Ver oportunidades
La mañana comenzó con el familiar sonido del despertador, que resonó en la habitación a las siete y media. Olga se desperezó, sintió el frescor del aire y buscó torpemente sus zapatillas bajo la cama. Por la ventana entraba una clara luz del día, pero no le provocaba ilusiónsolo marcaba el comienzo de otra jornada. Olga pasó por la cocina, rozando el sillón con la manta doblada con esmero, y encendió la tetera eléctrica casi por inercia, como si alguien más guiara sus movimientos.
Mientras el agua hervía, abrió su teléfono: en la pantalla desfilaban rostros conocidos, triunfos ajenos, invitaciones a eventos que parecían no ser para ella. La fría superficie de la mesa bajo su palma le recordó que la calefacción ya se había apagadoalgo típico de finales de primavera, cuando el sol aún no calienta del todo las paredes. El habitual bol de avena, que tomaba cada mañana con la misma cuchara de cerámica, se enfrió más rápido de lo normal. Ni sabor, ni placer.
El último mes había transcurrido igual para Olga. La ducha matutina sin prisas. El trabajo desde casa: llamadas con colegas, correos breves al jefe, algún descanso para el café junto al balcón. Desde la ventana, las risas de los niños en el patio sonaban tan libres y alegres que parecían pertenecer a otra vida. Por la tarde, a veces daba un paseo alrededor de la manzana o compraba algo en el supermercado cercano. Todo formaba parte de un ciclo sin color ni sabor.
En las últimas semanas, la sensación de estancamiento se había vuelto casi tangible. Ni la gente a su alrededor ni su propio cansancio la irritabanmás bien la vaciaba esa certeza de que nada cambiaba. Recordaba sus intentos pasados por empezar algo nuevo: cursos online abandonados a las dos semanas, rutinas de ejercicio dejadas tras tres sesiones. Todo le parecía demasiado difícil o simplemente no era para ella. A veces, una idea se colaba en su mente: ¿y si siempre sería así?
Esa mañana, durante el desayuno, Olga se sorprendió mirando por la ventana más tiempo del habitual. En el patio, un hombre de mediana edad ayudaba a un niño a montar en patinete. El pequeño rio con una carcajada contagiosa; el padre lo miró con una alegría tan sincera que algo en el interior de Olga se estremeció. Apartó la mirada: esos momentos siempre le habían parecido ajenoscomo postales de la vida de otra persona.
La jornada laboral transcurrió como siempre: informes, llamadas sin sentido ni resultado. Después de comer, Olga salió a echar una carta a Correosun documento para Hacienda. Afuera hacía más calor del que esperaba: el asfalto bajo sus pies estaba tan caliente que el aire sobre él temblaba en un espejismo. En los bancos junto a los portales, mujeres mayores comentaban las últimas noticias; alguien alimentaba a las palomas con migas de pan. Las bancas estaban ocupadas por madres jóvenes y adolescentes absortos en sus móviles.
De vuelta a casa, Olga se cruzó con una mujer que llevaba un ramo de lilas frescasla desconocida le sonrió con una calidez tan espontánea que parecían viejas amigas. Olga le devolvió el gesto casi sin pensar. Unos pasos más allá, se dio cuenta de que aquella sonrisa le había dejado un eco ligero en el pecho. Fue una sorpresa agradable.
Por la noche, abrió el móvil: entre mensajes de trabajo, encontró una invitación«¡Olga! El sábado hay un taller de collage con revistas cerca de tu casa. ¿Vienes? Podemos llevar café». Era de su antigua compañera de universidad, Lena; hacía tiempo que no hablaban y solo se veían por casualidad un par de veces al año. Lo normal habría sido rechazarlo sin pensarlo¿para qué salir? Pero esa vez, su dedo se detuvo sobre la pantalla un instante más.
Sopesó excusas: «Quedará mal si digo que no», «Seguro que todos se conocen», «No tengo talento para esto». Dentro de ella luchaban sus viejos hábitos de evitar lo nuevo y una débil chispa de interés. El taller era gratuitopodría ir solo a mirar
Más tarde, salió al balcónel aire olía a hierba recién cortada del jardín, y a lo lejos sonaba música. En las ventanas de enfrente, las siluetas de la gente se movían: alguien cenaba bajo la luz de una lámpara, otro sacaba la basura o hablaba por teléfono. La ciudad cobraba vida después del invierno: más voces, más ventanas abiertas.
