Una Ruta Ajena

**Ruta Ajena**

Cuando apareció la notificación de la multa en la pantalla de su móvil, Daniel no entendió al principio de qué se trataba. Estaba sentado a la mesa de la cocina, con los codos apoyados en el plástico. El crepúsculo ya se filtraba por la ventana de su piso en Madrid, y fuera, los últimos restos de nieve se derretían lentamente, dejando charcos irregulares en el asfalto. Su rutina nocturna era clara: revisar mensajes, ojear las noticias. Pero entonces llegó el correo del servicio de coche compartido. El asunto decía: «Multa por exceso de velocidad».

Al principio, Daniel pensó que era un error. La última vez que había alquilado un coche fue a principios de mes, cuando fue al centro comercial en las afueras y cerró la sesión correctamente en la app. Desde entonces, ni había necesitado el coche ni tenía planes de usarlo: trabajaba desde casa y se movía a pie o en autobús. Su abrigo, aún húmedo por el viento frío, colgaba junto a la puerta. No había pisado un coche en días.

Abrió la notificación y la leyó tres veces. La multa estaba a su nombre, con fecha y hora de la noche anterior. El mensaje incluía la matrícula del vehículo y la ubicación: una zona cercana a la estación de Atocha, donde no había estado en semanas.

La sospecha se convirtió en irritación. Inmediatamente abrió la app del servicio de coche compartido. La pantalla parpadeó con el logo de la empresa y tardó en cargarla conexión en casa solía fallar por las noches. El historial de viajes mostraba un alquiler justo la noche anterior: empezó poco después de las ocho y terminó cuarenta minutos después al otro lado de la ciudad.

Daniel repasó los detalles del viaje. La hora coincidía con la cena que recordaba claramente frente al televisor, viendo un reportaje sobre una feria tecnológica internacional. Pulsó en «Más información» y el mapa desplegó el trayecto, con calles familiares marcadas bajo la línea gris del recorrido.

Las ideas se agolpaban: ¿un fallo del sistema? ¿O alguien había accedido a su cuenta? Pero la contraseña era compleja, y su móvil siempre estaba con él o cargando junto a la cama.

Volvió al correo del servicio y vio el enlace estándar para recurrir la multael soporte técnico prometía revisar la reclamación en cuarenta y ocho horas si el usuario aportaba pruebas de su inocencia.

Los dedos le temblaban levemente de rabia. Escribió un mensaje breve al servicio de atención al cliente desde la app:

«Buenas tardes. He recibido una multa por exceso de velocidad en el alquiler número, pero anoche no usé ningún coche y estuve en casa. Por favor, revisen si hay algún error».

La respuesta fue automática: un texto genérico confirmando la recepción de su solicitud y pidiendo paciencia mientras revisaban los datos del viaje.

Pensó que, si el error persistía o nadie lo solucionaba, tendría que pagar la multa él mismosegún las normas del servicio, la responsabilidad recaía en el titular de la cuenta. Lo recordaba de la última actualización de los términos.

En la habitación contigua, una tabla del suelo crujió. La calefacción estaba apagada desde hacía una semana debido al calor diurno, pero por las noches el piso seguía fresco incluso con las ventanas cerradas. Daniel escuchó mecánicamente los sonidos cotidianos: el ronroneo intermitente del frigorífico mezclado con voces lejanas desde el portal.

La espera se hizo eterna. Para distraerse, revisó de nuevo el historial de viajes y descubrió algo extraño: el cierre del alquiler parecía automatizado, sin fotos del interior del cochealgo que la app siempre exigía para comprobar el estado del vehículo.

Creía en él una sensación de impotencia frente a un algoritmo ajeno: ningún contacto humano directo con el servicio de atención al cliente, solo respuestas automáticas y formularios.

Daniel anotó los detalles sospechosos en un papel: la hora del alquiler coincidía con las noticias que había visto; el punto de partida era un centro comercial a tres paradas de su casa.

Se le ocurrió llamar a un abogado amigo de su antiguo trabajole había hablado alguna vez de lo difícil que era impugnar multas así sin pruebas claras de fraude o fallos técnicos. Pero prefería investigar primero por su cuenta para tener argumentos sólidos antes de hablar con el servicio de atención al cliente o, en el peor de los casos, con la policía.

Al día siguiente, se despertó tempranola inquietud no lo había dejado dormir bien. Lo primero que hizo fue revisar el correo y el chat del soporte: ningún mensaje nuevo, el estado de su reclamación seguía siendo «en revisión» hasta el final del día.

Decidió acelerar el proceso por su cuenta. Volvió al historial de viajes, anotó la hora exacta del alquiler fraudulento y la comparó con su agenda de la noche anterior: en su banco móvil había transacciones por la cena a las siete (había pedido comida a domicilio) y mensajes en el chat del trabajo entre las ocho y media y las nuevejusto cuando supuestamente estaba conduciendo un coche alquilado.

Hizo capturas de pantalla del trayecto sospechoso, la hora del alquiler y sus movimientos bancarios de ese día, y las reenvió al servicio de atención al cliente. Recibió la respuesta poco antes del mediodía. El sistema había detectado una incongruencia en los sensores del vehículo: la geolocalización del móvil asociado al alquiler no coincidía con la del usuario registrado. Alguien había usado un dispositivo clonado o accedido desde otro terminal con credenciales robadas. No era un error del sistema, sino un caso aislado de suplantación. La multa fue anulada automáticamente y su cuenta, bloqueada temporalmente por seguridad.

Esa tarde, mientras caminaba hacia el supermercado, Daniel pasó frente a un coche compartido estacionado cerca de Atocha. Reconoció la matrícula de inmediato. El vehículo estaba intacto, pero al mirar con atención, notó que la puerta del conductor no estaba completamente cerrada. Una ráfaga de viento la hizo balancear levemente, como si alguien acabara de bajarse. Se quedó inmóvil unos segundos, observando cómo la puerta oscilaba sobre el charco derretido. Luego siguió su camino sin mirar atrás.

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