¿Qué es esto? La voz de María está baja, pero su tono tiene filo de acero. Antonio, dime, ¿qué significa todo esto?
Él está apoyado bajo la marquesina del portal, reluciendo como un coche recién sacado del concesionario, y se apoya en la capota de un sedán negro azabache, recién salido de la línea. El perfume de cuero y plástico caro llega hasta el tercer piso, a través de la ventana abierta de la cocina.
¡Sorpresa! Antonio abre los brazos como queriendo abrazar el mundo entero. Un regalo. Para nosotros. Por nuestro aniversario casi. Decidí adelantarlo. ¿Te gusta?
María baja despacio los escalones. No recuerda haber subido la escalera, cómo abrió la pesada puerta del portal. Sus piernas se mueven solas, y en la cabeza solo retumba una idea, fría y punzante como una aguja: el dinero. Ese mismo dinero que han ido guardando durante casi cinco años, centavo a centavo, para el primer pago de la hipoteca de Ana, su hija, para que la niña tenga su propio rinconcito cuando entre a la universidad.
Antonio, ¿estás en tu sano juicio? Se acerca, toca el capó helado. El coche parece una bestia hermosa, ajena a ellos. Lo acordamos, ese dinero es un fondo de emergencia.
María, ¿qué dices? Su sonrisa se vuelve un poco tenue. Vamos a ganar más. Ya soy jefe de departamento, el sueldo sube. Y ya me da pena seguir conduciendo el viejo coche que ha sido nuestro durante diez años. Mira qué belleza.
Abre la puerta del asiento del conductor. El interior, tapizado en cuero claro, invita a la comodidad y al lujo. María siente por un instante la tentación de sentarse, inhalar ese olor a vida nueva, pero se contiene.
¿Vergüenza? ¿Te da vergüenza haber usado el coche que nos ha servido tanto? ¿Y a mí me da vergüenza mirarle a los ojos a Ana cuando me pregunte por qué no podemos ayudarla con su piso?
¡A Ana le quedan dos años para la universidad! dice Antonio, despistando. Llegaremos a ahorrar. No seas tan amargada, disfrutemos. Vamos a dar una vuelta y lavar el coche.
Intenta abrazarla, pero María se aparta. En sus ojos pasa una chispa de irritación; no está acostumbrado a que sus gestos amplios reciban una pared de hielo.
No voy a ningún sitio corta ella. Tengo la cena pendiente.
Da la vuelta y vuelve al portal, sintiendo su mirada perdida y enfadada clavada en la espalda. Ya dentro, mientras revuelve la sopa, mira por la ventana. Antonio todavía está junto al coche, da un patada al neumático con frustración, se sienta al volante y arranca con un rugido. No le importa a María a dónde se ha ido a lavar el coche solo. La rabia le quema la garganta, pero no hay lágrimas, solo un vacío helado. Veinticinco años de matrimonio, todas las decisiones tomadas en pareja, todas las discusiones sobre cada gasto importante. Y ahora él le presenta este regalo como si su opinión no valiera nada.
Regresa tarde, ya pasada la medianoche, con la voz baja y algo culpable. Deja sobre la mesa de la cocina una bolsa con los pasteles que a María le encantan.
Perdona, María. Me he dejado llevar. Pero entiende, es también para ti, para que viajes con comodidad.
No sé conducir, Antonio. Y no pienso aprender.
¡Pues aprenderás! Yo mismo te enseño se sienta a su lado, toma su mano. No te pongas terca. Un coche es solo un objeto. Nosotros somos una familia. Lo importante es que estamos juntos.
María suspira. Tal vez tenga razón. Tal vez reaccione demasiado. El dinero es material, él está allí, intentando reparar su culpa. Sonríe débilmente y él se anima, hablando con entusiasmo del motor, del sistema de navegación y de la calefacción. María asiente medio, pensando que tal vez esa es la actitud de la buena esposa: soportar, perdonar, apoyar.
Al día siguiente, sábado, Antonio insiste en una excursión familiar fuera de la ciudad. Ana, su hija de diecisiete, grita de emoción mientras aprieta los botones del nuevo habitáculo. María se sienta en el asiento delantero, intentando aparentar alegría. El coche avanza suave, casi sin ruido. Por la ventana se ven pueblos de fin de semana, bosques y campos. Se detienen junto a un lago pintoresco y hacen un picnic. Antonio, siempre atento, le sirve té de la termos y le cubre con una manta. María se relaja un poco, creyendo que todo vuelve a estar bien.