Olga se apoyó en la barandilla, preguntándose cuándo había dejado de aceptar invitaciones con la facilidad de antes. ¿Había cambiado el mundo, o solo ella? Recordó la sonrisa de la mujer con las lilas y el mensaje de Lena: ambas cosas parecían eslabones de una misma cadena.
Al día siguiente, el trabajo la tuvo ocupada hasta tarde. Todo le resultaba monótono, incluso la voz del jefe en la videollamada, que sonaba apagada y molesta. Al terminar, salió a caminar sin rumbo. En una esquina, se encontró con un antiguo conocido de la universidadDima.
¿Olga? ¿Vives por aquí? ¡Qué sorpresa!
Hablar con él fue natural, allí mismo en la acera. Dima estaba entusiasmado con un nuevo proyecto de voluntariado: organizar charlas gratuitas en los patios del barrio.
Tú sabes escribir, ¿no? ¡Necesitamos a alguien con experiencia! Aunque sea para echar un vistazomañana nos reunimos junto al sexto edificio
Olga rio brevemente:
Hace años que no escribo nada serio Pero gracias por la invitación.
Dima agitó la mano:
¡Pues es el momento de retomarlo!
Se fue rápido, dejándola con una mezcla de timidez y una esperanza inesperada.
En casa, deambuló de una habitación a otra, las ideas revoloteando. Era extraño notar esas pequeñas coincidencias en dos díasla sonrisa de la desconocida, el mensaje de Lena, el reencuentro con Dima. Como si la vida le susurrara que saliera de su burbuja.
Reabrió el chat con Lena y escribió un escueto «¡Voy!», enviándolo casi sin pensarpara no arrepentirse. El corazón le latía más rápido, las manos le temblaban levemente.
Aquella noche le costó dormir: en lugar de la ansiedad habitual, sentía expectación. Imaginaba cómo sería el taller, la reunión en el patio, la gente alrededor de una mesa llena de revistas o escuchando a alguien hablar al aire libre.
Por la mañana, la ciudad la recibió con luz y calor. El asfalto reflejaba el sol con tanta intensidad que hasta con gafas tenía que entrecerrar los ojos. El aire olía a tierra mojada y hojas verdes; la gente iba ligera de ropa, sin chaquetas. En la parada cercana, una mujer sostenía una caja de plantines y un niño llevaba globos de colores.
Olga regresó pronto a casatenía un informe que terminar y algunos recados. Al mediodía, su mirada cayó sobre el cuaderno junto al portátil: la página en blanco la atraía más que cualquier tarea. Tomó el bolígrafo y escribió solo dos líneas:
*¿Qué pasaría si lo intento? ¿Adónde me llevaría este paso?*
Esas palabras le parecieron más importantes que todo lo demás de los últimos meses.
Por la tarde, Lena le envió los detalles del taller: quedaban a la entrada de la biblioteca, junto al parque. Más tarde, Dima recordó la reunión de voluntariosa las siete, en el patio del sexto edificio. El corazón de Olga latió con fuerza; antes, habría buscado una excusa para no ir Pero ahora veía esos mensajes de otra forma.
Antes de salir, Olga dudó frente al espejo: ¿qué ponerse para volver al mundo después de tanto tiempo? Optó por unos vaqueros claros y una blusa beis, el pelo recogido con la misma naturalidad de siemprelo importante era no sentirse fuera de lugar.
Cuando el sol empezó a esconderse tras los tejados y las ventanas de enfrente se iluminaron con luces cálidas, Olga salió de su piso hacia algo nuevo.
El aire era denso, con restos del calor del día, y olía a hierba y algo dulce que traía la brisa. Caminó por el patio, intentando no pensar en posibles incomodidades. Dentro de ella había una emoción distintano la ansiedad de siempre, sino algo parecido a la anticipación.
La reunión de voluntarios era en unas bancas junto al sexto edificio. La gente ya estaba allíalgunos con folletos, otros gesticulando con entusiasmo. Dima la vio enseguida y le saludó con naturalidad, como si su presencia fuera lo más normal. Eso le alivió parte de la tensión.
