Segura afirmó. Soy su madre. No puedo no felicitarlo.
Fue sola. Subió al tercer piso, el corazón en la garganta. Llamó. Silencio. Volvió a llamar. Nada. Intentó el pomo: cerrado.
Esperó diez minutos. Sacó el móvil y marcó su número. Tonos interminables. Y entonces oyó vibrar un teléfono dentro. Estaba allí. A metros de ella. Y no quería abrir.
Las lágrimas brotaron. Apoyó la frente en la puerta fría.
Javi… hijo… ábreme susurró. Solo quiero felicitarte. Te traje la tarta. La que te gusta…
Silencio.
Bajó las escaleras como en un sueño. La caja pesaba toneladas. En un banco, lloró sin importarle los transeúntes. Se sentía humillada, destrozada.
Al volver, Víctor la esperaba. No preguntó. Solo la abrazó.
Basta dijo con dureza, arropándola. No te rebajarás más. Si él no quiere, es su elección. Has hecho todo lo posible. Ahora vive para ti. Para nosotros.
Ella lo intentó. Dejó de llamar, de escribir, de esperar. Salían, iban al cine, veían a amigos. Sonreía, pero cada tono de llamada le helaba el corazón.
Pasó el otoño, llegó el invierno. En Nochevieja, no aguantó más. Llamó a Lucía.
Hola, cariño. ¿Tenéis planes? ¿Os pasáis?
Hola, Ana María. Gracias, pero vamos a casa de mis padres.
Ah. ¿Y Javier?
Bien. Trabajando.
Dile que… No, no le digas nada. Feliz año.
Colgó. Víctor, que la escuchó, la abrazó.
¿Vamos a la casa? propuso. Encenderemos el fuego, pondremos el árbol. Estaremos solos.
¿Y la terraza?
¿Qué pasa con ella? El frío la mantendrá. En primavera… ya veremos.
La casa los recibió con silencio y nieve. Víctor encendió la chimenea, y pronto entró el calor. Decoraron un abeto pequeño, prepararon ensaladilla, abrieron cava. Con las campanadas, Ana María solo pidió un deseo: que su hijo la perdonara.
Pasaron las fiestas. La vida siguió. Aprendió a vivir con el dolor, como con una enfermedad crónica.
Una noche, viendo una película, sonó su móvil. Número desconocido. Casi no contesta, pero algo la detuvo.
¿Sí?
¿Ana María? Soy Lucía.
Su voz sonaba extraña, quebrada.
¿Qué pasa, hija?
Javier y yo hemos terminado dijo en un susurro.
¿Qué? ¿Por qué?
No puedo más rompió a llorar. Se ha vuelto insoportable. Amargado, encerrado en sí mismo. Intenté ayudarlo, entenderlo. Pero me rechaza. Lleva un mes sin hablarme. Llega del trabajo, cena en silencio y se pone al ordenador. O se queda mirando la pared. Vivo con un fantasma. Hoy he recogido mis cosas. Ni siquiera intentó detenerme.
Dios mío… ¿Adónde irás?
A casa de una amiga. Ana María, no llamo por eso. Quiero que sepas… no es culpa tuya. Es él. Se está destruyendo solo. Hasta que no enfrente sus fantasmas, no hará feliz a nadie. Perdón.
Colgó. Ana María quedó paralizada. Le dolía por Lucía, una chica buena. Y le aterraba por su hijo. Ahora estaba solo. Encerrado en su caparazón de rencor.
¿Qué ocurre? preguntó Víctor, bajando el volumen.
Se lo contó. Él la miró un largo rato.
Ahora debes ir dijo al fin.
Pero… no abrirá.
Ahora sí afirmó con seguridad. Está solo. En el fondo del pozo. Necesita a su madre. No como un reproche, no como un juez. Solo como su madre. Ve. Y no te vayas sin hablar.