Al volver, Antonio aparca el coche y María decide ordenar el interior. Agita la alfombra, quita las migas de galleta. Abre la guantera para guardar las toallitas húmedas y sus dedos tropiezan con algo duro bajo el manual. Es un ticket. Un ticket de compra de una tienda de juguetes. Lo despliega y lee:
«Constructor Estación Espacial, 1 uds 78»
«Pulsera con dijes Hada, 1 uds 35»
La fecha es de hace una semana. Ese día Antonio estaba de viaje de negocio en Albacete, a ciento veinte kilómetros de su casa, alegando que había que supervisar una obra importante. María frunce el ceño. ¿Quién compra juguetes tan caros? El constructor parece para un niño de diez o doce años, la pulsera para una niña o tal vez para una mujer. Los contactos de Antonio nunca incluían niños de esa edad. ¿Podría ser un regalo para el hijo de algún jefe? ¿Y por qué nunca lo mencionó?
Guarda el ticket en el bolsillo de su bata. Su corazón late con fuerza. Algo huele a mentira, como todo lo del coche. Esa decisión repentina, sin consultarle, la deja sin aliento.
Esa noche no duerme. Junto a un marido que ronca suavemente, mira al techo y repasa los últimos años. Las salidas de Antonio se hicieron más frecuentes. Antes llamaba todas las noches y contaba su día; ahora solo manda mensajes breves: Todo bien, cansado, me voy a dormir. Lo culpa al nuevo puesto, al exceso de trabajo. ¿Y si no es así?
A la mañana siguiente, mientras Antonio se ducha, María decide hacer lo que nunca hizo en veinticinco años: coger su móvil. Conoce la contraseña, el cumpleaños de Ana. Revisa los contactos. Nada sospechoso, salvo uno: Sergio Pérez, Fontanero. Le extraña que Antonio tenga el número de un fontanero de otro pueblo. Abre la conversación y se queda helada.
Los mensajes son cortos, de negocio, pero una frase le corta el alma.
«Sergio, ¿llegaron ya las tuberías?» escribe Antonio.
Respuesta: «Sí, todo está listo. Kirill está encantado, lleva dos días armando todo».
¿Kirill? ¿El hijo del fontanero?
Otro mensaje: «¿Cómo está el tiempo? ¿No tiene mucho frío?»
Respuesta: «Hace sol aquí. Te echo de menos mucho».
Sol Así le llamaba Antonio en los primeros años de su relación. Y a Ana, cuando era niña. Después dejó de hacerlo, solo le llamaba María, hija. Con el fontanero, esa palabra vuelve a sonar cálida, viva. Un nudo se forma en su garganta.
Sigue leyendo: «¿Vendrás el sábado? Kirill tiene una competición de natación».
«Haré lo posible».
«Compra por el camino un pastel, mi favorito, de miel».
Ese fontanero no era hombre, era mujer, y tenía un hijo llamado Kirill. Antonio compraba pasteles, asistía a competiciones, regalaba costosos juguetes.
María devuelve el móvil a su sitio justo antes de que Antonio salga del baño. Sus manos tiemblan.
¿Qué te pasa? Estás pálida comenta él, secándose el pelo con la toalla.
Me duele la cabeza responde ella, mintiendo. Tal vez sea la presión.
Todo el día parece una niebla. Prepara la comida, charla con Ana, responde a Antonio, mientras en su cabeza hay una sola pregunta: ¿Quién es esa mujer que se llama Sergio Pérez y pide pastel de miel? ¿Cuánto lleva pasando esto?
El plan se forma solo. El lunes llama a su trabajo y dice que está enferma. Después llama a su hermana, que vive en Albacete, el mismo pueblo donde Antonio estaba de viaje.
¡Lola, hola! Voy a pasar por tu casa hoy, solo un día, tengo un asunto. dice.
Claro, te espero. ¿Todo bien? responde la hermana, preocupada.
Sí, nada importante. Solo cosas del trabajo.
Se sube al coche nuevo, ese que le irrita. Sus manos en el volante se sienten extrañas. Gracias a Antonio, había tomado lecciones de conducción hace años, aunque nunca le gustó sentarse al volante. En el GPS aparecen varios destinos. Uno se repite mucho: Calle Verde, 15. Un barrio residencial típico. El viaje dura una hora y media. María conduce sin ver nada, sin saber qué hará al llegar. No llamará a la puerta, no hará escándalo; solo quiere comprobar.
Llega a la Calle Verde. Un edificio de nueve plantas, tranquilo, con jardinerines. Aparca el coche detrás de la esquina, fuera de la vista de las ventanas. Casa 15, portal 2. Se sienta en una banca, se pone gafas de sol y espera.