Olga se sentó un poco apartada y escuchó: hablaban de horarios, de ideas para publicaciones. En un momento, un chico con barba pelirroja le preguntó su opinión sobre los títulos para los carteles. Al principio, dudópero luego propuso un par de ideas claras.
Breve y directoasí es como debe serdijo alguien.
Sintió un pequeño destello de confianza.
Cuando llegó el turno de asignar tareas, Dima le preguntó directamente:
Olga, ¿podrías escribir una nota sobre el primer evento? Queremos enviarla a los vecinos.
Ella asintiósorprendida de su propia decisión. Hacía años que no escribía para otros, pero el miedo parecía haberse esfumado. El apoyo era palpableen la mirada amable de Laura, la coordinadora, en los gestos de aprobación de los demás.
La velada se alargó: las charlas derivaron en recomendaciones de libros y películas. En un momento, Olga se sorprendió riendo de un chiste del barbudo; su risa sonaba ligera. Ya era de noche, pero no tenía prisa por irse.
De regreso, caminó por la avenida vacía. En los portales, la gente seguía fueracon portátiles, con tazas de té. El aire nocturno era transparente. Olga repasó mentalmente lo ocurrido: esa mañana, habría encontrado mil excusas para quedarse en casa
Al día siguiente, se despertó tempranono por ansiedad, sino por ganas de hacer cosas. Las frases para la nota sobre los voluntarios le rondaban la cabeza. Abrió el portátil y escribió un borrador: un texto cálido sobre cómo los vecinos podían convertirse en un equipo.
Se lo envió a Dima sin pensarlo dos veces. La respuesta llegó al instante:
¡Genial! Justo este tono nos faltaba.
Olga sonriósus palabras importaban.
Por la tarde, se encontró con Lena frente a la biblioteca. En un banco, los participantes del taller hojeaban revistas o compartían tijeras. Reinaba un ambiente bullicioso y acogedor.
Lena la abrazó y la presentó a los demás:
Es mi compañera de uni¡muy creativa!
El elogio la hizo sonrojar. Al principio, sus manos temblabanrecortar imágenes bajo miradas ajenas le parecía ridículo para una adulta. Pero pronto las conversaciones fluyeron: anécdotas, planes de verano
Olga eligió recortes de un viejo magazine: un parque en flor, la frase «Adelante, hacia el cambio» y una foto de gente riendo. Con ellos, armó su primer collagealgo torpe, pero personal.
¡Qué vitalidad!dijo una compañera. Dan ganas de pasear por ese parque.
Lena propuso fotografiar los trabajos para el grupo: así, Olga también formaba parte de quienes compartían sus pequeños logros.
Al despedirse, quedaron en repetir el taller la semana siguienteesta vez, para hacer postales de verano.
¿Vendrás?preguntó Lena.
Olga no lo dudó:
¡Claro! Me encantó.
Esa noche, en casa, tomó un té calienteesta vez lo saboreó. El cuaderno, ahora con anotaciones, descansaba junto al portátil. Había escrito: «Terminar el texto para los voluntarios», «Hacer otro collage», «Quedar con Lena».
Fuera, una lluvia breve hizo brillar el asfalto. Los ruidos de la ciudad se mezclaban con el olor a hierba mojada.
Olga pensó en lo rápido que cambiaba todo cuando uno se permitía ver oportunidades donde antes solo había rutina. Agradecía cada gestoel apoyo de Lena, la confianza de los voluntarios, su propio valor para abrirse.
Al planear el día siguiente, añadió una frase más:
*No esperar la inspiracióncrearla.*
Esa idea sería su brújula.
Faltaba poco para junio. Olga repasó el calendario de actividades con ilusión: ahora tenía planes concretos. Escribiría un artículo sobre ocio veraniegoDima se lo había sugeridoy hasta se apuntó a un curso de diseño gráfico.
Se sentía parte de algo más grande. Sus días se llenaban de voces nuevas, ideas y la simple satisfacción de ser útil.
Cuando la noche envolvió la ciudad, Olga abrió la ventana de par en par. La cortina se movía con la brisa; a lo lejos, sonaba música. Pensó en el día siguiente sin ansiedadsolo con curiosidad por lo que pudiera traer.
Ahora, cada pequeño gestoun encuentro casual, una invitaciónle parecía no una coincidencia, sino una puerta. Y eso había sido el mayor descubrimiento de todos.