Al día siguiente, volvió a su puerta. Llevaba una cazuela de caldo caliente. Llamó. Silencio. Volvió a llamar. Oyó pasos. La cerradura giró.
La puerta se abrió con la cadena puesta. Vio su ojo. Uno solo. Cansado, enrojecido. La miró como a un espectro. Había adelgazado, demacrado, con ojeras.
¿Mamá? arrastró la voz.
Soy yo, hijo susurró. ¿Me dejas entrar?
Él la miró unos segundos interminables. Luego cerró, quitó la cadena y abrió.
Entró. El aire olía a encierro, platos sucios y soledad. Dejó la cazuela en la mesa.
Te traje caldo dijo, sin saber por dónde empezar. Debes comer.
Él se quedó en el marco, mirándola de reojo.
¿Por qué has venido? preguntó ronco.
Lucía me llamó.
Se tensó, como si lo golpearan.
Ya. Se ha quejado.
No se quejó. Está preocupada. Y yo también.
Intentó abrazarlo, pero él se apartó.
No.
Javi, hablemos rogó. ¿Cuánto tiempo más? ¿Qué hice mal? ¿Por qué odias que sea feliz?
No lo odio murmuró, volviéndose a la ventana. No lo entiendo. No entiendo cómo pudiste. Tan rápido.
¿Rápido? la palabra le cortó el alma. Javier, viví diez años con su foto en la almohada. Hablaba con él cada día. Te crié, te saqué adelante. Cumplí con él y contigo. Y solo quise vivir. No sobrevivir, vivir. ¿Es un crimen?
¿Y él? giró brusco, con lágrimas en los ojos. ¿Y mi padre? Lo borraste. Lo reemplazaste.
¡Nadie lo reemplazó! gritó, asustada de su propia voz. ¡Siempre estará en mi corazón! ¡Es tu padre! Pero amo a Víctor. ¡Lo amo! Me salvó de la soledad, de la tristeza que me devoraba. Me dio ganas de despertar. ¿No puedes alegrarte por mí?
¡No puedo! gritó él. Cuando os veo, siento que lo traicionáis. Que reís, os cogéis de la mano, hacéis planes… Y él está ahí, bajo tierra fría. Construyó esa casa para nosotros. ¡Y ahora mandará un extraño!
¡No es un extraño! ¡Es mi marido!
Se miraron, jadeando entre lágrimas y rabia. Los dos seres más cercanos, separados por un muro.
Pensé que… después de él, estábamos solos dijo Javier, con la voz quebrada. Que nos tendríamos el uno al otro. Y tú encontraste a otro. Y me quedé solo.
Entonces lo entendió. No eran celos. Era miedo. Miedo a quedarse solo, a que su nuevo amor lo apartara. Que olvidara no solo a su padre, sino a él, su hijo.
Lo abrazó con fuerza, a pesar de su resistencia. A su niño grande, barbudo y sufriente.
Tonto murmuró, acariciándole la mejilla. ¿Cómo creíste que te abandonaría? Eres mi hijo. Mi sangre. Nadie ocupará tu lugar en mi corazón. Nunca.
Él se quedó quieto, hasta que sus hombros temblaron. Enterró la cara en su hombro, como cuando era pequeño, y lloró. En silencio, como lloran los hombres. Y ella lloró con él, de dolor, de alivio, de amor más fuerte que el rencor.
Pasaron horas en la cocina. Ella le sirvió caldo, él comió, y ella habló. De su soledad, de cómo llegó Víctor, de su miedo a decírselo. Él escuchó, sin interrumpir.
Al irse, él la acompañó a la puerta.
Mamá susurró. Perdóname.
Y tú a mí, hijo.
Sabía que era solo el principio. Que quedaba un largo camino. Que aceptar a Víctor no sería fácil. Pero esa noche, la batalla más dura estaba ganada. El muro se había derrumbado. Su hijo volvía a hablar con ella.