Pasa una hora, luego otra. Salen madres con cochecitos, ancianos, adolescentes apurados. María siente lo ridículo que es estar allí, vigilando. ¿Qué busca? ¿Una confirmación? ¿Quizá sí haya una persona importante para Antonio en ese pueblo?
Entonces se abre la puerta del portal. Aparece Antonio, con vaqueros y una camiseta sencilla, no con traje. Ríe, habla con una mujer rubia, de su edad, que lleva al brazo a un niño de unos diez años, de pelo claro y sonrisa traviesa.
Se dirigen al parque infantil. Antonio levanta al chico, lo hace dar vueltas y el niño suelta carcajadas. La mujer le habla, arreglándose el pelo, y Antonio le lanza miradas tiernas, de esas que María no veía desde hace años. Parecen una familia normal, feliz, de paseo en un día cualquiera.
María no puede respirar. Saca el móvil y, sin saber por qué, toma una foto. Los tres en los columpios, la imagen sale movida, pero se entiende. Evidencia. Prueba de la vida que se desmorona.
No recuerda cómo vuelve al coche. El mundo a través del parabrisas se vuelve un borrón. Llega a casa, se desploma en el sofá y mira una pared. La casa que construyó durante veinticinco años resulta ser una cartón. Su amor, su fidelidad, su vida, todo una mentira.
Antonio vuelve a la hora de siempre, alegre, con una tableta de chocolate para Ana, y le da un beso en la mejilla.
¿Cómo te sientes, mi amor? pregunta, entrando a la cocina.
María le pasa el móvil con la foto abierta. Él la mira, la sonrisa se desvanece, se pone pálido. Se queda unos segundos sin decir nada, mirando el móvil y luego a ella.
No es lo que piensas dice al fin.
¿Qué pienso, Antonio? su voz suena extrañamente serena. Pienso que tienes otra familia. Pienso que tienes un hijo. Pienso que me has mentido todos estos años. ¿Me equivoco?
María, es es complicado.
¿Complicado? se ríe con amargura. Complicado es criar a un hijo en los noventa con un sueldo. Complicado es cuidar a una madre enferma y dividirse entre casa y hospital. Lo que tú haces no es complicado, es vil.
En ese momento entra Ana.
Mami, papá, ¿qué pasa? Tenéis esas caras
Vete a tu cuarto, nena dice María sin alzar la voz. Estamos hablando papá y yo.
Antonio se sienta, parece más viejo, cansado.
No quería lastimarte.
¿No querías? replica ella. Compraste el coche con el dinero que ahorrábamos para el futuro de nuestra hija, para llevar a otra mujer y a otro niño. No solo me heriste, me mataste. Ahora solo quiero saber una cosa: ¿Cuántos años?
Él baja la cabeza, sin decir nada.
¡Antonio!
Doce susurra él.
Doce años. Ana entonces tenía cinco. Antonio había formado otra familia cuando su hija era apenas una niña. María cierra los ojos y ve toda su vida pasar. La venían en el parque, él la empujaba en los columpios; en la playa, él le enseñaba a nadar. Y mientras tanto, en otro pueblo, otra niña, otro niño, otro hombre la abrazaban igual.
Conocí a Sofía Sofía, en una obra. Fue un accidente No lo planeé. La verdad, me cayó el embarazo… No la quería dejar.
¿Y a mí? ¿A Ana?
No los he dejado… los amo a los dos levanta la vista, los ojos inundados de lágrimas. María, no sé cómo ha pasado esto. Estoy perdido.
Vete dice ella, en voz baja.
¿Qué? ¿A dónde voy?
A donde ellos estén. Allí donde la vida no sea tan dura. Busca tus cosas.
María, hablemos. No te vayas así
Ya lo hemos dicho todo, Antonio. Vete.
Él se levanta, recoge una pequeña mochila con lo esencial y, antes de salir, intenta decir algo, pero María le da la espalda. Cuando la puerta se cierra, él sube al coche reluciente y arranca, dirigiéndose a la Calle Verde.
Entra Ana, los ojos rojos de llanto.
¿Se ha ido papá? ¿Para siempre?
María abraza a su hija con fuerza, hasta que le duelen los huesos.
No lo sé, cariño. No lo sé.
Se quedan allí, abrazadas, en el silencio de un apartamento vacío. Afuera la noche se vuelve densa. María mira el patio oscuro. El coche negro ya no está, el símbolo de su engaño ha desaparecido, pero el vacío que deja parece aún más aterrador. Tiene cuarenta y cinco años, una hija que se hace mayor, una vida hecha trizas. No sabe qué hacer, pero por primera vez siente, no dolor ni rabia, sino una extraña calma fría. Una etapa ha terminado. Ahora le toca escribir un nuevo capítulo, sola.







